CON MOVILIDAD REDUCIDA (3)
parques Nacionales y otras historias

Saguaro Park. Desierto de Sonora.
A medida que viajamos hacia el norte, la tierra se va tornando más rojiza y la flora adopta a las plantas espinosas como arbolado caso exclusiva. Nos dirigimos hacia Tucson, Arizona, y no debemos olvidar que los Beatles cantaban en Get Back que Yojo había dejado Tucson por un poco de hierba en California. Aunque…hierba en California… ¡mejor Wyoming!
Si bien la primavera viene retrasada, en Saguaro Park y Arizona Sonora Desert Museum, la fauna del desierto está activa entre los cientos de hectáreas de cactus saguaros y otras plantas como los cirios o velas del desierto.
El rey del ecosistema de las montañas Rincón es el Monstruo de Gila, un feo lagarto aplastado y un poco amoratado, cuyo único enemigo está en el aire, pero hoy no se ven águilas en el cielo y él se mimetiza entre la hojarasca. Un grupo de cuervos graznan con voz solemne. El conejo cola de algodón se atrinchera tras la fortaleza espinosa de los saguaros, las chumberas y los cactus barril, sin quitar ojo al cielo, por si vuelan halcones o busardos, sus enemigos mortales.
Otros animales peligrosos son la serpiente cascabel, a esta hora enroscada en sus terrarios naturales, mientras alza su cabeza en cuña, con dos rebordes en los laterales que semejan cuernos. Alacranes y tarántulas con su coraza del desierto se esconden entre los saltbush. Los coyotes y los linces rojos se mueven libremente en hábitat propios.
Una Ranger que lleva en el brazo una lechuza blanca nos dice que estemos atentos a los orificios de unos cactus, a veces centenarios, que han sido colonizados por unos diminutos búhos.
Por el aire revolotean unos pocos colibrís que liban entre los cactus y los botes rojos colgados con una disolución azucarada. Alguien dijo que estas aves hicieron de la función de volar un arte poético. Una poesía evanescente.
Los colibrís desaparecen del entorno cuando se acercan abejas o avispas, cuya picadura podría ser mortal en el cuerpo diminuto del colibrí, no mayor que un pulgar.
En un arroyo artificial una nutria se baña y se acicala los pelos de la cara.
Sin embargo, las hectáreas y hectáreas de plantas del desierto parece que lo cubren todo. Nos movemos por una carretera estrecha y con grandes badenes y los cactus, chumberas y agaves se despliegan en ambos lados. También otros tipos de plantas arbustivas, como la jojoba, el chaparral, los bursages y el mezquite con sus espigas amarillas alargadas. Destaca asimismo la yuca bayoneta española, con sus largas hojas lanceoladas cual espadas y sus flores en penacho que sólo son polinizadas por una mariposa que pone sus huevos en el interior, donde nacen las larvas que se alimentarán de parte de las semillas, dejando el resto para la próxima siembra.
A unos kilómetros de la salida del Sonora Desert se ubica el Old Tucson Studios, que en su momento albergaron rodajes de Westerns y en la actualidad es un parque temático del Salvaje Oeste con viajes en diligencia o los consabidos duelos singulares.
En el área de Tucson se había establecido en 1775 un puesto avanzado de acopio de caballos para el Segundo Viaje de exploración de la California Media de Juan Bautista de Anza. Se trataba de llegar a la bahía de San Francisco para evitar el avance de los rusos desde Alaska. Un día antes de la llegada para coger la ‘remuda’ atacaron los Apaches y se llevaron 500 caballos: tuvieron que continuar con los que traían.
El estado de Arizona es un poco más pequeño que Nuevo México y su población, en torno a los 7 millones de habitantes, la mitad hispanos. Phoenix es la capital del estado y junto a sus barrios-ciudades supone casi la mitad de la población de Arizona. El resto de la población, Tucson, Flagstaff y poco más.
