braulio garcía, ‘el lugareño’
la panza anima la danza
le conocen como ‘El Lugareño’ de Almuzara, pues él y su familia son casi los únicos que viven allí todo el año, donde están al mando de un mesón y de un festival folk

secundino pérez
Qué puede llevar a una persona a regresar al valle de sus infancias después de muchos años andando las más diversas geografías; qué, bregar contra viento y marea para montar un establecimiento de condumio, producción y trato franco allí donde no lo había; qué, instalarse y vivir todo el año a 1.200 metros de altura en un circo montañoso con sus inviernos cerrados, hoces de hielo y lumbre atizada. «La ilusión», es su única respuesta. «Eso no hay quien me lo quite»..
Braulio García Rodríguez, propietario de la fábrica de embutidos Valporquero y del anexo Mesón Los Argüellos, es una barbada chispa de humanidad y cercanía, mañoso, imparable y pronto a la ironía como buen montañés, además de amante de las cosas naturales y contundentes de esta tierra, cosas cuya calidad cae por su propio e incontrovertible peso como los serios mastines, la cecina curada o el pollo de corral en el horno.
Braulio, con sus exóticos apellidos («a veces digo que me llamo Garciagoitia Rodriguezbeitia») nació en 1953 en Correcillas, esa perla de piedra y ladrillo que anida entre la roca y el roble. Además de unas pocas vacas y ovejas, su padre fue minero en La Vasco toda la vida, pero también diversificó negocio abriendo cantina en Aviados y conduciendo un taxi experto en curvas y temibles descensos.
A los 12 años y aunque apenas se le veía detrás del mostrador, ya servía Braulio vinos en aquel barín. Y en sus recreos, en vez de tirar a la pelota, tiraba de sifón. Trabajador nato, a los 13 bajó a León, donde un tío era cocinero en El Universal, aquel lugar de referencia y reverencia a pie de río, glorieta y estación. «Tenía de todo, amigo: un bar impresionante, un restaurante de lo mejor, pista de baile y una terraza que llegaba casi hasta los ambulatorios», recuerda Braulio. Allí rendía de pinche entre 18 y 20 horas, ganando 1.500 pesetas al mes —y la patrona le cobraba 700—. De familia diestra en sazones y asados, entró luego en el Conde Luna, donde otro tío suyo era jefe de cocinas, una auténtica «academia de gastronomía» llena de profesionales y con una disciplina que puso a prueba Braulio cuando subió a El Cristo de Correcillas aunque no le dieran el día libre («¡la fiesta del pueblo de uno es sagrada, ho!»).
También estuvo un año con la familia en Luanco, donde un primo de su madre abrió restaurante, pero ante la encrucijada de irse o el quedarse cuando la excedencia minera tocó a su fin, prefirió el patriarca volver al tajo, querencias de seguridad que agarran fuerte a la gente agraria. Y a la vuelta, ya de chef, pasó por el Sotomayor, cogió con su hermano el emblemático La Gitana, trabajó en el Peñacastil ovetense, estuvo años en Cadaqués, plena Costa Brava, en Canarias… para regresar a la Gitana y a acariciar su vieja idea de fábrica y mesón en el Alto Torío que llegó a ver la luz en 1997 después de hacerlo él prácticamente todo, hasta el chozo de la entrada. ‘Causante’, junto a sus hijos, del veterano Festival Alpaca Folk en el que El Lugareño incluso participó este año con su charango en el mestizo grupo Incassette, le apena que estos pueblos vayan quedando sin gente ni motivaciones. «Pero con mi ilusión no pueden ni podrán, ¡eso sí que no!». A buena parte van.