Diario de León

antes del cambio

testigo directo en libia

la dictadura de gadafi fue una época muy larga en la que un extranjero podía vivir infinidad de anécdotas

A la izquieda, cientos de libios rezan en la oración del viernes en la Plaza Verde.  De arriba a abajo, un hombre besa un retrato de Gadafi; varias personas toman un baño en una playa de Trípoli; cola para comprar una bombona de gas; una mujer ondea una b

A la izquieda, cientos de libios rezan en la oración del viernes en la Plaza Verde. De arriba a abajo, un hombre besa un retrato de Gadafi; varias personas toman un baño en una playa de Trípoli; cola para comprar una bombona de gas; una mujer ondea una b

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nemo
León

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En los últimos meses hemos sido cercanos espectadores de los duros acontecimientos que han terminado con 42 años del régimen político libio, época muy larga, décadas muy difíciles y casi desconocidas en el exterior del país. A lo largo de los años, he participado en muchas anécdotas en aquellos lugares.

Libia históricamente ha sido un país con un grado elevado de anticolonialismo, que quizás pueda comprenderse mejor si se recuerda que fue invadido e incorporado como colonia a Italia en 1912, tras una guerra en la que las tribus fueron derrotadas por el ejército regular italiano. Años después, a consecuencia de la segunda guerra mundial, Libia se convirtió en un escenario importante de las operaciones militares.

Cuando la Guerra Mundial termina en 1945, el país está calcinado y quedan miles de amasijos de hierro que antes fueron tanques y millones de minas sembradas por toda la superficie habitable del país. El lector debe situarse en la piel de los libios para entender de qué manera aquella horrible pesadilla trajo consigo un anti-occidentalismo o incluso un racismo hacia los blancos muy acentuado en las décadas siguientes.

Por las calles he visto grandes carteles en árabe de texto desconocido pero con dibujos muy claros: un árabe con túnica, daba una patada en el trasero a un soldado europeo con pantalón corto y casco colonial y lo enviaba fuera del país. Todos los carteles de la ciudad estaban en árabe, y lo que es peor, todos los del aeropuerto, el antiguo aeropuerto de Trípoli, también.

A consecuencia del golpe de Estado en el que el Coronel Gadafi derrocó al Rey Idriss, se decretó la prohibición del alcohol en todo el país y el cierre de los casinos fue una de las consecuencias inmediatas de aquel golpe, cumplidas a rajatabla. Pese a ello, en una ocasión me atendió en una gestión un joven relaciones públicas, quien ante mi asombro, y tras decirle que era español, recitó de un tirón: «Veterano, Soberano, Magno, Carlos I, Lepanto, Cardenal Mendoza, Duque de Alba» y un sin fin más. Conocía todas las marcas de nuestro brandy y me dijo que eran muy apreciadas en Libia, aunque se jugaba la vida por decirlo.

A mediados de los años setenta del pasado siglo, el viejo aeropuerto de Trípoli era lo más parecido a un apeadero de una red de ferrocarriles secundarios de muchos años atrás. Se trataba de una antigua instalación militar británica utilizada durante la Segunda Guerra Mundial, reutilizada como aeropuerto internacional. Constaba de un edificio modesto y obsoleto, de planta baja, sin aire acondicionado y completamente abarrotado por una muchedumbre sudorosa y vociferante. Allí el viajero solicitaba a duras penas los papeles a rellenar para salir del país. Los cumplimenté de pie y debí hacerlo dos veces, ya que la primera, lo escrito en los impresos se emborronó por completo con las gruesas gotas de sudor que me caían de frente y cara.

Me esperaba aún una larga cola informe y desordenada que era realmente una muchedumbre agolpada sobre los mostradores. Apretados, estrujados, sudorosos, veía pasar de repente una gran maleta, o un baúl que pasaba sobre las cabezas empujado a golpes de mano por la masa de gente hasta que llegaba a los mostradores.

¿Soborno?

Cuando pasé un control de salida del país, un policía me pidió que abriera la maleta. Lo hice, y pasó entre sus dedos todo cuanto en ella había. Al llegar a una bolsa lateral, sacó un puñado de monedas libias que yo llevaba para mi colección incipiente. No eran más de seis y su valor real estaría en torno a 200 pesetas en total.

El policía comenzó a decir cosas que yo no alcanzaba a comprender con un tono muy elevado de voz y se acercó un soldado con ametralladora, quien a su vez llamó a un oficial a gritos. Yo estaba aturdido por la situación: detrás de mí la cola empujaba y yo no podía seguir adelante. Entre tanto, los uniformados con la metralleta me señalaban el puñado de monedas entre voces. Finalmente el de más galones me dijo en inglés: «¿qué es esto?» «¡Está prohibida la evasión de divisas!» Yo dije que eran pocas monedas sin valor, para mi colección, pero que si suponían un problema, yo renunciaba a ellas, que se las quedara. Nunca debí decirlo, porque él, como un latigazo me respondió: «¿Está intentando sobornarme?» Yo callé, y él a su vez muy exaltado, fuera de sí, llamó a un oficial. Éste, un hombre de aspecto sensato, escuchó pacientemente el relato a gritos y pidió las monedas: las ojeó, las colocó en la bolsa de la maleta, y me dijo: «¡Siga usted!».

