saturnino de la varga, ‘satur’
Un congreso en la cocina
desde el hijo del coronel tejero hasta el obispo de león, en casa de satur todos paran. pastor de difícil infancia -se vio obligado a pedir por las casas- sociable y querido por todos, quintana tiene en él a su mejor embajador

NORBERTO
Uno entra en la cocina de Satur, el de Quintana de Rueda, y varios pares de ojos se posan en el forastero traspasando la nube de humo que sale de las pipas y de los cigarros. Hay vino encima de la mesa, nueces y avellanas, y con el trasiego de los vasines y el repiqueteo de la maza sobre los frutos secos se van remojando y sazonando esas gargantas avezadas al diálogo, a la tertulia, al pleito. Sobre la económica borbotea el cocido, la mujer de Satur, Isidora, laborea por allí, mete baza también, la gente entra y sale, y con el calorín y el ambiente, bajo esas vigas a la vista, uno llega a la más clarividente de las deducciones: he aquí el parlamento, la ‘moncloa’ más prestosa que pueda hallarse entre Rueda y el Condado.
—A éste, conmigo, le tocó el Gordo, pero a mí, el reintegro— dispara Isidora.
Rectificamos, a nadie que entre en la cocina de ‘Satur’ se le puede llamar forastero. Al minuto es un diputado más de este Congreso, tan leonés, de orujo, humo, pastas y palique.
Otro entra y declama:
—De Riaño a Benavente, de Sahagún a Ponferrada, todos conocen a Satur—. Y hace mutis por el foro.
Nuestro paisano nació en Quintana en el año 1935 y su infancia no fue nada fácil. Sus padres no contaban con hacienda alguna: el padre estaba de vaquero en Villamondrín y la madre «pues a lo mejor lavaba alguna camisa del secretario del ayuntamiento... y eso con suerte», describe. Así que Saturnino, con ocho años, se vio obligado a ir a pedir por las casas, nada menos que hasta Olleros de Sabero, él solo, algo hoy del todo impensable para un niño tan pequeño. Sobre todo pedía con vistas a la Navidad, y cubría largas distancias para acabar en casa de un familiar minero que era muy bueno con él (le daba sopa y podía dormir en un saquín de paja). «En Gradefes, por ejemplo, no pedía, eran muy señoritos». Y es que había casas y casas. «Si alguno sólo me respondía: ‘Dios te ampare’, yo le decía: ‘Menos peso’». A veces venía contento, «con siete pesetas rubias» en el bolsillo. A su madre le venían muy bien para comprar el ‘Pan de las Ánimas’ que se subastaba en la iglesia los domingos.
Hizo la mili en el Parque de Artillería de Valladolid, eran 700 reclutas de todo tipo y condición. «Aquí alguno se arricia», pensó Saturnino al ver a alguno muy repulido. Él sobrevivió, sobre todo como monaguillo al lado del adusto páter —aún hoy sigue ayudando a Misa— y limpiando cañones y armas con otros paisanos suyos del Esla ante visitas de tanto fuste como la del general Muñoz Grandes («aunque lo que hacíamos a veces era jugar al tute: poníamos una escoba en la puerta y cuando la oíamos caer, pues nos levantábamos», confiesa).
Ya antes de ir al servicio militar había aprendido el oficio de pastor. Primero con una familia de La Aldea donde estuvo tres años y le trataron como un igual («allí me enseñaron a ser católico», afirma), después ajustado como pastor: «De San Pedro a San Pedro cobraba 2.500 pesetas y mantenido. Y tres libras diarias de pan». Así que cuando regresó al pueblo continuó tal labor, poco a poco comprando alguna ovejica para él y formando así su propio rebaño tras largos años de lucha, trabajosamente. Comenzó con 5 ó 6 y acabó teniendo 500 cabezas. «Empezamos con el cielo y la tierra, la luna y el sol», explica de manera meridiana Isidora.
Tuvo también un barco con el que cruzaba a Valdabasta («a veces había tanta corriente que íbamos a parar a Mansilla», recuerda uno de sus hijos). Cargó paja en los Oteros. Fue pescador certero (una foto muestra el pasillo lleno de peces). Y la necesidad de tener a toda la familia en casa, ya mayor, le hizo ser peón de obra y oficial en carreteras de toda la contorna. Por haber andado todos los caminos y veredas es conocido y apreciado. Y así, en su cocina puede uno hallar merendando a obispos, curas, vecinos—todos hacen un alto allí—, políticos, altos mandos de la Guardia Civil, el hijo del coronel Tejero... ¿Y cómo es que es usted tan conocido? «Pues será porque a todos se les da buena cara», responde, sonriente.