Diario de León
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enrique vázquez
León

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Apenas despachado, brillantemente despachado, el glorioso trámite de dar las gracias al pueblo por la reelección, el presidente Obama se puso al trabajo a primera hora del miércoles, cuando aún estaba en su casa de Chicago y llamó por teléfono a John Boehner y a Mitch McConnell, jefes de la mayoría y la minoría republicana en la Cámara baja y el Senado.

Pero ambos estaban durmiendo, ambos, como el presidente, agotados por la larga noche electoral, de modo que Obama debió esperar unas horas antes de proponerles aprovechar el último periodo de sesiones parlamentarias que se abre el lunes para cimentar un acuerdo sobre la necesidad de detener el desbocado déficit fiscal. Boehner respondió calurosamente, indicando de paso que deberá haber una mezcla bien ponderada de nuevos impuestos y, sobre todo, fuertes recortes, como recordando el estribillo de Mitt Romney, su candidato, sobre la urgencia de cancelar el llamado derroche federal.

Lo de Obama tiene el mérito de reconocer —al ponerlo en la absoluta prioridad de su agenda de trabajo— que la situación es muy grave e, indirectamente, que Romney no exageraba al repetir que no podemos seguir gastando lo que no tenemos y, es verdad que no lo tienen: lo piden prestado a los compradores de bonos del Tesoro, algunos de los cuales son colosos financieros como Arabia Saudí o China, interesados en que nada turbe el statu quo vigente desde el fin de la II Guerra Mundial. Una catástrofe financiera en Washington ya no se ve como una pesadilla inimaginable, sino como una hipótesis de trabajo a partir del dato de que el déficit fiscal anual es nada menos que el siete por ciento del PIB, una cifra de mareo. Lo dicho ahorra comentarios sobre lo que se puede esperar de la segunda y última presidencia Obama. Los demócratas conservan y mejoran ligeramente su mayoría en el Senado y los republicanos pierden algunos escaños pero mantienen el control de la cámara de diputados, por lo que el escenario de la indispensable ratificación legislativa es idéntico al del cuatrienio en vías de terminar. El acuerdo, pues, se impone porque, más allá de la virtud, es el único modo de frenar la cuesta abajo fiscal y la desviación presupuestaria.

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