pERSONAJES con historia
Un leonés hercúleo
En 1952, el Atleta leonés Juan Ferrero logró convertirse en el primer mÍster universo profesional de la historia. Sesenta años después, su legado continúa vigente en el famoso concurso

El leonés Juan Ferrero se proclamó Míster Universo Profesional Nabba en 1952, el primero de la historia.
La época dorada de los deportes es muy reciente. Fútbol, baloncesto, motor, tenis... son muchas las disciplinas que han logrado alcanzar la gloria en pocos años. España es un puntal importantísimo en materias deportivas; sin embargo, no siempre fue así. No obstante, cada momento y cada lugar cuenta con una figura que se convierte en una leyenda, quizá oscurecida con el paso del tiempo y desconocida para el resto de los mortales; es en ese momento, cuando la senda de los minutos se alarga y la penumbra del conocimiento se disipa, donde empieza a conjugarse la realidad con el mito.
Uno de esos personajes ignorados, incluso en León, su propia tierra, es el primer míster Universo Profesional Nabba (National Amateur Bodybuilders Association) de la historia en 1952 Juan Ferrero. La historia de este pequeño ‘Hércules’ leonés es conocida gracias al tesón de su biógrafo oficial y seguidor Tomás Abeigón, que durante muchos años ha investigado —y continúa haciéndolo— sobre un hombre que, «a pesar del tiempo transcurrido, ningún atleta español a día de hoy le ha sido capaz de emular», como afirma el propio Abeigón. De hecho, para recordar su proclamación, la ciudad de Pontevedra acogió en el pasado mes de julio una exposición, organizada por Abeigón, sobre La figura humana masculina , en homenaje a Ferrero.
Nacencia montañesa
El fisioculturista leonés nació en Puente Almuhey el 5 de abril de 1918, cuando comenzaba a vislumbrarse el fin de la Primera Guerra Mundial. Su padre, Alfonso Ferrero, trabajaba en esa pequeña aldea de la montaña oriental leonesa como escribiente en la fábrica de ovoides Feliú y San Pedro. Sin embargo, el nombre con el que se dio a conocer mundialmente no es el mismo que figura en la partida de nacimiento, ya que su verdadero nombre de pila es Fidel. Tomás Abeigón apunta a tres posibilidades sobre su modificación. «Una de ellas puede ser el cambio de nombre cuando emigró a Francia, por motivos de la guerra; otra, que le gustara más el nombre de su abuelo como nombre artístico o, la hipótesis más fiable, es que Fidel en francés significa ‘fiel’, una calificación que al propio Ferrero no le gustaba, ya que, según su hermano Jesús, ‘lo veía más propio de un animal, para ser exacto, de un perro que de una persona’».
La infancia de Ferrero transcurrió en Puente Almuhey, donde residió siete años, hasta que su familia se mudó a Francia, concretamente, a Burdeos. Fue allí donde comenzó a interesarse, con 13 años, por la gimnasia deportiva y a entrenar su más tarde premiada musculatura.
Y es que la constitución del pequeño Ferrero era débil, achacada y enfermiza. Sin embargo, destacaba por el tono de su piel, muy bronceada, al contrario que el del resto de su familia. Su coloración tostada provocó que le apodaran ‘El negro’ en el colegio, motivo por el cual tuvo muchas peleas durante su adolescencia. Sin embargo, su ‘maldito’ tono de piel se convirtió en una gran ventaja para posar en su carrera como fisioculturista.
Una vez que comenzó su entrenamiento concienzudo, que compaginó con sus estudios, sus marcas personales mejoraron a la velocidad de la luz. Por ejemplo, en atletismo obtuvo registros como once segundos en 100 metros; en gimnasia dominaba todos los aparatos, hacer el salto mortal adelante y hacia atrás; además, era capaz de subir la cuerda lisa de siete metros en apenas cinco segundos con las piernas en escuadra... grandes tiempos de un atleta que continuaba desarrollándose a la vez que descubría nuevos estímulos.
Dedicado al fisioculturismo
No obstante, encontró su verdadera vocación a través de la revista francesa La Culture Physique , que publicó unas fotos de un famoso profesor de cultura física de la época, el atleta Marcel Rouet.
El cuidado cuerpo del profesor dio la clave a Ferrero sobre el tipo de físico que en realidad quería conseguir. Por ese motivo, inició una dura rutina destinada a conseguir su objetivo, entrenando en serio y, a la vez, presentándose en pruebas sobre fisioculturismo. En 1937 participó en el concurso Plus bel athlete d’Europe (El mejor atleta de Europa), donde quedó en decimotercera posición, un puesto que le proporcionó más energía para seguir luchando por la victoria.