Los viandantes hablaban en tono bajo por las calles. Los pequeños comercios de venta al público se prohibían de cuando en cuando ya que se consideraban «actividades capitalistas», según el régimen político.

Era frecuente ver a las mujeres cubiertas de velos de pies a cabeza que apenas mostraban un ojo. En una tienda, atendida por un chico joven, pude presenciar como entró una mujer fantasmal, vestida de blanco de arriba abajo. De repente, abrió la parte del velo que corresponde a la cara, y apareció una mujer joven y muy bella que lanzó una sonrisa luminosa al dependiente. En cuestión de segundos, se tapó la cara, se dio media vuelta y se fue.

Retratos del dictador

La ciudad de Trípoli siempre estuvo cubierta de grandes retratos de Gadafi. Enormes, gigantescos retratos hacían arco sobre la carretera, cubrían fachadas de edificios, tapaban casas enteras. En ellos el líder supremo, vestido con ropas suaves, como sabanas, y tocado con un beatífico bonete a juego, obsequiaba al observador con una sonrisa untuosa, como venida de un cartel de cine de cincuenta años atrás.

Habitualmente grandes carteles numéricos colgados de los edificios, conmemoraban el aniversario de la Revolución. Todos salvo uno, creo recordar que el 33, considerado número de la mala suerte, y omitido, pasando así del 32 al 34.

El gran río

A la ciudad de Trípoli no hacía mucho tiempo que había llegado «el gran río». Cuando los americanos se fueron de Libia en los años setenta, una compañía petrolera descubrió un gigantesco yacimiento de agua a unos 2.000 km al sur de la costa, en pleno desierto del Sahara. «¡Qué lástima!, dijeron, ¡es solo agua!», y se fueron. El país convocó un concurso internacional, que fue adjudicado a Corea y los coreanos enviaron trabajadores a quienes no pagaba salario alguno, pero les computaba el tiempo trabajado en Libia como servicio militar con lo cual quedaban exentos de la prestación.

Durante muchos años se trabajó en el llamado man-made river (rio hecho por el hombre). Consistía en un túnel de un diámetro de 3 ó 4 metros (en su interior cabe un camión grande), con estaciones de bombeo intermedias para impulsar el agua a la enorme distancia existente entre el yacimiento y las zonas habitadas de la costa. Pues bien, un día, el líder procedió a inaugurarlo.

Cortó la cinta y conectó el gigantesco torrente de agua a las instalaciones de agua de la ciudad. Instantáneamente, las obsoletas conducciones reventaron y se inundó la capital. En algunas plazas y calles había hasta un metro de agua, tal era la potencia del agua que se escapó.

Se emplearon muchos meses en arreglar las averías y parecía que a finales de los años noventa ya funcionaba todo. Lo que sí era perceptible era el cambio en el paisaje producido por el agua. Súbitamente Trípoli comenzó a estar rodeado de amplias zonas verdes donde se cultiva el cereal o el maíz y pastaban reses holandesas. Un gran trozo de la tubería de conducción del río, ha quedado como monumento junto al Hotel Al Kebir.

Por lo demás la ciudad, y el país estaban terriblemente sucios. El sistema consideraba que recoger basura atentaba a los derechos humanos, era un trabajo indigno. Y por ello, durante muchos años no hubo un servicio de retirada de basuras. Cada vecino situaba sus bolsas de basura a la puerta de su casa. Al cabo de un mes, las montañas de basura eran tales, que se ordenaba al Ejército que las retirase. Cumpliendo las órdenes, grandes camiones militares se las llevaban al desierto y las arrojaba sin más junto a la carretera. El resultado es que había bolsas de basura a lo largo de cientos de kilómetros, produciendo una impresión lamentable.

Mi paisano

En la casa de un español residente en Trípoli me encontré con un enorme mastín, que me dijeron era leonés. Me acerqué con curiosidad a contemplar a mi paisano, raza que yo conocía bien ya que en casa de mi abuelo siempre había uno. El animal dormitaba o se aburría en una esquina del jardín, quizás aplastado por el calor y el tedio. Al rato se levantó y pude apreciar que tenía el andar desequilibrado, que cojeaba fuertemente y que los huesos le asomaban en pecho y espalda en su extrema delgadez. Poco después, un hombre depositó su cena en una escudilla situada en una esquina de la casa, no lejos de donde nos hallábamos. Me acerqué a ver su contenido y era una ensalada de lechuga, remolacha y zanahoria. Sorprendido le dije al dueño que cómo le daba esos alimentos al mastín, que por eso cojeaba sin duda, a lo que él me respondió que el kilo de carne en Trípoli estaba carísimo y que le salía mejor alimentarlo con vegetales y ponerle una inyección de hierro en el veterinario de tanto en tanto.

Pobre leonés pensé, sufriendo los rigores de Libia tan lejos de su tierra y de sus hábitos, pero sobre todo de su comida.

El reciente cambio político sucedido en el país, puede abrir las puertas a un país cercano y desconocido, la nueva Libia. Desde luego, una Libia segura, estable y fuerte, puede convertirse en destino preferente de muchos viajeros que busquen historia, paisajes, playas o monumentos, como en otros países de la cuenca mediterránea hasta ahora más familiares al viajero español. Es un destino muy cercano, dispone de grandes recursos naturales y Europa debe colaborar en su plena reintegración a la normalidad política y económica.

Libia, créanme, lo merece.

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