Diario de León

un cenobio astur-leonés

De paso por la tierra de Arbas

En este lugar, cuya primera piedra se colocó en 1902, se facilitaba al caminante el socorro físico y espiritual que asegurase el logro de las perdonanzas buscadas

Una imagen de la colegiata de Arbas fechada en el 2007.

Una imagen de la colegiata de Arbas fechada en el 2007.

Publicado por
ENRIQUE ALONSO pÉREZ
León

Creado:

Actualizado:

Los peregrinos saben bien que según se sale de León, a mano derecha, no lejos de una cruz, arranca el camino de San Salvador, santuario que se encuentra en la ciudad de Oviedo, en Asturias, y consideran que su viaje a Santiago no es cabal si no han estado en San Salvador, ya que ir a Santiago y no pasar por allí «es olvidar al amo por visitar al criado». De esta manera justificaba el viajero francés, Alfred Jouvin, en el año 1672, la variante de la Ruta Jacobea que desde el medievo habían seguido algunos peregrinos por las fronteras astur-leonesas de Pajares.

Y allí donde el peregrinaje se dejaba sentir, lo mismo que la necesidad crea el órgano, aparecían las instituciones complementarias para facilitar al caminante las etapas de la andadura y el socorro físico y espiritual que asegurase el logro de las perdonanzas buscadas.

Por eso no es extraño que el año 1092, en pleno fervor compostelano, nos encontremos con la «primera piedra» de la Abadía de Arbas en documento suscrito por Quinteria Monior, que vende «una tierra alta en el lugar conocido por las Quintanas, término de Cordobella, a favor de fray Domingo de Santa María de Arbas», donde se confunden los confines asturianos con el tránsito de León en tierras de la meseta superior.

Sin querer nosotros atribuir a este documento el carácter de fundacional, porque sólo es una venta, le damos la importancia que merece su datación como punto de partida de este viejo monasterio cuya historia está todavía en mantillas, pues los apuntes reseñados por el profesor Uría Riu en Las Fundaciones Hospitalarias de los Caminos de Peregrinación a Oviedo (1940), o los señalados por el ilustre abad emérito de San Isidoro, Antonio Viñayo en La España Románica (1979), junto al exhaustivo trabajo de catalogación realizado por Vicente y José Manuel García Lobo en su documentado libro Santa María de Arbas (1980), no dejan de ser interesantes esbozos que invitan a la investigación profunda de la peripecia histórica de este cenobio montañés.

El hecho de que la abadía de Arbas, extendiese sus dominios civiles y eclesiásticos por ambas vertientes, y enfocase su labor humanitaria desde el hospital anejo, hacia el auxilio de caminantes perdidos en las intensas nevadas invernales, fue determinante a la hora de entretejer legendarias anécdotas sobre el origen y construcción del monasterio. Mientras que unos atribuyen la fundación de Arbas a una discípulo del Apóstol Santiago, otros aseguran que fue el propio rey don Pelayo, que aprovechó esta ocasión para establecer así mismo la capilla de Tibigratias en lo alto del Pajares. Pero la leyenda más arraigada, y materializada en el dintel de la puerta occidental, es la que asegura que el acarreo del material para la construcción del edificio, fue realizado por un toro y un oso.

Leyendas aparte, lo que está claro, y la documentación lo avala, es que a partir del año 1092 el monasterio de Santa María de Arbas aparece con cierta frecuencia en los protocolos de ventas, donaciones, privilegios reales, exenciones tributarias y demás fueros expresamente dictados a su favor. El llamado Coto de la Abadía, que en un principio se limitaba a los pueblos de Pendilla, Tonín, Camplongo, Casares, Cubillas y San Miguel del Río, amplió su patrimonio territorial por los Concejos de Lena, Aller, Quirós, Carreño, Los Argüellos, Gordón, Cármenes, Ordás, Luna, Mansilla, Sahagún, Mayorga, Toro... hasta convertirse en un verdadero estado gobernado por el Abad, cuya jurisdicción gozaba de plena autonomía frente a las Diócesis de Oviedo y León.

Como la mayoría de monasterios y cenobios de origen medieval, el de Arbas inició una acusada decadencia a partir del siglo XVI, teniendo que llegar incluso, en el siglo XVIII, a solicitar pensiones especiales de la Santa Sede para el mantenimiento de la iglesia y sus servidores. La penuria se hizo tan extrema, que hacia el año 1789 los canónigos vivían poco menos que en chozas, por lo que desde el gobierno de Su Majestad se interesó la construcción de nuevas viviendas, que los beneficiados estrenaron a principios del siglo XIX, y que hoy sirven de cabañas a los vaqueros en la proximidad del monasterio.

Los orígenes de la colegiata

Una vez consolidada la fundación del monasterio por el conde Fruela —cuñado del Cid Campeador—, el rey Alfonso IX, que gustaba de alojarse en sus instalaciones durante las frecuentes visitas que realizaba al territorio asturiano, concede al Abad, Martín Muñoz, en julio del año 1214, «una gran porción de tierra en Luna. Los diezmos de los celleros de Roda, Lasmas y Luna y todas las heredades de la condesa doña Elvira, con la obligación de construir una capilla junto al hospital».

Para la construcción de esta capilla —que se tiene por el actual edificio, con las consiguientes modificaciones— el rey Alfonso hizo llegar a Arbas alguno de los mejores maestros de la época, que lograron un conjunto armónico con estilo muy personal no comparable al resto de las abundantes muestras románicas en la provincia de León.

Cayetano Enríquez de Salamanca, en su documentadísima obra Rutas del Románico en la provincia de León , dice al respecto: «Es un ejemplar del último románico, con exuberante y refinada decoración, cuyas obras fueron ya contemporáneas de las emprendidas para alzar la catedral gótica de León. Tiene planta basilical de tres naves, de tres tramos cada una, y cabecera formada por tres capillas que constan de un amplio presbiterio y ábside, semicircular en la central y rectangular en las laterales».

tracking