Al mismo tiempo que se presentaba a más pruebas, Ferrero iba tonificando su cada vez más espectacular físico y lograba mejores resultados en los torneos deportivos donde participaba.
La vida del fisioculturista no era solo deporte; también encontró hueco para el amor. En 1939, con 21 años, se casó con la jienense Magdalena Isabel Martínez Cuadros, una bailarina española de 27 años con la que tuvo dos hijos, Rodolfo y Anita. El enlace matrimonial tuvo lugar en la capilla de ‘El Solar Español’, en Burdeos.
En la misma ciudad francesa Juan Ferrero abrió un gimnasio de culturismo y de estudio de baile con el nombre de ‘Institut Ferrero’, donde vertió muchas de sus enseñanzas y teorías morales a todo aquel que quisiera aprender de él. Muchos de sus pupilos también adquirieron gran relevancia social y ganaron importantes competiciones, como Christian Dancale, Jean Lapeyre o incluso su propio hijo Rodolfo, que consiguió el primer puesto de la clase alta en el Europeo Mr. Apollo de 1961, con sólo 23 años, además de otros puestos muy meritorios en esa competición y en otras como la primera posición en la Plus beau culturiste française en 1962.
Su gran oportunidad
Sin embargo, el momento más especial y por el que obtuvo el reconocimiento y el mérito deportivo tuvo lugar el 12 de julio de 1952 en el Scala Theatre de Londres, una reconstrucción británica de La Scala de Milán que quedó reducida a escombros en 1969. Ese mismo día y en ese mismo lugar el leonés, con 34 años, ganó el título de Míster Universo Profesional NABBA, un concurso que, según Tomás Abeigón, «es el más importante y la ambición más grande a la que todo culturista puede aspirar» y que, 60 años después, se sigue celebrando.
Como todo buen fisioculturista, Ferrero poseía varias poses con las que mostraba a los jueces y al público su pulida anatomía. En su caso, el leonés las dividía en tres apartados. Por un lado, las obligatorias que formaban parte del reglamento; por otro, las de corte clásico y griego, y por último, las que conformaban una sincronizada coreografía. Además de entrenar su cuerpo con pesas, también lo hacía con cuidadas danzas, pues era un excelente bailarín. Posiblemente, esa gracilidad le allanara el camino al título a la hora de ejecutar sus poses.
Además de su facilidad para retratarse, Ferrero poseía unas dotes físicas espectaculares para el desarrollo muscular y para el levantamiento de pesas. Así, entre otros prodigios corporales, alcanzó el récord mundial en peso muerto a un brazo con la cantidad de 190 kilos.
Entrenamiento
Para conseguir esa tonificada anatomía, Ferrero seguía un estricto cuaderno de ejercicios bajo una tendencia en boga en aquellos momentos denominada ‘Escuela Francesa’. Dicha doctrina pretendía crear atletas integrales, tanto física como psíquica y moralmente; no solo eso, también buscaba que sus adeptos fueran personas inteligentes y con grandes conocimientos, una mezcla que Juan Ferro logró aunar a la perfección. Según su biógrafo oficial, el leonés era un hombre «de gran cultura, que hablaba perfectamente tres idiomas, tenía mucha clase y era un gran intelectual».
Los seguidores de la doctrina entrenaban duramente la sección media y proponían que la medida del cuello, del brazo y los gemelos fuese la misma, para lo que entrenaban dos horas con pesos medios, amén de otras materias. Asimismo, se cambiaba la rutina de entrenamiento cada doce semanas.
Tras lograr el reconocimiento mundial, Ferrero llevó una vida muy plácida y tranquila, hasta que volvió a ser noticia en 1958 de la peor manera posible: con su muerte en un accidente de tráfico. Volvía de una exhibición cuando su vehículo volcó y la muerte le sorprendió en forma de discos de hierro, que le golpearon en la nuca, causándole la muerte. El resto de los ocupantes, entre ellos, su hijo, sufrieron heridas leves.
Una vida corta, pero apasionante e intensa, donde conquistó la gloria con su carrera deportiva pero también alcanzó la gratitud de sus vecinos de Puente Almuhey— donde no queda nadie de su familia—, varias décadas después de su fallecimiento, a través de un homenaje poniendo su nombre a una calle. Porque también los profetas triunfan en su propia tierra.