La banca
Vaya por delante que comprendo que la banca, así, en general, es un negocio y no una oenegé; pero una vez aclarado eso déjenme que les diga que no todos los negocios son iguales. Y el de la banca, para qué nos vamos a engañar, es uno de los más impresentables o al menos lo han convertido en eso a lo largo de los años. Y las banqueras y los banqueros (que no los bancarios) no son inocentes, no nos engañemos; puede que sean necesarios, incluso puede que sean imprescindibles y mucho más en un mundo globalizado y controlado por un sistema capitalista que, según creemos muchos, se ha pasado de la raya. Y no son inocentes porque abusan de su poder, porque imponen unas reglas de juego que, como se ha visto, son inmorales y además ilegales; pero son tan grandes, mandan tanto, se han hecho con tantísimos «clientes» que resulta más peligroso perseguir sus desmanes que cambiar esas regulaciones que deberían hacer del negocio algo transparente y limpio, bueno para todos. Tenemos ejemplos lejos y cerca: cuando el imperio del actual presidente de los EE UU entró en quiebra se discutió qué hacer y fue preferible sostenerlo a base de millones a dejar que cayese.
Estos días estamos asistiendo aturdidos al sinfín de inmoralidades que se han ido cometiendo con la mayor impunidad en el sector financiero y ahora parece que empiezan a ser delictivas. ¿Y saben una cosa terrible? Temo que la Justicia les apriete las tuercas porque al final seremos todos quienes paguemos sus multas gracias a nuevos cobros. Cláusulas suelo, preferentes, fraudes en la contabilidad bancaria, cobro de dietas, bonos, indemnizaciones, jubilaciones y planes de pensiones radicalmente inmorales por los directivos, las famosas tarjetas opacas. ¿Les suena todo esto?
Si al menos tantos escándalos sirvieran para hacerles reflexionar pero va a ser que no: lo que les quiten por un lado nos lo van a cobrar por otro y debe ser el único negocio que cuando va mal en lugar de bajar los precios y dar facilidades, los sube y se encierran en su fortín. Hay tanta demanda que las ofertas las fijan ellos manejando un dinero que, encima, es el nuestro.