Diario de León

carmen valencia, ‘carmina’

la mayor de la plaza

es la única superviviente de los muchos hortelanos que junto al mercado del conde vendían planta y fruto. primero en el burro, luego en bici y ahora en furgoneta, carmina llevará sesenta años haciendo que la gente «sepa lo que come»

ramiro

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Publicado por
emilio gancedo
León

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Es muy posible que Carmina sea la única comerciante de toda la zona euro que redondea sus precios hacia abajo. «15,50, pues 15», «30,85, venga, 30 para usted», se le oye decir con su remango habitual, rebullendo entre plantones de cebolla, acelga y tomate de Mansilla, en ese puesto inmutable junto a los muros del mercado del Conde Luna que Carmen Valencia, Carmina, capitanea como si fuera una especie de arca de Noé vegetal y crepitante.

Carmen Valencia, Carmina, es casi también la única superviviente de las huestes de hortelanos y vendedores que a la vera de esta guapa lonja cubierta —por cierto muy poco aprovechados, hoy, sus atractivos económicos y turísticos— extendían toldos y cajones hasta hace no tanto tiempo. «¿Y desde hace cuánto está usted aquí?», y la pregunta suena absurda, como si se la formulásemos al gallo de San Isidoro o al puente de San Marcos. «¡Mucho, ya ni me acuerdo!», responde. Y es verdad que con exactitud no lo sabe, y tiene que hacer esfuerzo y sumar hitos familiares, y así discurre que, si contamos desde cuando venía con su madre en el burro, sesenta años, y ella sola, unos cuarenta.

Carmina la laboriosa nació en Grisuela del Páramo pero a los pocos años de vida ya se vino toda la familia a Trobajo del Cerecedo, a guardar y mantener el caserío de don Paco; ganado, fincas y frutales propiedad de este hacendado practicante. Eso sí, muchos piensan que es de Valdesogo porque vende las famosas cebollas de allá, también ofrece buen pimiento de Fresno y entre su nacencia paramesa y su vecindad en Trobajo’ Abajo, donde levantaron casa, uno de los nietos acabó por preguntarle, verdaderamente interesado: «Pero tú, agüela, ¿cuántos pueblos tienes?».

Carmen Valencia podrá contarse también entre los escasos vendedores que controlan todo el proceso productivo de cuanto oferta: cuenta con semilleros propios y algunos productos, como los citados pimientos y cebollas, se los crían personas de confianza. Por estas fechas vende la planta y en la temporada, el fruto. El resultado es un manto de lechuga (maravilla, juliana), pimiento (morrón extra, morrón Fresno, picante, italiano, padrón), puerro, pepino, espinaca, calabaza, acelga, melón, sandía, tomate (negro, cherry), lombarda, berenjena, berza (rizada, de asa de cántaro, de corazón de buey), cebolla de orco, brócoli, coliflor… a todos los pastorea Carmina con mucho salero. «¿Saldrán bien estas cebollas?», le pregunta la concurrencia. «Son muy buenas, pero ojo, que yo no se las voy a criar ni a mantener, ¿eh?», advierte la comerciante, que sabe mucha letanía, y es normal, después de tanto tiempo trasplantando, regando y vendiendo. Primero venía con la madre y apenas cabían en la plaza todos los labrantines («nosotras nos poníamos para la parte del madreñero, donde ahora hay un bar»), ella en el burro y su madre andando, y después, independizada, en una bicicleta con caja atada detrás («si de aquella se traían sólo cuatro acelgas, cuatro pimientines y a lo mejor unas ciruelas»). También trabajó el mundo de las flores para los Santos, y en una ocasión se le acabaron, marchó a por más y la gente aún le estaba esperando luego a pesar de ser ya noche cerrada. «Y caérseme una vez todas en el puente del Castro, y levantarme a las cinco de la mañana… yo he pasado muchas, muchas», deja entrever.

Sólo una vez dejó su perenne puesto, cuando remodelaron el mercado entero, y tuvo que trasladarse unos metros más allá, a la Plaza Mayor: «No me gustó, llevo toda la vida aquí y este es mi lugar», dicta. Porque el puesto de Carmina, que levanta todas las mañanas menos domingos (y desde hace pocos años hace excepción en invierno) es pequeño monumento fotosintético a lo que fuimos y a la vida en la que uno «sabía lo que comía», y necesitará de placa o efigie cuando ya no esté, tal es la huella dejada en esta recogida fastera. «Yo, hasta cuando aguante. Porque, verá usté, a mí esto me gusta mucho, ¿sabe?», y ensalza las virtudes de sus tomates («esos de los supermercados vienen siempre verdes y sin sabor, no los dejan madurar porque, si no, cuando llegan estarían todos espachurrados, por no hablar de los sulfatos») antes de confirmar «que todo tiene su tiempo, su cómo y su por qué».

—Vuelva otra vez. ¡Que hay que comer todos los días!

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