¿Cómo Combatir la abstención?
Los principales dirigentes políticos, en los mítines de cierre de campaña, hicieron llamamientos casi desesperados a la participación en la jornada electoral de hoy domingo. ¿Vano intento? Abstención, abstención... Es la palabra más repetida en los círculos políticos de toda Europa. Más en España, donde el interés en la jornada de reflexión se centraba en otra cosa, en otro lugar.
Si usted ha visto la televisión, escuchado los noticieros de radio y/o leído los periódicos en las últimas horas, habrá comprobado sobradamente que la Champions, en su final madrileña ayer en Lisboa, derrotó ampliamente a la recta final de una campaña electoral unánimemente calificada como soporífera, anodina, inane. Frustrante, en suma.
A las decenas de miles de españoles que las televisiones nos han mostrado desplazándose hacia la capital portuguesa, o en pleno alboroto en la Avenida da Liberdade, me parece que les importaba bastante poco la cita con las urnas de este domingo: lo único que interesaba de Europa parecía ser la final de la Copa. No sé cuánto importaba esta cita a los demás, estuviesen o no pendientes de la pequeña pantalla en la noche del sábado futbolero.
En todo caso, la campaña se nos ha ido entre acusaciones de machismo, de criticar el rostro de Ribery, de debates en torno a una ley del aborto que probablemente jamás verá la luz... Poco de sustancia verdaderamente ‘europea’, en momentos en los que Europa empieza a reiventarse, poco sobre la defensa del Viejo Continente cuando los analistas más lúcidos tiemblan ante el renacimiento del antiguo nacionalismo ruso —a ver qué ocurre en esta jornada electoral en Ucrania— y ante el incremento de la ‘invasión’ inmigrante ilegal por el sur, un incremento que influye no poco sobre el euroescepticismo. Y, claro, influye sobre el desencanto ante la falta de soluciones ‘europeas’. Y, al final, sobre la abstención. Todos tiemblan ante esta palabra.
Lo que falla no son los candidatos. Es el sistema. Estas campañas no dan más de sí, como tampoco se sostienen ya las actuales estructuras de los partidos, de los sindicatos, de las patronales, de ciertas instituciones, de no pocas leyes, comenzando por la injusta normativa electoral. Unas campañas con debates serios en los medios, haciendo propuestas reformistas o mejor regeneracionistas, de futuro, hubiese congregado mucho mayor expectación. Se apostó por lo banal, por lo anecdótico, por los ciento cuarenta caracteres de Twitter.
Cuando escribo, tengo la jornada de reflexión casi tras de mí. Me digo que lo políticamente correcto es aconsejar, desde cualquier tribuna que se pueda ocupar, que la ciudadanía acuda a votar. No sé en qué estará pensando cada uno de los electores cuando acuda a su colegio electoral en esta jornada de domingo; sé, en mi fuero interno, que es mejor ir al encuentro de las urnas que no ir. Pero no sé si podría acertar a explicar, más allá de los tópicos, por qué. ¿Para qué votamos? Quizá para poder seguir haciéndolo.