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La poco secreta vida de un espía

Durante toda una década el FBI disfrutó espiando a los espías rusos, fotografiando todos sus movimientos, aprendiendo sus técnicas e incluso apoderándose de sus redes de comunicación. El juego se acabó cuando algunos de ellos se acercaron demasiado a un prominente miembro del gobierno de Barack Obama: la secretaria de Estado Hillary Clinton.
La segunda parte de la fascinante novela que podría escribirse con el grupo de espías rusos que EE.UU. capturó y entregó expeditamente a Rusia en junio del año pasado con un sonado intercambio de espías se dio a conocer hace unas semanas, cuando el FBI hizo pública una serie de vídeos y fotografías que documentan el caso. Para el común de los mortales se trata de imagines rutinarias.
Anna Chapman —en la imagen— comprando sombreros y mallas en Macys o sentada en un café escribiendo en su ordenador portátil, Michael Zottoli paseando por Columbus Circle, Richard Murphy esperando el tren en White Plains, Lee Ann Foley en una ceremonia de graduación de Harvard.
Si bien la historia hace las delicias de los aficionados a las novelas negras, las fotos disponibles al público en la página www.fbi.gov decepcionarán a muchos por su inocencia. Solo los entrenados ojos del FBI podían discernir los sutiles pases de información que se producían en esos escenarios con funcionarios de la embajada rusa.
La inteligencia estadounidense llamaba a estos espías «los ilegales» porque nada les ligaba al gobierno ruso, no eran funcionarios suyos ni tenían protección diplomática. La operación fue bautizada como ‘Historias Fantasmas’ porque seis de los diez detenidos habían adoptado la personalidad de fallecidos, como Donald Heathfield, que se hizo pasar por un niño canadiense muerto para estudiar estdiar una carrera en Harvard con su nombre.
Las misiones eran de largo plazo, se les había pedido americanizarse lo más posible para infiltrarse en la sociedad estadounidense y llegar así hasta los núcleos de poder. «¿Estás seguro de que nadie nos vigila?», preguntó preocupada la bella espía rusa, modelo y celebridad profesional desde su detención. «¿Sabes cuánto tiempo me ha tomado llegar hasta aquí? Tres horas, así que aquí estoy cómodo, pero cuando te vayas, ten cuidado», respondió su interlocutor. El problema es que no se trataba del funcionario del consulado que decía ser, sino de un agente del FBI que se hacía pasar por un enviado del gobierno ruso.