miedo y soledad
Con 18 años, Maricruz ya es «media luz» y se encarga del taller de panadería donde les enseña a los otros jóvenes a hacer pan y galletas, las mismas que luego tratarán de vender por la calle para sacar fondos con los que abastecerse y comprar lo básico para vivir. «Empecé a drogarme a los 14 años y ya tenía una drogadicción de dos años. Llegué hasta aquí un día a base de tanta soledad, del rechazo de la sociedad, de tener una familia disfuncional, de no tener apoyo», cuenta sentada en el cuarto de visitas, donde un cartel enmarcado dice «Unidad, servicio, recuperación».
A pesar de haber cumplido recientemente la mayoría de edad habla con una asombrosa madurez y asegura que lo más difícil fue conocerse a sí misma: «La adicción me llevo a muchas cosas, a andar en la calle, a sufrir fríos, a andar sin comer, a violaciones y el llegar aquí y hablar esas cosas pues no era fácil».