maximino san miguel
«No hay que dejarse morir»
Mientras que su padre nació de una joven criada y de una pasión prohibida a la sombra del Palacio de Grajal, él no conoció a su madre, arrollada por el tren. Apenas pudo estudiar pero hoy es un voraz lector

j. casares
Hay vidas curiosas ya desde su mismo origen, existencias que son fruto de uniones inusitadas o cuyos inicios se ven marcados por hechos paradójicos. Maximino San Miguel Machado —cuerpo menudo pero extraordinariamente activo, miembros dinámicos y voz cumplidora— cumplió el pasado 18 de abril sus cien primeros años y debe el azar de su existencia a un histórico desliz o pasión tumultuosa y prohibida que tuvo lugar en la señorial villa de Grajal de Campos allá por el segundo tercio del XIX, cuando una joven criada de 16 o 17 años que servía en el palacio de los condes quedó embarazada de soltera y a aquel hijo secreto se le hubo de enviar al hospicio de León con mucha ocultación y disimulo. Cástor se le puso por nombre, San Miguel por la gran iglesia graliarense al lado de la cual fue concebido —es la única a la que le falta una esquina, vayan a verla y pregunten el por qué—, y Expósito, pues ya saben la causa. Fue el progenitor de Maximino, quien hasta que no cumplió el servicio militar no conoció a su propia madre, tuvo que investigar su residencia e ir a verla por cuestión de papeleos, vaya encuentro sería aquél.
Metido a peón ferroviario, su mujer también ofició entre topes y vapores, humilde familia de guardagujas, y es en este punto cuando el destino giró otra vez la palanca en crucial cambio de vía: estaban asentados en la casilla de Quintana de Raneros —allí nació nuestro Maximino—, con sus mínimos sueldos de la Compañía de Ferrocarriles del Norte, él en obras, ella guardesa, ocupada de subir y bajar las barreras al paso de los trenes, cuando un día los niños andaban jugando del otro lado de las vías e hicieron ademán de cruzarlas justo cuando comenzaba a vislumbrarse la llegada de un convoy. La madre, alarmada, pasó los rieles para alejar a los chiquillos del peligro y resultó arrollada. Segundos antes había dejado al pequeño Maximino, de seis meses, en la garita.
Quedó, pues, huérfano de madre y con tres hermanos (seis años la mayor) para iniciar entonces una larga peregrinación por los diversos pueblos en los que caía el padre, fruto de sus traslados o de su búsqueda de empleos por duros que fuesen: y así, vivieron en Veguellina de Órbigo hasta la huelga ferroviaria del diecisiete, y aprovechó entonces Cástor para entrar en la Azucarera —y se casó con la hermana de su mujer fallecida—, anduvo de minero por Santa Lucía de Gordón, con la República regresó a la Compañía del Norte, y le tocó El Burgo Ranero, vaya trajín, y después, vuelta al Alfoz, y Maximino mientras tanto de criado donde fuera; en León, por ejemplo, estuvo ayudando a un señor que tenía vacas de leche junto a la cerca medieval —al lado, por cierto, del lugar donde hoy se alza el cómodo piso en el que vive a temporadas junto a su hija pequeña—. Con tanto trasiego, todo cambios y mudanzas, apenas pudo acudir a la escuela, y decidió aprender las tablas de multiplicar, él solo, por las noches, hasta que las sacaba de memoria. En Montejos, donde acabaron viviendo, empezaron a construir un buen colegio pero ya tenía él los 14. «Sabe más hoy cualquier barrendero que el maestro viejo que teníamos», recuerda.
De reducida talla, sólo por dos milímetros (y repite una vez y otra el número y la medida, como si fuera una maldición) no se salvó de cumplir servicio, y además por dos veces que le midieron, pero por suerte no entró en batalla y pasó gran parte de la contienda en servicios auxiliares, sobre todo en Gijón, donde ofició de cocinero… y escribano para no pocos gallegos analfabetos. Un hermano suyo, de fuerte convicción, huyó a la montaña, a zona republicana —aunque a veces venía andando por Camposagrado, a cenar a casa—, para más tarde ser capturado y pasarse cinco años preso en San Marcos.
Salvado de una neumonía que lo tuvo contra las cuerdas, fue un día de fiesta en Valverde de la Virgen cuando conoció a la mujer al lado de quien pasaría más de cincuenta años —y a quien, recuerda, le habían matado el novio en la guerra—. Y aunque proclamaron en febrero, casaron en abril porque en Cuaresma les cobraba más el cura. Encontró empleo fijo cuidando los jardines de Renfe y viendo crecer a una familia que asciende hoy a cuatro hijos, once nietos y cinco biznietos. Él, que apenas había podido ir a la escuela, siempre regaló cuentos a sus vástagos y hoy gusta de zambullirse en el mundo de la poesía; es enorme su avidez lectora junto a su pasión por el teatro —protagonizó varias obras, ya jubilado— y por los bolos, aficiones de las que hoy queda su mano imbatible con el tute. ¿El secreto para llegar a esta edad? «No dejarse morir», responde rápido, y luego concreta, en forma de versos, la receta:
«Vida honesta y bien llevada:/ Tomar muy pocos remedios/ y poner siempre los medios/ de no enfadarse por nada./ La comida, moderada./ Ejercicio y distracción./ No tener nunca presión./ Salir al campo algún rato./ Poco ruido y mucho trato/y oye, alguna ocupación».