Que viene el lobo
Como cuando éramos pequeños. Lo mismo nos pasa ahora cuando tenemos que hacer un cambio. Que los lobos se agolpan en nuestra cabeza. En la suya y en la mía, no me lo niegue. No se calle sus lobos pensando que el miedo es de cobardes, porque todo lo contrario. Miedo tenemos todos, sólo que unos lo disfrazan de excusas y otros lo convierten en resultados. Así que lo valiente no es no tenerlo, es reconocerlo.
Por eso, si anda usted entre jaurías de lobos, sepa que no pasa nada. ¿O alguien dijo que no se pueden hacer cosas con miedo? Claro que se puede. De hecho, es como las hacen los que las hacen. Una y otra vez hasta que se les quita el miedo. Que todo tiene un riesgo y sólo podemos asumirlo y atrevernos, mirando al lobo a la cara para saber si es miedo a arrepentirnos, a perder algo, a no estar a la altura, a lo que digan los demás…
Por ejemplo, uno de los clásicos es el miedo a la incertidumbre. Pero a la vida no le va eso de querer tenerlo todo atado y bien atado. Aquí manda ella y cuando quiere te mete un revés que te deja en el sitio. Así que entienda que no, no hace falta saber siempre lo que va a pasar.
Tampoco se queda corto el miedo al éxito. Sí, sí, como lo oye. Por temor al esfuerzo que eso le va a suponer, o al dolor de la caída, o a que otros le juzguen porque le vaya bien… Le aseguro que el miedo al éxito existe.
Pero, sin duda, el rey de la manada es el miedo al fracaso. Y yo le pregunto: ¿y qué? ¿Qué pasa por fracasar? Cuando uno acepta que puede fracasar y que no pasa nada pierde el miedo. Que el fracaso es un paso más hacia el éxito. Y después de ese paso vendrá otro. Y si me caigo me levanto, que no es para tanto. Que lo importante es caminar y que si no me arriesgo no avanzo. Que porque me fuera mal una vez –o dos, o tres- no me tiene que ir mal la siguiente. Y que, si pasa, seguro que aprendo algo de ello. O más me vale.
Así que a partir de ahora no se pregunte qué pasará si sale mal. Mejor pregúntese: «¿qué haría si supiera que va a salir bien?». Responda. Y adelante.