víctor arteaga bodega, ‘rebaja’
Pimentadas de altura
Tiene buena mano en el aderezo de pimentadas y lentejadas, y fue premiado en Guijuelo de manos de Luis del Olmo. «Me dieron un cuchillo jamonero. ya les dije yo: ‘¡dadme el jamón, que el cuchillo ya lo pondré yo!’», recuerda este labrador hoy paseante

secundino pérez
Entra Víctor Arteaga Bodega en el Muelle de la Estación, donde la conservera La Huerta de Fresno tiene sus cuarteles generales, y todo el mundo saluda a su paso flemático y extenso. Andan pelando el puerro entre lomas de pimientos embotados, también col, berza y cebolla, y el gigante riberano observa, comenta, impide el paso a su inseparable Bugui, perrillo que obedece cada una de sus órdenes, y se mueve despacio por el malecón hortelano como por la casa propia. Todos los días acude. «Este es el dirigente , el que dirige», ríe Berta Pereira, la activa responsable de la cooperativa.
«Lo mismo que en tu carné pondrá periodista, en el mío pone labrador. Jubilado, pero labrador», se explica Vítor , paisano que siempre ha ayudado a la promoción de los productos de la vega del Esla en todo cuanto ha podido, y que hoy supervisa y dictamina y mide las proporciones de aceite y del resto de ingredientes en muchas pimentadas organizadas por todo León y fuera de él. Nació en Fresno de la Vega hace 68 años, diez hermanos eran, a partes iguales mozos y mozas, como un ejército a la hora de comer. «Antes había en este pueblo mil y pico vecinos, ahora sólo queda el pico», ironiza, y la casa era de labor, ovejas y vacas, trigo, cebada y remolacha, y hortaliza la normal, regaban por pozos (aún llegó a conocer el cigüeñal, neolítico invento para extraer agua) y con algún puerto sacado del río hasta que llegaron los primeros motores. Y no olvida el día en que vio aparecer, con diez años que levantaba, el primer tractor del pueblo —el de su casa—, un Lanz de 28 caballos «que hacía tanto como hoy uno de 80». «El tractor ha sido a la gente del campo… pues como el ordenador pa vosotros», ejemplifica, didáctico. «Pero se trabajaba de cuerpo, y de sol a sol», recalca. Y gracias a la combinación de vega y secano nunca faltó en el pueblo el qué comer, «cuando la guerra, dicen que nadie pasó hambre, ¡al menos tenían patatas!».
Eran un polvorera de chavales, «seis de media en cada casa», aunque muy controlados por la clerecía. «El cura lo veía todo, y como en la iglesia nos teníamos que poner de la mitad p’alante, si no ibas te cogía y te daba en la cabeza con el mango de un esquilín de bronce que llevaba». «¡Pero nos divertíamos mucho más antes que ahora! Hoy no ves cuadrillas, y si se juntan cinco o seis es que están planeando algo malo». Todos querían ser «futbolistas o ministros», pero o marcharon del pueblo o se quedaron para trabajar la tierra como Vítor, apodado Rebaja («quién sabe por qué, a mi padre ya le llamaban así, ¡sería porque le dejó a alguien una oveja más barata!»), y no deja de tener su gracia en un hombre tan altón. Vítor trabajaba veinte hectáreas (ahora tres heminas, «pa’l gasto») y defiende con fiereza la verdura de Fresno y su contorna. En cuanto le pones la vista encima «ves que es buena», dice («¡si se han mandado cajas hasta la China!»), pero objeta: «Y no es sólo el pimiento, no; es el puerro, la berza, el tomate, ¡y las lentejas, las habas y los garbanzos!», exalta. Y aunque ahora en las ferias «se venda lo mismo un pimiento que una braga», la clave está en «trabajar las cosas uno mismo». Junto a su compadre Ramón Bodega, gran motor de la hortelanía del Esla, ha preparado pimentadas y lentejadas (30, 40 kilos) en León y Zamora, y en Alcalá de Henares («¿qué le echas, que está tan bueno?», le preguntaron allí, y él: «Es secreto», pero sólo era aceite, sal y pimientos), y recogió en Guijuelo, de manos de Luis del Olmo, un premio hostelero en representación de los agricultores de España. «Tuvo que hablar Ramón porque yo me quedé en blanco delante de tanta gente, en aquella nave grandísima». «Me dieron un cuchillo jamonero y dije por lo bajo: ‘Coño, haberme dado el jamón, que el cuchillo ya lo pondré yo’». ¿El secreto del buen agricultor? No lo hay. «Los labradores somos siempre nuevos, dicen en el pueblo, y es verdad. Cuando viene mal tiempo y se jode todo, a veces decimos: ‘Si hubiera estado durmiendo…’».
Vuelve con el ejemplo: «¡Los labradores tenemos que mirar p’arriba, lo mismo que vosotros miráis p’abajo!».