Diario de León

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mercedes gallego
León

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En diciembre del 2008, antes de que Mitt Romney —en la imagen de la derecha— tuviera que ceder el paso a John McCain en la carrera por la Casa Blanca, el exgobernador de Massachusetts se paseaba por los centros comerciales de Des Moines (Iowa) con su mujer del brazo, para trasladar en persona su mensaje de campaña a cada uno de los votantes. «Hola, me llamo Mitt Romney y esta es mi esposa, Ann. Llevamos 39 años casados». Un ciclo electoral después, el disco rayado no ha cambiado. Solo se le ha añadido una nueva estrofa: «He estado en la misma iglesia toda mi vida». El anuncio que ha llegado a las pantallas de Iowa es un ataque de guante blanco a su nuevo rival, el congresista Newt Gingrich, que acaba de desplazarle como favorito en todas las encuestas. Desde el punto de vista conservador, el exportavoz del Congreso tiene en su historial dos defectos: se ha casado tres veces y ha cambiado su fe baptista por el catolicismo. Además, los dos primeros matrimonios acabaron por sus relaciones adúlteras.

Los demócratas, que le conocen bien desde que lideró la estrategia electoral para arrebatarles el Congreso en tiempos de Bill Clinton, ven en Gingrich otros muchos trapos sucios que exponer, pero no piensan quitarle presión a Romney. Todo indica que la eliminatoria republicana que comenzará el día 3 en los ‘caucus’ de Iowa —la asamblea en la que se elige a los candidatos— y se definirá durante todo el mes de enero con las votaciones de New Hampshire, Carolina del Sur y Florida será un duelo a dos. En los meses anteriores otros tres candidatos —Rick Perry, Herman Cain y Michele Bachman— se han turnado en el liderazgo, pero también lo han perdido víctimas de sus propios errores y lagunas, que a menudo han quedado expuestos en la friolera de 12 debates

Antes de que los votantes de Iowa den su veredicto, que por ser el primero suele imprimir un impulso imparable al ganador, los siete aspirantes republicanos que quedan—Cain se ha retirado— tendrán todavía una prueba más frente a las cámaras, pero nadie cree que eso sea suficiente para desplazar a Gingrich, el último en llegar a la cabecera. Por su temperamento irritable y su mal carácter «narcisista, arrogante, autocomplaciente y desmedido», en palabras del columnista de The New York Times David Brooks, cuantos lo conocen están convencidos de que es cuestión de tiempo hasta que Gingrich se torpedee a sí mismo.

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