Diario de León

escuelas sin complejos

Rurales y globales

«Mientras en el pueblo se oiga la voz de un niño parece que hay futuro», dicen en Silván. En León se mantienen abiertas 166 escuelas rurales agrupadas en 49 centros con 3.221 escolares. Y 52 tienen menos de diez niños y niñas

La escuela de Grulleros es la más pequeña del CRA Cerecedo. Fue reabierta hace unos años a petición de las familias, que pusieron el suelo de corcho.

La escuela de Grulleros es la más pequeña del CRA Cerecedo. Fue reabierta hace unos años a petición de las familias, que pusieron el suelo de corcho.

Ana Gaitero
León

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Hei es hola y adiós en finlandés. Y en Grulleros es el saludo oficial de la escuelina que las familias lograron reabrir hace unos años. Con sus propias manos, padres y madres pusieron el suelo de corcho para aislar el edificio, que ni siquiera tenía calefacción. Las cosas han cambiado mucho. Las escuelas rurales de hoy están muy alejadas y a la vez muy cercanas a la imagen de la escuela unitaria de toda la vida.

Un total de 3.221 niños y niñas de León estudian en escuelas de pueblo, apenas una quinta parte de la población escolar de Infantil y Primaria. Las hay bilingües, como las aulas de Trobajo del Cerecedo y las de Villaverde de la Abadía y las hay tan pequeñitas, alejadas y solitarias como la de Silván, la última del municipio de Benuza, en La Cabrera Baja.

La provincia cuenta con el mayor número de escuelas rurales de la Comunidad, un total de 166, aglutinadas en 49 colegios rurales agrupados. Las carreteras son algunos de los pasillos de estas aulas que comparten profesorado especialista, administración, estrecha relación de vecindad y una filosofía común. «Somos un engranaje complejo en el que la diversidad hace al profesorado ser más creativo y donde hay una relación de colaboración y respeto con las familias», subraya el equipo directivo del Colegio Rural Agrupado Cerecedo.

En las escuelas de pueblo el pizarrín está tan olvidado como en la ciudad y sus alumnos y alumnas trabajan, como en la ciudad, con la pizarra digital. A veces les sirve para soñar viajes aprendiendo geografía. Así conocieron en Silván una pequeña aldea llamada Los Caimitos, de la República Dominicana. Es un pueblo muy especial porque allí nació José Ramón, el único alumno que vive en el pueblo.

Los otros cuatro chicos y la niña, Rosa, van a la escuela en taxi desde Sigüeya, Lomba y Llamas de Cabrera. «Yo viajé a Andalucía», presume Álex. «Y yo a Portugal», dice Adrián. También visitaron Londres a través del Google Maps y vieron un coche idéntico al taxi del cole. «¿Qué hacías allí?», preguntó la pequeña Rosa a Gonzalo, el chófer del transporte escolar. Moverse de verdad «cuesta dinero y la mayoría de padres y madres están en paro», dice la maestra y directora del centro (también hace labores de administrativa), Julia Tablado.

La maestra ha trabajado en muchas escuelas rurales y asegura que el día a día «se lleva de manera diferente. Te implicas más a todos los niveles. Casi vives en sus casas y los padres también se sienten más cercanos», agrega. Pese a las estrecheces, los niños de la escuela de Silvan disfrutaron en primavera de una excursión a Lugo. «Hicimos aullar a los lobos», se jacta Adrián, y al Lago de Carucedo. También salen mucho por el pueblo. «Conocen todas las calles y rincones y casi tocan las campanas...», confiesa.

En las escuelas rurales se viaja bastante y no sólo en transporte escolar. Durante los dos últimos ciclos de Primaria acuden a los centros rurales de innovación educativa de León y Páramo del Sil, «una extensión de los colegios rurales agrupados que dan a su alumnado oportunidades de convivencia e investigación que no pueden realizar en sus centros dentro del currículo escolar», señala la Dirección Provincial de Educación.

