Diario de León

pedro hernández, ‘el aceitunero’

el último arriero

‘periquito’ comenzó vendiendo pimentón dulce en el sur y picante en el norte, y muchas aceitunas a lomos de mula, y acabó asentando tienda en mansilla y recorriendo las riberas con el carro primero y luego con una inolvidable furgoneta

ramiro

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Publicado por
emilio gancedo
León

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Hubo en la ribera del Esla unos veranos de días interminables en los que la chavalería andaba toda subida a sus BH California persiguiéndose por las calles de tierra mientras a su lado pilotaban los paisanos las mansas motosegadoras. Eran días a reventar de luz que de repente se hacían aún más festivos con un pitido penetrante que entraba desde la carretera para gran júbilo de niños y perros. «¡Que viene Periquito!» o «¡Ya está ahí Pedro!» o «¿Qué cogemos al Aceitunero?» se escuchaba en las casas, según pueblos. Y salían las vecinas a la puerta y los rapaces se asomaban a aquella furgoneta que era como carromato mágico donde todo tenía cabida, de frutas a alpargatas, de dulces a cordeles, y desde donde solía caer un caramelo que te daba Periquito siempre alegre.

Pero la historia de este hombre menudo y vivaracho, con su acento de más al sur, viene de muy atrás y de muy lejos, y enlaza con antiquísimas prácticas ibéricas. El suyo —y el de sus descendientes, que aún siguen la tradición— fue el resto de un oficio arriero en el que muchos amasaron kilómetros sin cuento por todo el país al porte y venta de productos complementarios.

Pedro, Pedrito, Periquito, nació en Serranillos, provincia de Ávila, en 1931, frío y duro canchal al pie de Gredos, climatología y suelo adversos que empujaban a la venta ambulante a prácticamente toda la vecindad. Su padre llevaba pimentón de La Vera a La Mancha y también aceitunas hasta Sahagún y contorno, todo con una única caballería; y Pedro lo acompañó en esa labor desde los doce años porque ya era mayor cuando lo tuvo, y muy sordo. Le gustaba a Pedro el ambiente que veía en las riberas y llanos de León, con mucha mocedad y gente franca, y buscándose la vida acabó instalándose primero en Villamarco y después en Mansilla, en una casina que alquilaba por 100 pesetas, tan pequeña —cocina, habitación y cuadra para la mula— que no le entraba la mercancía y la debía dejar en la calle. A los 20 años comenzó a trabajar de firme por estas orillas y los 24 se casó con María formando unión de honradez legendaria.

Periquito es capaz de recordar todas las villas y quinterías que se extienden entre su valle natal y los extremos manchegos y todos los pueblos que hilvanaba del Sistema Central a Sahagún, rutas extensísimas bajo el sol y la lluvia, facturando el género en estaciones de tren ya olvidadas y teniendo cuidado con ladrones y estraperlistas. Una vez sedentario en Mansilla, no era poco lo que abarcaba, subiendo hasta Gradefes y Almanza por un lado y alcanzando todos los Oteros, Valmadrigal y Coyanza por el otro. Mientras que en La Mancha, en su adolescencia, dormían sobre todo en posadas —tan lejos los pueblos unos de otros, y tan grandes—, en el minifundio poblacional leonés era sobre todo en casas particulares, gente de confianza que recibía a Perico con alegría, buena excusa su presencia para echar unas cartas, hacer chocolatada y parlar hasta bien entrada la noche. Luego tendía la saca de paja en la cocina y dormía mientras su querida mula Azucena comía toda la hierba que quería. A la mañana siguiente daba a la dueña una cacerola de pimentón a modo de pago, cargaba los pipotes y seguía camino. De joven se estaba hasta quince días sin aparecer por casa y no pocas veces durmió al raso, y en una ocasión se le atolló la mula hasta la tripa y a Villamarco llegaron ambos mojado y rendidos.

Pero hace cuarenta y pico años se motorizó Periquito al adquirir una Mercedes Benz por 180.000 pesetas —a pagar en 28 meses—, una de las cinco que arribaron a la provincia de aquella (matrícula 33.000-LE) y luego llegarían otros vehículos aunque el más recordado siempre fue aquella furgoneta alfombrada de artículos desde donde daba cambios y recibía el cariño de la gente. «Ha sido una vida feliz, de mucho trabajo pero feliz», admite. Y también, y a ver quien puede decir lo mismo: «En mí no mandó nadie nunca...».

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