Lengua y libertad
Confieso en que yo al menos -tal vez porque no soy parte- ya estoy absolutamente perdido en el tema de la llamada inmersión lingüística; ya ni sé lo que ahora está en vigor, lo que estuvo y se corrigió, lo que se corrigió y nunca estuvo, los decretos, las sentencias, los recursos... toda esa guerra de la que han hecho bandera unos y otros y que tanto daño está haciendo -imagino- a los estudiantes en Cataluña sin olvidar lo que ocurre en Baleares. Ahora parece que el Gobierno quiere sacar adelante un alambicado plan para que todos aquellos que quieran estudiar en castellano y no puedan, lo hagan en un centro privado al que pagará la Administración central para luego descontar esas cantidades pagadas de lo que debe dar a la Generalidad catalana. Lo que no se entiende es que aquí alguien se está saltando la legalidad y hay que recurrir a estas complicadas argucias para que esa legalidad sea un hecho. Hay sentencias del Constitucional que dejan claras las obligaciones de unos y de otros de forma que sólo se trata de cumplirlas y hacerlas cumplir. Y como tenemos el Poder Judicial que tenemos -del que se podría decir aquello que de decía de las fincas de Extremadura, que es «manifiestamente mejorable»- pues depende del Constitucional que toque para que la sentencia se incline hacia un lado más que hacia el otro. Y no es una cuestión baladí. Escribía Félix Grande: «sólo a ti y al lenguaje llamé patria...». Y es cierto que la lengua hace patria pero no tiene mucho sentido en un mundo global esta guerra que no conduce a nada porque no se puede imponer por la fuerza la realidad de un sentimiento -como so se pudo evitar en tiempos dictatoriales- ni cerrar los ojos a la verdad que no rodea. Pero al final lo que choca no es la realidad de la vida sino dos «ismos», dos nacionalismos que llegan en muchas ocasiones al ridículo como las multas por no rotular los nombres de las tiendas en catalán o a la pérdida de oportunidades como la obligación del doblaje de películas.
Al final sólo cabe preguntarse si a alguien le preocupa la libertad de la gente más que la obligación de la lengua. Pero parece que eso preocupa cada vez menos.