Las fronteras se diluyen en la era digital y global. Hay niños de escuelas de pueblo, como las de Cerecedo, que conocen de primera mano la educación de élite de Europa. Una docena viajaron en avión a Finlandia gracias a un programa Comenius que les mantiene en relación también con Turquía y Polonia. Les sorprendieron «los patios sin vallas y ver a los niños jugar subidos en los árboles». A los finlandeses les chocaba que «los niños de aquí les tocaran».

Hay escuelas rurales a punto de extinguirse. Como las bercianas de San Andrés de las Puentes, Tombrio de Abajo y Bárcena del Bierzo y la de Ferreras, en el Órbigo, que sólo cuentan con alumnos y alumnas, el mínimo exigido para mantener abierta una escuela. Todos los años algún pueblo llora el cierre de su última aula. Pero hay escuelas rurales que crecen y crecen. El CRA Cerecedo tiene matriculados 177 escolares para el próximo curso, frente a los 146 del que marcó el cambio de siglo y de era (1999-2000).

El colegio agrupaba a ocho escuelas de pueblo. Ahora son cuatro: Trobajo del Cerecedo, Grulleros, Vega de Infanzones y Vilecha, la que más ha tirado de la matrícula y que cuenta con una nueva escuela en las afueras del pueblo. El boom de nacimientos y el crecimiento de algunas urbanizaciones son el motivo principal.

Hay niños que retornan al pueblo por la crisis, por fracaso escolar o porque no se adaptaron a los grandes colegios urbanos. El CRA Cerecedo cuenta con 22 profesores y profesoras, en algún caso con más de 20 años de trayectoria en el colegio. Hace unos años, las familias preferían enviar a sus hijos a colegios de León. Ahora valoran más el «contacto con el campo» y la «atención personalizada». «Para mi Dani es el mejor colegio», dice una madre en Grulleros.

«La escuela unitaria es complicada, pero es muy gratificante porque es muy cercana», afirma Noelia Rodríguez, maestra especialista de Infantil que este año se enfrentó al reto de una diversidad extrema, la de los niveles y la de las necesidades educativas especiales.

Está satisfecha. «Conozco tan bien a los niños que son como clases particulares», comenta. Además, «son un grupo compacto, todos se valoran y todos se preocupan de Sheila, la pequeña de infantil». La escuela unitaria y las que tienen niveles mezclados. «En los talleres de Plástica, los mayores dirigen al resto», precisa. La pequeña también le ayuda. No es raro oírla decir a sus compañeros: «¡Chicos, que se os olvida la agenda!». Pero es inusual que una niña de Infantil sepa lo que es una agenda escolar.

En Villaverde de la Abadía niños y niñas toman la palabra. Han celebrado una asamblea para preparar la fiesta de fin de curso y el recimiento a la prensa. «En esta escuela somos felices», dice el cartel que preside el vestíbulo de la escuela. Es el lema del 25 cumpleaños del edificio: «Fue elegido por votación», aclaran las madres.

 

Toman la palabra

«Para la asamblea ponemos las mesas en forma de U, vienen todas las clases y se tratan los puntos», explica una alumna de sexto. En esta escuela se comparten responsabilidades. Hay niños y niñas encargados del papel, de las plantas, de revisar el baño, de llenar las garrafas de agua, de recoger los juguetes del patio... Se rotan en las tareas: «Los que ya hemos participado mucho les dejamos a otros», cuenta Alba.

Villaverde de la Abadía forma parte del Colegio Rural Agrupado La Abadía, con cinco centros escolares en otras tantas localidades. «En Carracedo tienen una escuela grandísima y son cinco», comentan los niños con asombro. Para la fiesta de la escuela de Villaverde escribieron un cuento y pintaron su historia en láminas para un kamishibai (drama de papel) japonés. La historia arranca con su construcción, sin olvidar a todos los que trabajaron en el edificio ni al constructor local. Nombran a los primeros maestros y todas las miradas se dirigen a Pepi. Después de 25 años, sigue allí como maestra de infantil y vive en el pueblo. Un caso raro, pero real.

