POniendo límites

Hay quien no ha aprendido a poner límites. Quien, cuando otros le tratan mal o le faltan al respeto, se calla o responde con agresividad porque no se atreve a decir «¡basta!». Puede que tenga miedo al rechazo de los demás, que no se sienta merecedor de un trato mejor o que simplemente no sepa cómo pedirlo. Sea lo que sea, lo que está claro es que cuando algo así se mantiene en el tiempo la persona deja de valorarse y de respetarse a sí misma, como consecuencia de no estar haciéndose respetar por los demás.
Entonces, ¿qué hacer cuando uno llega a este punto? Pues, lo primero, comprender que todos tenemos derecho a que los demás nos respeten, p?ero que muchas veces sólo podremos disfrutar de ese derecho si lo pedimos. Al menos, así, sentiremos que nos estamos respetando a nosotros mismos.
Y, dicho esto, si no quiere volver a permitir que alguien traspase sus límites, aquí tiene unas cuantas claves:
—No se calle nunca. Cada vez que lo hace le está diciendo a esa persona que tiene derecho a tratarle así.
—Tenga claro hasta dónde llegan sus límites. No puede ponerlos si no sabe dónde están. Párese a reflexionar sobre lo que está dispuesto a tolerar y lo que no.
—Comuníquelo con tranquilidad. Una vez que tenga claros sus límites, hágaselo saber al otro de una forma tranquila. Por ejemplo, «cuando me hablas así no me siento respetado. Me gustaría que pudiéramos hablar tranquilos y para eso te pido que dejes de gritarme». Y recuerde que esto no es una competición, sino una conversación que debería basarse en el respeto mutuo.
—Invítele a reflexionar sobre su comportamiento. Pregúntele si hablarle así le hace sentir bien y si no podría decirle lo mismo de otra forma. Y, si las aguas no se calman, pídale aplazar la conversación para otro momento.
Recuerde que no está en su mano elegir cómo van a tratarle los demás y que lo único que depende de usted es su respuesta cuando alguien le grita o le falta al respeto. Usted elige si aprovechar esa oportunidad para crecer y superarse, o no hacerlo.