Phoenix, un antiguo puesto avanzado, comenzó a poblarse cuando las presas en los ríos Salt, Verde y Colorado llevaron agua para una agricultura de zona templada. El centro de transporte, la investigación y la fabricación de componentes para aviones, unida a la universidad y el turismo, completan el elenco de actividad en una ciudad fuertemente afectada por la crisis del 2007.
Aquí nos encontramos por primera vez en este viaje con el arquitecto Frank Lloyd Wright.
Wright es el Picasso de los arquitectos, que rompió todos los esquemas con su forma de construir y con su vida.
Él se consideraba un artista y un genio, con una arrogancia desmesurada. Decía que una casa era una obra de arte que debía adornar el paraje donde se ubicaba; esta obra de arte tenía que contener y armonizar con el resto de las artes: pintura, escultura y música. Por otra parte, cada habitación definía al hombre que la utilizara. Estilo orgánico. Alternando épocas de abundancia y fama con otros tiempos al borde de la ruina, transitó por la primera mitad del siglo XX y los últimos años del XIX desarrollando su estilo que él denominó «Usoniano» o «Americano» y el resto de los críticos «Prairie School». Bien es cierto que a partir de 1.935 aborda otro tipo de construcción y otra forma de construir.
Como Picasso, mujeriego empedernido, llevó una vida intempestiva y como Picasso a sus mujeres, terminaba anulándolas, devorándolas, después de llenarlas de hijos.
A Phoenix llegó con la cuarta mujer, Olga Ivanova, exbailarina montenegrenina del ballet de Petrogrado. Antes había pasado por la cárcel cuando un sheriff de Minnessotta consideró indecente la situación de Wright en concubinato sin tener el divorcio de su mujer legítima en aquél momento. Entre tanto era también perseguido por su mujer Miriam Noel.
En el campus de la universidad de Phoenix está la última obra encargada a Wright; de hecho se terminó de construir en 1.959, tres años después de su muerte. Se trata del Grady Gammage Memorial Auditorium. Es un edificio circular, cuyo techo se sostiene por cincuenta columnas de hormigón unidas por pequeños arcos de medio punto. Un sistema de rampas con adornos de pérgolas, dan acceso a las alturas superiores.
El aforo del auditorio es de tres mil personas, ubicadas en tres alturas, de modo que la máxima distancia del espectador al escenario no supera los cuarenta metros.
En frente del auditorio se encuentra la First Church Christiane, de aspecto triangular desde lejos, quizá fruto de la perspectiva de la torre de estructura prismática en forma de aguja y separada del cuerpo de la iglesia. Ésta es cuadrada, con escasa altura, amplios alerones del tejado y ventanas apaisadas alrededor. En los laterales y al fondo, el techo se abre al bies, tamizando la luz por cristales de colores emplomados. Este edificio formaba parte de una universidad para Arizona, que nunca se construyó. Los directivos de la universidad de Phoenix solicitaron permiso a los herederos de Wright para realizar el proyecto.
Por la tarde vamos a West Taliesin, la segunda residencia y escuela de arquitectura de Wright, inaugurada en 1.937 y donde moriría 22 años más tarde, en este desierto que parece limitar con el infinito. Wright, en viajes anteriores, había decidido construir algo en Arizona para huir del invierno desapacible de Taliesin en Wisconsin.
Los edificios están perfectamente integrados en el paisaje, construidos con piedras de la zona, arena del lugar y madera de sequoia. También utiliza cerchas de acero pintado de granate pálido. Para combatir el calor los muros son anchos y algunos techos son de lona, que dejan pasar el viento y se puede cerrar o descorrer. El aire se humedece mediante piscinas a ambos lados: a la entrada y entre el living y las habitaciones. Los estudiantes tenían derecho a una cama, una mesa y un armario; en el estudio tenían una mesa de dibujo.
Lo más impresionante para mi es el living. Es grande, ovalado, con asientos alrededor y una chimenea y piano. No hay que olvidar que en las noches de los sábados, los alumnos debían cantar, recitar versos y representar pequeñas obras de teatro.
Las ventanas son las típicas de Wright para climas cálidos, apaisadas y ocupando todo el lado norte hasta la altura del tejado de amplios aleros.