El cuento recuerda la casita de madera que construyeron los padres y que «cuando pasó el tiempo se rompió», las acampadas de fin de curso, los juegos en el patio. «Ahora ya tenemos pizarra digital y hacemos juegos, cuentos, mates y de todo», agrega.

Detrás del kamishibai, 32 niños y niñas, uno detrás de otro, relatan con pasión todo lo que «hemos aprendido y disfrutado en el huerto escolar», su sistema de asambleas, la excursión a pie que hacen todos los años a San Juan de Paluezas, a la Virgen de la Estrella, que «ya se hacía cuando yo iba a la escuela», comenta una madre.

La visita mensual del bibliobús ocupa un lugar especial en Esta es mi escuela, esta es su historia en Villaverde de la Abadía y en todas las escuelas rurales. El servicio de la Diputación provincial es uno de los más queridos en los pueblos. En aquellos que aún tienen escuela, es una extensión más del aula. «Es la mayor ilusión del mes. Están calladitos y cuando oyen la música del bibliobús se alborotan», cuenta la maestra de Silván. Para el verano escogieron cuatro libros.

Conchi, la madre de Salvador y Yaiza, ya fue alumna de la escuela de Villaverde. Hay madres del pueblo que viven en Ponferrada y prefieren llevar a sus hijos a Villaverde de la Abadía. Es el caso de Montse: «En los grandes colegios los niños están menos personalizados. Aquí hay cercanía y son como una familia», precisa. «Alguna vez me pregunto si no será demasiado rural, pero no. Lo que me temo es que al quitar atención a la educación pública se vaya despojando de escuelas a las zonas más alejadas para alimentar los grandes centros urbanos», reflexiona.

Y llegaron los recortes

Por el contrario, hay familias en el pueblo que llevan a sus hijos a otros colegios donde hay comedor «porque trabajan y necesitan ese servicio porque trabajan». En Villaverde había madrugadores hasta que llegaron los recortes... En Trobajo del Cerecedo tener comedor es una ventaja para la matrícula.

La crisis también ha llegado a la escuela rural. Pero se apañan. «Hemos vivido momentos peores», dice Cándido un veterano maestro. Reciclar y reutilizar sirve para ahorrar. Este curso los semilleros se han puesto en botes de yogur. En todos suena el run rún de que pueden suprimir la música. Lo lamentan. No imaginan su escuela sin música.

Montse confiesa que tiene «un poco de miedo» el cambio al instituto, pero no alberga la más mínima duda sobre la formación en una escuela rural: «Yo estudié en el pueblo e hice mi carrera y otros no y así será ahora». Flor llegó a Villaverde de la Abadía con su marido y sus dos hijos hace un año desde Alicante. Por motivos de trabajo, se han convertido en ganaderos, ahora viven a 20 kilómetros del pueblo, en Voces, muy cerca de Las Médulas. No piensa cambiar de cole a sus hijos.

«Mi hija me dice: Mami, es el mejor cole de mi vida. Aquí nos recibieron con una alegría que pesó muchísimo y mis hijos han pasado de ser los niños de fuera a ser uno más. En Alicante, para citarte con la profe tenía que esperar varios días a que te agendaran», cuenta Flor.

Su madre ha venido de visita desde Buenos Aires y es la protagonista de la noticia del día en la clase de Infantil: «Mi abuela ya ha venido desde Argentina hasta España», escribieron en la cartulina que se añadirá al diario del aula.

Los niños y las niñas de las escuelas de pueblo «tienen ilusión por cosas pequeñas», en Villaverde, y en Grulleros también, «tienen la oportunidad de amasar pan y hornearlo, eligen como quieren celebrar su cumpleaños, si con tarta o con pizza, y recuerdan las palabras que utilizaban los antepasados de sus abuelos».

Más sanotes

«Encuentro que los niños de las escuelas de pueblo son más sanotes», dice la maestra de Grulleros. «Los niños aquí son niños», añade Esther, maestra desde hace trece años en Villaverde de la Abadía. La maestra de Silván también ve que «son niños muy diferentes, no les importan las marcas, están muy en contacto con la naturaleza, ayudan a sus padres en el huerto, van con ellos en el tractor, ven menos la tele y están menos tiempo con la consola», añade.

