gregorio natal álvarez
filósofo y escolta real
perteneció al equipo de seguridad del entonces príncipe juan carlos, quien siempre fumaba con ellos y les preguntaba si se habían puesto los calcetines de lana. pero todo lo dejó por la docencia

jesús f. salvadores
1940 fue bautizado por todos los labradores, aparceros y peones de España —decisión unánime tomada con ojos enrojecidos y nudillos crispados—, como ‘el año del hambre’. La más negra sombra de la posguerra cubría un país cuarteado y aterido pero allá, en la remota comarca leonesa de cabras y centeno llamada la Cepeda, rompía a llorar un guaje que sería —tal cual— el primero de su pueblo en salir a estudiar fuera. Así que bien hacían sus padres, Antonio y María, bañándolo de esperanzas.
No sólo Gregorio resultó serio y esmerado. Toda la prole se aplicó al estudio o a la oración. Celestino, ya fallecido; Alejandra, monja franciscana en Astorga; Domingo, fraile; Antonio, profesor y psicólogo... tres doctores en Filosofía «y el único que no estudió daba clases de matemáticas, por la noche, a los mozos de Ferreras», apunta Gregorio. «Había mucha misera entonces, pero nosotros somos hijos de una raza dura...», asevera mientras repasa su esforzada biografía: cuatro años pasó a cargo de los férreos Agustinos de Valencia de Don Juan —no olvida aquel desmesurado caserón ni aquellos reflejos de agua congelada en los calderos— hasta conseguir saltar el peldaño de Humanidades; y dos en Becerril de Campos para convertirse en bachiller. Buenos futbolistas («los de la Cultural se ejercitaban en ocasiones por allí cerca y a veces les ganábamos...»), sin ir más lejos uno de sus compañeros estuvo un año demorando el cantar misa por ver si lo fichaba el Real Madrid, operación que finalmente se truncó.
Después llegaría la prueba más dura, la del noviciado, y es que ir en pos del hábito era, de aquella, el único sendero posible para el ávido de saberes («lo bueno era que entonces sólo estudiaban los que realmente querían, ahora hay muchos que sólo van a clase a dar guerra», constata). Pero lo del rezo continuo y las pruebas de resistencia (como aquello de barrer las salas... con el palo de la escoba) le parecieron demasiado, así que aprovechó para, entre otras cosas, dejar zanjado el tema del servicio militar (aviación y en La Virgen del Camino). Lo del uniforme no le sentó mal del todo, porque se examinó para la Benemérita, y acabó en la Comandancia de Sevilla, donde escoltó a la Macarena («doce horas de procesión, de seis de la tarde a seis de la mañana, cuando acabó, no podía bajar el brazo») y, como suboficial, perteneció durante siete años a la escolta de Franco. Con el anterior jefe del Estado todo el procedimiento era preciso y automático, ajustado como un cronómetro, así que nunca vio ni vivió nada fuera de lo normal («no hablaba ni con su ayuda de cámara»). Una especie de autómata, todo lo contrario que con el entonces Príncipe Juan Carlos, a cuyo equipo de seguridad, de menos de una quincena de personas, también perteneció. «Se preocupaban mucho por nosotros, los dos, él nos preguntaba: ‘¿Venís bien abrigados? ¿Os habéis puesto los calcetines de lana?’». «Él volaba en helicóptero, ella solía montar a caballo». «También me acuerdo que ofrecía tabaco y fumaba con los trabajadores que hicieron la carretera de La Zarzuela», rememora.
Pero un buen día renunció a ese sustancioso y seguro sueldo para retomar estudios y dedicarse a su pasión por el conocimiento y la filosofía. Pasó por el Angelicum de Roma y en Madrid se licenció y doctoró en la Complutense, siendo rector aquel don Ángel de Magaz de Cepeda que además le sugirió el tema de su doctorado, el del mayo del 68 en Madrid, que acudió a ver in situ, analizando el mensaje de sus ideólogos, en especial Maurice Clavel. «Te digo lo que querían: en política, listas abiertas; en economía, acabar con los desequilibrios; en lenguaje, terminar con su control; y en justicia, que fuera independiente de verdad». O sea, como el 15M, ¿no? Sí, pero aquí hace falta un Clavel que lo lidere... ¡Esa es la diferencia!