el encuentro rajoy-sánchez
La causa principal de la crisis del bipartidismo y de la gran desafección política que manifiesta hoy la ciudadanía y que se ha traducido en los más recientes resultados electorales ha sido la apariencia de que PP y PSOE eran la misma cosa o, al menos, representaban a los mismos intereses, más cercanos a las elites que a las muchedumbres. El tópico de ‘todos los políticos son iguales’, tan injusto como comprensible, ha hecho estragos en la credibilidad de la política y ha afectado especialmente a las dos grandes formaciones que se han turnado en la gobernación del país en las últimas décadas, que en las elecciones europeas de mayo alcanzaron conjuntamente un mínimo histórico: juntos, los dos grandes partidos de centro-izquierda y centro-derecha apenas representaron el 49% de los sufragios.
La opinión pública, tan intuitiva en este país, no era arbitraria en su posición puesto que tenía elementos que respaldaban su reproche. Así, ha censurado, por ejemplo, que ambos partidos se aliaran en el pasado en la reforma del artículo 135 de la Constitución para agradar a los mercados y satisfacer las exigencias del sistema financiero, o que se opusieran juntos a crear en el Congreso de los Diputados una comisión de investigación sobre el ‘caso Bankia’ en cuyos desmanes se había involucrado toda la clase política.
La llegada a la secretaría general del PSOE -y a la jefatura de la oposición parlamentaria- de Pedro Sánchez, un personaje joven e independiente sin vínculos con el pasado, supone, aparentemente, un radical cambio de rumbo, y tanto los socialistas como los populares deberían conseguir otra relación mucho más clara, que resulte inteligible para los ciudadanos. En teoría, los criterios de tal relación son simples: PP y PSOE deben preservar el consenso constitucional básico y el acuerdo en las grandes cuestiones de Estado permanentes -políticas europea, exterior, de seguridad, etc-, pero son libres de discrepar en todo lo demás.
De lo anterior se desprende que, en la reunión que Rajoy y Sánchez mantendrán mañana, lo importante es que consigan una posición compartida sobre el conflicto de Cataluña, que no se reduzca a constatar su común oposición a la consulta y a la independencia sino que incluya la disposición a construir una alternativa creadora, capaz de restañar la herida abierta. Pero en todo lo demás, es necesario que la ciudadanía perciba que no existe complicidad corporativista para seguir repartiéndose el pastel del Estado, en claro perjuicio de la dialéctica parlamentaria y del verdadero pluralismo. La idea de gran coalición, salvo en situaciones de verdadera emergencia nacional que no son del caso, va contra la rica tradición intelectual de esta democracia y degrada esencialmente la política parlamentaria, que ha de ser ante todo pluralidad, controversia, negociación y pacto.