El guía nos muestra la doble cama separada por una mampara. En una dormía la siesta y sólo se le podía molestar si alguien venía a contratar un proyecto. Si estaba acostado en la otra, no se le molestaría en ningún caso.
En estanterías de la pared observé que además de libros de arte y arquitectura leía a Dickens y poesía de Witman.
Al día siguiente por la mañana, el Black Dragon ronronea suavemente hacia el norte camino de Sedona. Desde hace mucho tiempo ha existido en este lugar un pequeño asentamiento, pero hace unos años, en una novela de ciencia y ficción de1.980, el autor situaba en Sedona un «vórtice energético cósmico» y desde entonces la población no ha dejado de crecer, supongo que tratando de enderezar el Karma. La ciudad de Sedona y Oak Village se sitúan en la vaguada del estrecho valle por donde discurre el Oack Creeck, apenas un arroyo. Farallones y acantilados de arenisca de un rojo carmesí rodean la ciudad y perfilan el pequeño riachuelo.
El cielo de un azul potente, apenas surcado por unas nubes blanquecinas, resalta los colores rojos, verdes y amarillos del entorno. Es hora de bañarse en Grass-hopper Point, un tobogán natural y rocas planas de color amarillento, en Oak Creek.
Los edificios, en su mayoría, son de planta baja o de dos plantas, algunas, de un estilo que recoge elementos de la arquitectura nativa-colonial y utiliza simbólicamente elementos constructivos de la zona. La mayoría son tiendas donde se venden todo tipo de objetos místicos, tan propios de la «new age», galerías de arte y nuevo diseño, restaurantes, joyerías, todo tipo de piedras semipreciosas cargadas de energía positiva y precios cercanos al que tendría el Santo Grial. En rincones recoletos se integran pequeños moteles y cabañas particulares que obligan a decir a Martita Vaílez: «Este territorio tengo que explorarlo con la mochila a la espalda». Comimos en el The Hideaway con su terraza sobre el Oak Creek y enfrente los farallones rojizos.
Sedona ya lo conocíamos de un viaje anterior, y si hemos vuelto, además de por su belleza asombrosa, es porque quería ver anochecer y ascender la luna detrás de las torres rojas de las cárcavas de arenisca, aunque imponderables meteorológicas no permitieron que nos extasiáramos con el anochecer. Las nubes se fueron acumulando y taparon el cielo y, ciertamente no había previsto que por esas fechas, finales de mayo, la luna comenzaba el cuarto creciente y por tanto ese astro inmenso que yo imaginaba asomando tras los cantiles, hubiera estado muy disminuida.
A buena mañana damos un último vistazo a Sedona y arrancamos hacia el Valle de Prescott. Pasamos por Jerome descolingado precariamente del monte Cleopatra en las Black Hill de Arizona, rodeado de derrubios de las antiguas minas de cobre y plata. Hoy vive totalmente del turismo y recuerdo que aquí compré en un viaje anterior un sombrero Stetson, el único artículo fabricado en USA, el resto, incluidos los objetos de cobre, metal que puso a Jerome en el mapa, estaban fabricados en China o Bangladesh.
Camino de Prescott un paisaje abrupto flanquea la carretera con formaciones graníticas sin apenas grietas y pequeñas lagunas de agua de lluvia.
Prescott es una ciudad de 30.000 habitantes con una turbulenta historia del Far West. Estaba rodeada de minas de oro y plata, y hoy presume de ser la ciudad con más edificios catalogados de estilo victoriano. Es una ciudad de bohemios, hippies y vaqueros que se exhiben en los bares, restaurantes y salones y sirven de reclamo a visitantes y turistas. En su día fue capital de Arizona y aunque tuvo algún fuego pavoroso, se restauró prontamente.
Recorremos la plaza mayor con el edificio de la Corte Judicial y una estatua de Buckey O` Neill, capitán de la caballería voluntaria creada por Theodore Roosevelt para las guerras del 98 con España en Cuba y Filipinas. Esa es también la fecha de su muerte.
