llega la tendencia de corrales de aquiler
El valor de las gallinas
Un leonés abre la posibiliad de un consumo de productos avícolas de calidad, el primer corral de gallinas de alquiler ya funciona en León, en Quintana de Raneros

Parte del corral doméstico que Diego López ha puesto en alquiler, en Quintana de Raneros
El consumidor ya tiene opción de intervenir sobre uno de los productos que asientan la cesta de la compra, la pirámide nutricional. Ya puede elegir. Huevos a diario, huevos frescos. Sin necesidad de montar una granja. Le facilita la tarea un leonés, que acaba de proyectar en Quintana de Raneros, a muy pocos kilómetros de la capital de la provincia, una de las ideas novedosas que tienen millones de adeptos en los países más avanzados de Europa, hasta convertirse en tendencia de uso y costumbre en alimentación: Diego López alquila gallinas, que no es otra cuestión que satisfacer la creciente demanda de productos sanos, suministros de calidad para la despensa. Para llegar a este punto de iniciativa comercial a este joven se guió por esa vertiente revolucionaria en la circulación de la cadena alimenticia que arrasa entre las sociedades más modernas del continente europeo, y que no tiene nada que ver con la solución inmediata y convencional que aporta la estantería de los supermercados. Alquilar una gallina es el pilar de otro concepto, nada convencional ni masificado, quizá con dosis de aquel primigenio sistema que siempre tuvo el hombre sedentario o nómada de procurarse un entorno adecuado para conseguir alimento. Recurso tan antiguo como la humanidad, pero resolutivo en ese vértice que obliga hoy a preguntarse si es seguro lo que se come. «Esto lo es sin duda», explica Diego ante el recinto en el que cacarean la docena de gallinas con las que ha abierto la posibilidad de acercar una fuente alimenticia sana a una estructura urbanita, donde hasta es posible que convivan generaciones que sólo saben de la procedencia del huevo por esos envases de corcho y cartón que se apilan al fondo de las grandes superficies comerciales. La idea del emprendedor ha calado entre la demanda. «Empezamos con cinco, y vamos a llegar estos días a quince», relata con cierta dosis de satisfacción por la respuesta positiva que ha encontrado al otro lado. Sin más promoción que el boca a boca y un puñado de carteles por el entorno de su pueblo, a donde ahora llegan visitantes interesados en alquilar una gallina, que no es otra cosa que una fábrica diaria de huevos. En serie. Un día, un huevo. La posibilidad es sencilla: se aporta una cantidad inicial, de quince euros, que corresponde al coste del recinto en el que vive y se realizan las puestas del ave. Y seis euros al mes. Esa es la cantidad económica que separa a cualquier habitante de una estructura urbana en donde es imposible sostener ese ciclo de la opción de disponer de alimentos naturales, con trazabilidad de sobra conocida y certificación sin códigos de barras. Huevos sin series numéricas que relatan de dónde vienen, y si la puesta se realizó a quinientos kilómetros del lugar de consumo, o si el hábitat de la gallina no cruzó la jaula metálica en la que fue encajonada en una producción en cadena junto a otras trescientas mil. Las gallinas que se pueden alquilar en la trastienda de la huerta familiar que regenta Diego López están en contacto con la tierra, que escarban y usan de almohada, colchón o entretenimiento. Incluso de fuente mineral en el ciclo de nutrientes que estos animales buscan para la producción huevera.
Entorno natural
Bienestar animal, viene a llamarse entre el galimatías administrativo que regula la relación con los asentamientos pecuarios. Si el entorno es un hecho distintivo que eleva la relación de este tipo de estructuras de producción con esas factorías avícolas hasta lo incomparable, el sustento de los animales añade el plus que elimina cualquier duda entre buscar ahí la producción o al final de una cadena de montaje. «Comen trigo, esa es su base; ahora, si el arrendatario quiere que se les añada otro tipo de alimentación es posible», indica Diego al pie del asentamiento avícola que ha crecido entre el praderío y los árboles frutales que dan al mediodía de la finca que flanquea al suroeste su casa y el mesón San Isidro, el negocio hostelero que regenta junto a su hermano.
El regreso al medio natural para procurarse el alimento prendió ya en esta zona menos septentrional de Europa a través del huerto en el jardín, la traslación a una terraza, o a un punto de alquiler. Hay ejemplos notables de todas estas posibilidades en el entorno urbano o suburbano de León. Del mismo modo que una persona se empeñó en cultivar sus propios tomates puede acceder a una producción segura de los huevos con los que se alimenta. Tras el rosario de complicaciones administrativas que supondría abrir ese flanco productivo en el mismo punto, digamos, que se precisa para dar cabida a una mínima producción hortícola, se encuentra la iniciativa que patrocina Diego López, que ha prendido con un interés inusitado en países anglosajones y centroeuropeos. «De momento la respuesta es positiva. Hay que tener en cuenta que la aportación del alquiler es inmediata. Cada gallina pone un huevo al día, y ese ritmo de producción está asegurado en todos los meses de primavera y verano, incluso otoño; cuando llega la época de frío, las puestas son en días alternos». Esta frecuencia permite al consumidor que alquile el ave disponer de las puestas al día. «La colecta es diaria, nosotros recogemos y almacenamos la producción, hasta que el arrendatario viene a recogerlo. También está la opción de que pueda llevarse la gallina el fin de semana, y reintegrarla después. Y al finalizar un año la gallina pasa a ser propiedad de quien la alquiló», desmenuza Diego López entre la letra pequeña del contrato.
El marketing del negocio viene dado por la necesidad de procurarse alimento. Del aporte de proteínas y aminoácidos que se encuentran en un huevo; la riqueza en carotenoides, esenciales para evitar la degeneración macular; la fuente de vitaminas D, E, fósforo, hierro, zinc selenio, sodio magnesio, vitaminas A, B12, yodo, azufre y ácido fólico. Y si son camperos, la valoración sobre el producto se eleva.
Corral doméstico
Los clientes de este inusual corral avícola también pueden elegir el género, el tipo de gallinas que quiere como fuente se suministro de huevos. Las modas del consumo asoman de igual forma entre las tendencias. «Si alguien prefiere consumir huevos de cáscara azul» que son peculiares por el color y además por ciertos pluses alimenticios, «puede elegir alquilar una raza de gallinas concretas», añade Diego López a la amplia lista de cláusulas que maneja el sistema de alquiler que acaba de estrenar hace apenas un mes y que tiene ya casi al borde de la plena producción. «Sí, a gusto del cliente; si quiere criamos araucanas, u otras que hacen puestas de huevos con cáscara blanca; la misma flexibilidad con las razas que con el tipo de alimentación que deseen quienes van a consumir los huevos».
El ciclo de las nuevas tendencias llega a León de forma incipiente. Un detalle relevante de que la preocupación social por el origen seguro de la alimentación tiene más calado de lo que supone un sistema que no termina de convencer, por la procedencia lejana de los alimentos, entre otros motivos. Una de las primeras iniciativas comerciales que asentó el sistema de alquiler de gallinas se localiza en Pensilvania, donde un emprendedor solucionó de un golpe la carencia de confianza social en el sistema intensivo de producción de alimentos y la imposibilidad de solucionar el suministro con una granja doméstica, un corral, en el entorno urbano.
Ahí está el huevo free range al alcance de todos. En Quintana Raneros.