Serafín García Fernández
El guía que lleva a Belén
Cuenta la historia de aquel «que murió del susto» porque se equivocaron de paisano al que iban a fusilar. guía del belén de castrotierra, dice que ahora «no hay más que vicio». «el que tiene una moto, no le abonda y se compra un coche de tres ruedas, y luego uno de cuatro»

i.r.
Uno entra al bar de Castrotierra de la Valduerna, al pie del ilustre santuario, ese al que llega y del que sale más colorida y concurrida romería de cuantas se celebran en el Viejo Reino —es grandiosa escuela de pendonistas—, y de inmediato un hombre lo toma del brazo y lo lleva, piti, piti, despacio pero implacable, hasta un generoso salón. No valen entonces protestas ni preguntas; el visitante no tiene otra opción que la de dejarse llevar, porque en esa sala será iniciado, lo quiera o no, en los misterios del Nacimiento de Castrotierra, una magna obra de la arquitectura maqueteril, un Belén repleto de detalles y de labores en movimiento donde la cabra está a punto de saltar el río y el pescador de agarrar su trucha, donde vuelven a renacer los oficios tradicionales que creíamos desaparecidos y donde se defiende la tesis de que Cristo no nació en Judea sino en los valles leoneses: ahí están para demostrarlo la bodega-cueva subterránea con su lagar donde se prensa la uva, los paisanos aplicados al estace del gocho, los repollos en sus sucos o ese otro labrador que da vueltas y vueltas con el trillo y la yunta de buéis . Y Serafín García es el orgulloso guía de este microcosmos de corcho, plástico, escayola y agua que circula de verdad —río Peces titulada, el que riega las fincas próximas—, y apunta aquí y allá, ayudando a explorar sus rincones e ilustrando la vicisitud de cada uno de los pequeños vecinos ocupados en el eterno caminar estos senderos entre el musgo y estas montañas de papel.
Serafín nació en Castrotierra en 1923 y sólo salió de aquí para cumplir servicio militar de tres años en Gijón. Sus padres eran labradores con una pareja de caballos y otra de bueyes, y cogían centeno, trigo, fabas, patatas, todo lo que podía dar la tierra parda de la Valduerna. Serafín fue a la escuela hasta los 14 años y era niño aplicado y poco trasto («no me gustaba hacer gamberradas. He intentado hacer todo el bien que pueda y el mal, a nadie»). Después se puso a trabajar con su padre en esa interminable sucesión de faenas, implantadas en estas comarcas más o menos desde la primera Navidad del mundo (el cereal había que «segarlo a gadaño, atarlo, morenarlo, trillarlo, acarrearlo…», «la gente de ahora se pegaría un tiro si tuvieran que volver a hacer todo aquello»), y aunque se libró de la guerra por unos pocos años, vivió intensamente el negro tiempo que le sucedió y algunas historias de venganzas, sacas y fusilamientos. «Había gente que dormía en el monte, de miedo a que lo sacaran de la cama para pasearlo», cuenta, y concreta que en este pueblo se llevaron a cuatro vecinos que jamás volvieron de entre las encinas, «y a uno de ellos fue porque se encargaba de las cuentas del presidente del pueblo y no le dejaba gastar de más». A otro, porque tenía una noria a medias con un vecino que quería hacerse el amo de ella y andaba proclamando que no sería así «mientras él viviera». Y a otro, cuando fueron a mirar, vieron que se habían equivocado de paisano. Lo devolvieron a casa pero no pudo volver a dormir («se tiraba de la cama y gritaba: ‘¡Por ahí vienen, por ahí vienen!’») y acabó muriendo al poco tiempo a resultas del tremendo susto.
Serafín ocupó su mili en limpiar trincheras y en poner inyecciones, y después se casó y se dedicó toda la vida a labrar la tierra con sus parejas de mulas y de bueyes, y mantuvo seis vacas de leche, y ovejas algún tiempo, aunque acabó deshaciéndose de ellas por no encontrar pastores que las cuidasen. Incluso inició breve carrera de actor, limitada a una actuación en la que interpretaba a un paciente a quien intentaban sacar una muela con terribles tenazáncanas. «¡Pero si con cloruro no duele, hombre!», le decía aquel médico de pega.
De aquella el río Peces bajaba lleno de barbos («las basuras y las lejías acabaron con ellos») y se cogían grandes fardeladas de caracoles. Ahora «no hay más que vicio», proclama. Trabajador y cavilador, invita a los lectores del Diario a resolver un dilema con el que no han podido «ni siquiera muchos maestros». Se trata de un diálogo entre pastores ‘de pocas ovejas’. «Uno le dice al otro: ‘Tantas tienes tú, que si me das dos, tengo tantas como tú’. Y el otro replica: ‘Y si me las das tú a mí, tengo la mitad más que tú’». ¿Cuántas tenía, al principio, cada pastor? Hala, a discurrir.