La casa del tren
Tesoros ferroviarios
Entre quinqués, placas y cientos de documentos antiguos trabajan los amigos del Ferrocarril de León. Un trabajo silencioso, pero de gran valor, que permite que el tren no se olvide nunca

Buenaventura Durruti toca una campana de las que existían en las antiguas estaciones de tren.
El tren es su vida. Han pasado buena parte de ella pegados a las vías, algo que ahora siguen haciendo a través de su trabajo en la Asociación Leonesa de Amigos del Ferrocarril (Alaf), fundada en 1992. Son Buenaventura Durruti y Miguel García, presidente y secretario de una asociación que agrupa a cerca de 400 personas vinculadas de alguna manera con el tren.
Desarrollan su trabajo en la sede que ocupan hace algo más de un año en la avenida Párroco Pablo Díez, en lo que era la casilla del capataz de vía y obras y la vivienda del guardabarreras. Allí, entre cientos de recuerdos de los trenes antiguos, buscan todas las piezas que les hacen falta para reparar y restaurar. En total, dieciséis vehículos antiguos, entre los que destaca la conocida Mikado, su joya de la corona.
Su sede es un pequeño museo en el que se puede ver desde un ‘controlier’ hasta un transportador de grados con el que se revisaba las ruedas de las máquinas de vapor, pasando por quinqués, maletas de las de antes y todo tipo de fotografías y documentación que dan buena cuenta de la época del esplendor del tren en León.
«Hemos vivido el tren toda nuestra vida. En vez de hablar de pan hablábamos de trenes aunque tuviésemos hambre», relata Buenaventura Durruti, el presidente de Alaf. Junto a él, Miguel, el secretario, asiente: «Cuando era pequeño, para curar el catarro a mi me ponían al vapor de las máquinas de los trenes», añade.
Ellos son ferroviarios de los de siempre y han querido seguir aportando sus conocimientos desde otra perspectiva. «De nuestra asociación se han copiado muchos porque es algo atípico, pues la mayoría de las que existen de este tipo se dedican a la fotografía y a las cosas de pequeña envergadura relacionadas con los trenes, pero nosotros tenemos un parque real de trenes con 480 metros para poder restaurar material y para eso se necesitan conocimientos. Ese es neutro punto fuerte, el tren real», explica Durruti.

A la espera
Este trabajo lo han llevado a cabo en distintas sedes en los últimos años. Aquí han llegado después de que se rescindiera el contrato con Renfe del inmueble que tenían como sede en Legio VII, cerca de la antigua pasarela. «Somos unos ocupas, nos tienen de acá para allá, pero nosotros mejoramos todo lo que nos dejan», señala Durruti desde su despacho, en el que conserva cientos de libros y fotografías antiguas. Él ingresó en Renfe con 15 años. «Era el más joven de la promoción y allí estuve hasta que me echaron, a los 58 años», apunta. Ahora dedica su tiempo a la asociación y no sólo como un hobby, «aquí muchas veces hay que trabajar, rozar la carne contra la materia», aclara.
Ahora están a la espera de que se renueve el convenio que les permite utilizar los talleres en los que reparan las máquinas. Mientras llega ese permiso, aprovechan para hacer hincapié en que funcionan sin ningún tipo de subvención, se financian ellos mismos con las cuotas y buscando aquí y allá el material que les hace falta. «La mayoría de las veces no pedimos dinero, lo que pedimos es gestión, que nos hagan los trámites que necesitamos para poder funcionar, como por ejemplo el permiso para acceder a los talleres», apunta Durruti.
Tierra ferroviaria
León es tierra de ferroviarios y con una amplia historia detrás estrechamente unida a las vías del tren. De ello dan buena cuenta Durruti y García, que recuerdan las antiguas compañías privadas que funcionaban en León. La primera fue el ferrocarril que unía Palencia y Ponferrada y que cayó en bancarrota para dejar paso a la Asturias-Galicia-León —más conocida como AGL— que supuso un trampolín para el sector, a donde llegó la Compañía de los Caminos de Hierro del Norte —conocida en aquel entonces simplemente como Norte—. Los talleres generales de AGL se cerraron en León para abrirlos en Valladolid. Aquí quedó el depósito de locomotoras, un enclave muy potente pues en aquel entonces se transportaba mucho carbón y hacían falta máquinas con tirón. En aquellos años la importancia del carbón era tal que se puso en marcha el ferrocarril entre La Robla y Valmaseda. De ahí que la historia del carbón y la del tren estén muy vinculadas.
Desde entonces hasta ahora, el panorama ha cambiado mucho. Tanto, que León se prepara ahora para la próxima llegada del AVE. «Fue más importante la llegada del ferrocarril a León en 1963 que la llegada de la alta velocidad», alegan desde Alaf. Ellos lamentan que en España el desarrollo del tren no fuese a la par que en el resto de Europa. «Nuestra desgracia fue que nuestro ancho de línea fuera distinto», argumentan.
A pesar del paso del tiempo, no tienen reparo en afirmar que la locomotora Mikado es su tesoro. Llegó de Monforte porque no había nadie que la reparase. Aquí, en León, encontró una nueva vida. Con sus 170 toneladas de peso y sus 2.000 caballos de potencia, «no es una máquina perfecta porque en los años 50 no había tecnología puntera», explican. Sin embargo, a ella dedican buena parte de su tiempo. A ella y a no perder la esencia de la historia del ferrocarril en León.