Hasta que llegó la crisis también a la pizarra, los niños de Silván querían ir a trabajar a la cantera. Ahora ni la nombran. «Yo no quiero sufrir lo que les está pasando a mis padres... después de siete años de alegría», lamenta Adrián con una voz que le sale como un hilillo, de lo más hondo. Ahora, el oficio más popular es el de «policía de Seprona», pero también quieren ser ganaderos o veterinarios. «Se me dan muy bien los animales», dice Adrián.

En su casa tienen perro y una cabra, «el mejor cortacésped», afirma riéndose. «Sería muy interesante que los niños de los grandes colegios de ciudad visitaran los pueblos y las granjas, para que no se crean que la leche sale de la nevera. Tienen demasiada información y cuando salen al campo a algunos les molesta hasta una hierba. Estos en pleno invierno no tienen frío y no se quejan», dice la maestra.

También hay distancias y diferencias de expectativas dentro de las variopintas escuelas de pueblo. Lucía, de cuarto de primaria, es la autora del guión de la película que rodaron para el cumpleaños de la escuela de Villaverde de la Abadía en una tableta. Los mayores les enseñan sus juegos y los pequeños preparan la despedida del alumnado de sexto con un retrato muy especial. Ya lo tienen en casa. Un recuerdo para siempre, como el libro de vida que hacen cada tres cursos en infantil con Pepi.

Lucía tiene muy claro que quiere ser periodista y ya dio una noticia importante en clase: «Mi tía descubrió un campamento romano al lado de León». Marta, que pasa al instituto el próximo curso, es futbolista. Juega en el equipo femenino de Ponferrada. Otro niño eligió un fin de semana para toda la familia en una casa rural como premio al trabajo de medio ambiente.

En el mundo rural, «cada escuela tiene su contexto y su edificio», apunta el equipo directivo del CRA Cerecedo. El profesorado itinerante es el que circula por los pasillos que los colegios rurales agrupados tienen en las carreteras. «Trabajar en equipo es fundamental. Con la itinerancia cambias de contexto y te refrescas, pero tienes que ser muy consciente de que estás en la carretera», precisa el equipo directivo, para quien también ha sido muy importante «el apoyo que nos ha dado siempre la Dirección Provincial de Educación».

En el colegio rural agrupado de la vega del Bernesga han llevado a cabo varios proyectos de innovación educativa: experimentos científicos, juegos olímpicos. En Villaverde de la Abadía destacan sus planes de lectura y su capacidad para aglutinar a las familias en torno a sus proyectos. La casa que construyeron los padres se rompió, pero ahora han hecho otra los abuelos. Entre todos pintaron el colegio.

Silván es escuela unitaria y la única que sobrevive del CRA Santa Ana. La maestra que imparte Música, Plástica, Conocimiento del Medio y Educación Física, Vanesa Fernández, se desplaza desde Ponferrada. Las aulas de Sigüeya y Lomba cerraron hace dos años. La distancia a Puente de Domingo Flórez, el colegio más próximo, es de apenas 20 kilómetros pero la carretera es de montaña y bastante deficiente.

Teresa quería escolarizar a Rosa en Puente, pero «el transporte escolar es para Silván». La familia cedió. No se arrepienten: «El primer día tenía miedo a que llorara», cuenta la madre. La niña lloró tres días en el taxi, «pero se calmaba en cuanto salíamos del pueblo y dejaba de ver a su madre», dice la maestra. Ahora están encantadas. Madre, niña y maestras.

La escuela de Silván es difícil de encontrar. Desde ella se divisa el pueblo y el valle. Está bien equipada y es activa. El próximo curso la escuela continuará abierta, pero su futuro no es halagüeño. Este año sale Álex y el próximo curso se irá Adrián. Los niños viven el día a día y ahora toca vacaciones: «¡Feliz verano!», se despiden desde el taxi-bús escolar.

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