Diario de León

CANTO RODADO

El peor de los días

Hoy es un día duro, muy duro, para seis familias. Entre todos los días difíciles de estos 1.775 días, hoy es uno de los peores. Es el quinto aniversario de los seis mineros asfixiados en el pozo Emilio..

Ana Gaitero
León

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A una niña le contaron que a su papá le envolvió una nube de gas y se lo llevó al cielo. Cuando sea mayor sabrá todo lo que pasó aquel 28 de octubre de 2013 y los días, meses de atrás en la mina. Cuando sea mayor, quizás, se habrá hecho justicia. Hoy todavía no.

Cuando la niña sea mayor puede que haya que explicar, aquí, en León, qué es una mina de carbón, por qué había bolsas de gas entre la hulla o por qué los costeros también aplastaron tantas vidas. Cuando esa niña y otras de su generación vayan a la universidad la mina será un recuerdo difuso en la memoria colectiva.

Las bocaminas hundidas serán pozos de silencio muerto y habrá que arrancar a los viejos las historias de vida que cruzaron el umbral del suelo con el subsuelo para ganarse el pan. Las escombreras se verán como exóticos lunares sobre las montañas y nadie hablará de la furia de los mineros.

Por eso hay que recordarlos. A los seis del pozo Emilio y a los cientos, miles, que perecieron en el vientre de la tierra arrancando la energía y la luz de un mundo que se dice moderno, pero que ha sido y es bárbaro y despiadado.

Se cumple un lustro de uno de los accidentes más graves de la minería leonesa. Por el número de vidas que se llevó y por las circunstancias en que se produjo. En una mina recién estrenada, en la que se invirtieron millones de euros de dinero público, y en una empresa que era ‘modelo de seguridad’.

Las familias quieren y se merecen justicia y la sociedad entera debe exigirla. Se lo deben a la dignidad de los muertos. Es la única herencia decente que se puede dejar a esa niña que crece soñando con su padre envuelto en una nube de gas en el cielo. Se lo debemos a las futuras generaciones.

Cinco años para cualquier juicio es mucho tiempo. Para este juicio es un lustro es ya una eternidad. Y aún no se ha señalado la fecha. La demora de la justicia se convierte en un injusticia, pero en este caso es, además, un tiempo de sufrimiento añadido al dolor que nunca cesará en el corazón de estas familias.

La mina ya es historia, pero aún hay que escribir la(s) historia(s) de la minería en León. Ahora que se cumplen 100 años de la fundación de la MSP (Minero Siderúrgica de Ponferrada) es también momento de escarbar en el pozo de la memoria e hilar la genealogía de las fortunas que se hicieron a costa del sudor negro de los mineros.

De la épica de los pioneros a la indecencia de quienes se sientan en los consejos de administración de las grandes empresas energéticas después de haber certificado la muerte del carbón sin más cuidados paliativos que las prejubilaciones y los fondos mineros arrojados interesadamente a un pozo sin fondo.

La transición ecológica, tan necesaria, no se puede hacer a costa de la muerte de las cuencas y el olvido de quienes encendieron la industria y las calefacciones de los grandes despachos y las pequeñas chabolas durante todo un siglo. Mientras aúllan los lobos en la montaña oscura, mientras duerme la niña que sueña con su papá envuelto en una nube de gas, duele el día de hoy como una herida sin curar, sin alivio ni analgésicos posibles.

Habrá un día, con justicia o sin ella, en que la niña sabrá que los lobos peligrosos no son esos que quieren sacrificar al norte y al sur del Duero con la excusa de que se come a las ovejas. Sabrá la niña que para ahuyentar al lobo hay buenos mastines y barbacanas, cultura pastoril que aparece reflejada en el documental de Arturo Menor —Barbacana — que se proyecta estos días en León. Sabrá la niña que los lobos de los que hay que cuidarse son los que no cuidaron la mina.

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