Vestidos infinitos
Tal vez crea que es importante poner límites a los demás. Que cuantos más ponga, más se está haciendo respetar. ¿Y si le digo que se equivoca? ¿Y si le digo que cuanto más reducidos sean sus límites, mucho mejor? Se lo voy a explicar con una metáfora: supongamos que nuestros límites son un vestido que llevamos puesto. Algunas personas tienen un vestido muy largo y, claro, así es muy fácil que los demás se lo pisen. En cambio, otras personas tienen un vestido muy corto, por lo que es más difícil pisárselo. Ese vestido son sus límites, en el sentido de cuanto le afecta el comportamiento de los demás. Y, como se puede imaginar, cuanto más corto sea su vestido, menos le afectará lo que hagan los otros.
Dicho esto, ¿quién elige el largo de su vestido? Lo elige usted. Cada uno de nosotros elige dónde pone sus límites. Por eso, si usted es de los que se enfada mucho, le invito a que eche un vistazo a su vestido. Cuanto más corto sea, más tranquilo vivirá. Y eso no significa que permita que alguien le falte al respeto, sino que se está dando prioridad a sí mismo y a su bienestar.
Puede que se esté preguntando: “¿Y si son los otros los que traspasan mis límites? ¿Tengo que dejar que lo hagan?”. No es que tenga que dejar que lo hagan, es que sus límites los marca usted. Y lo que los demás hagan habla de ellos, no de usted. Por ejemplo, si se enfada porque un amigo llega tarde, o porque alguien le contesta de una forma que no le gusta, o porque manda un whatsapp y no le responden, ¿quién está poniendo esos límites ahí? ¿Dónde está escrito que si alguien hace eso tiene que enfadarse? ¿Por qué unas personas dejan que algo así les afecte y otras no? A esto me refiero con que cada uno elige sus límites.
Si usted elige creer que alguien le está pisando el vestido y se siente mal por ello, eso es suyo. Nadie tiene poder en sus pensamientos ni en cómo se siente. Así que, la próxima vez que le moleste algo de alguien, pruebe a recortarse el vestido. Nadie le respetará menos por ello, y usted ganará en salud.