Visitamos el Whiskey Arrow en el hotel Michelle, de los más antiguos de la ciudad y comemos en un restaurante vaquero de maderas rojizas. Varios tipos de mediana edad, vestidos de pistoleros, recrean netamente la figura más teatral de Búfalo Bill.
Seguimos hacia el norte para alcanzar la Route 66 en Seligman y dormir en Kigman. Mañana subiremos al Gran Cañon del Colorado en Skywall. Seligman mantiene sus museos sobre la Ruta 66 y la barbería-museo de Angel Delgadillo, pionero en la creación de la asociación de los pueblos de la Carretera Madre. Delgadillo, de casi 90 años, debe venir poco por el museo a cargo de su hija y de su mujer. Allí sigue, presidiendo una de las habitaciones, la silla de barbero, cuando el barbero era además peluquero, estilista y experto de moda en el lugar. El barbero ha de ir cada algunos años a la ciudad y observar cómo ha evolucionado, desde el estilo beat, al corte garçon y a la forma beatle. Cuando llegaron los hippies con sus melenas, supongo que pasarían a recortarse las puntas de las barbas. ¡El pelo ni tocarlo!
Es sábado y a buena mañana salimos para el norte. Cogemos el pendín hacia el norte, se diría en León. Es una mañana tibia del desierto, con una brisa ligera, silenciosa y clara. Hay algunos ranchos en lugares donde brota el agua, pero la mayoría son cactus a derecha e izquierda, aunque ahora el cacto que predomina es el Joshua Tree y el Nopal. Nos dirigimos al Gran Cañón en el punto denominado Sky Walk.
Toda esta región, igual que otras muchas de Arizona es propiedad de los Navajos o, como a ellos les gusta que les llamen, Pueblo. Los malos oficios de la Oficina de Asuntos Indios han hecho que la educación sexual recayera en la Iglesia Evangélica u otras, que con sus políticas religiosas sobre la concepción, han propiciado que la población se haya disparado pasando de 9.000 habitantes hace cien años a más de 90.000 en la actualidad. Todo ello con la misma extensión territorial. Sin industria en la zona y sin posibilidades de adaptación a según qué tipo de proceso industrial, malviven en algunas explotaciones agrarias donde hay agua. El turismo, los casinos para los que son concesionarios y los cheques de servicios sociales completan su modus vivendi. Ahora también explotan el Sky Walk, esa plataforma de cristal transparente que desde una roca al borde del Gran Cañón, se adelanta hacia el abismo.
Desde el aparcamiento caminamos por el borde del Cañón contemplando el tuétano de la tierra; lo sublime, la majestad de la naturaleza, la paleta asombrosa de colores. Todo ello aderezado con la atracción de las simas, el vértigo, el miedo.
El Gran Cañón, dicen los geólogos, es el libro de historia del planeta, sólo es preciso saber leer las líneas horizontales que lo recorren de este a oeste. Según los estudios actuales, el gran tajo de la tierra no se debe exclusivamente al río Colorado que ha labrado la meseta, sino a movimientos geológicos que se remontan a millones de años hasta la formación de la Tierra.
A la entrada de la plataforma hacen entrega de unos patucos para los zapatos que evitarán rayar el suelo de cristal que avanza sobre el precipicio. Ver el Gran Cañón a 1.200 metros de mí y sobre la misma vertical es la máxima sacudida para un grupo como nosotros, con un punto de vértigo y mucho miedo. El río Colorado se retuerce al fondo, aparentemente manso a esta distancia. Nosotros avanzamos sobre el cristal, agarrados unos a otros y los tres a la silla con esa sensación perfecta de flotar y el pánico de caer al vacío. Ya sabes lo que dicen: «Si te acercas mucho al abismo, el abismo termina invadiéndote» (Nietzsche).
Comemos al aire libre al lado del Cañón viendo cómo cambia de color a medida que se mueve el sol hacia el oeste.
No pudimos hacernos sitio en un helicóptero para ver el Cañón desde el dominio de las águilas y ya era la segunda vez que nos pasa, de modo que damos una vuelta por la presa Hoover y nos vamos a dormir a Las vegas.