MARIONETISTAS QUE SOBREVIVEN AL PASO DEL TIEMPO
El arte que pende de un hilo
En un rincón de la Maragatería, en Murias de Rechivaldo, una pareja de marionetistas elabora a mano con pasta de papel personajes extraordinarios que recrean mundos mágicos y hacen soñar al más incrédulo

Una de las marionetas creadas por Etcétera Marionetas en Murias de Rechivaldo.
Lo suyo es arte en estado puro. Con pasta de papel y unas manos privilegiadas insuflan vida a auténticos personajes de cuentos y fábulas capaces de hacer soñar al más incrédulo. Begoña y Miguel están detrás de Etcétera Marionetas, un nombre que recoge las obras de arte que componen en su taller de Murias de Rechivaldo. Aquí, en un rincón de la provincia donde reina el silencio, este matrimonio se dedica a lo que más le gusta, un oficio en peligro de extinción. Sin embargo, ellos aseguran que «parece que está resurgiendo» a través de los festivales de títeres y marionetas que se celebran en varios puntos de España, lo que ha hecho renacer el interés por estas obras de arte que no dejan indiferente a quienes las contemplan.
Su historia comenzó en Madrid, donde Miguel sintió curiosidad por un oficio que no se enseña en ninguna universidad. A través de un amigo que hacía marionetas conoció de cerca un mundo que le fascinó. Junto a Begoña, formó un tándem perfecto para comenzar a dar vida a cientos de personajes de lo más diverso a lo largo de sus casi 30 años de trayectoria. Tras una temporada en Altea, llegaron a este rincón de la Maragatería en el año 95 para comenzar una nueva vida en la que las marionetas han tenido un papel muy importante.

Begoña y Miguel en su taller de Murias de Rechivaldo. RAMIRO
Su taller está repleto de todo lo necesario para transformar la pasta de papel en ‘alguien’. Cientos de retales, acuarelas, fibras naturales, lana o canicas de vidrio sobre las que trabajan la mirada del nuevo ser llenan un espacio en el que se respira la creatividad y el trabajo minucioso. Todos los abalorios que adornan el pelo o la ropa de estos muñecos son de madera y hasta el detalle más pequeño se cuida con mimo porque ahí reside el secreto. Begoña recorre mercadillos y ferias para encontrar piezas especiales con las que decorar sus creaciones.
Él es quien se encarga de modelas los materiales y pintarlos y ella, maestra de joyería, les hace los vestidos y les da el toque final. Algunas partes de ‘El hombre pálido’ de la película El laberinto del Fauno descansan sobre una mesa a la espera de recibir los próximos retoques. Los personajes fantásticos de películas o hasta los imaginarios de algún libro suelen ser algunos de los más recurridos. Cualquier cosa puede encender la chispa y generar una idea digna de hacer realidad.
COSAS DE MAYORES
Aunque muchos creen que las marionetas son cosas de niños, lo cierto es que las piezas de Etcétera están destinadas a un público adulto. No son juguetes, se trata más bien de un objeto de lujo. «Quienes las compran lo hacen por capricho, porque se enamoran de ellas nada más verlas», explica Begoña.
Se han convertido en objeto de culto porque la artesanía no pasa por su mejor momento. La invasión de productos ‘low cost’ fabricados en cadena y de una dudosa calidad se han dejado sentir un sector que echa en falta salvia nueva.
Son objetos animados capaces de transmitir emociones que vivieron su peor momento durante la represión del régimen franquista.
La pasta de papel con la que trabajan en Etcétera Marionetas es un material poco frecuente. «La mayoría de los artesanos de marionetas lo hacen con madera o goma espuma». explica Miguel.

RAMIRO
A partir de cien euros se puede comprar una de estas piezas que, además de las que tienen a la venta en su taller de Murias de Rechivaldo y en la plataforma Etsy y en Amazon, también se pueden hacer por encargo.. Eso si, todas son distintas. «Nunca hacemos dos marionetas exactamente iguales porque al hacerlas completamente a mano nunca son idénticas».
Su principal mercado es Estados Unidos y reconocen que en España el poder adquisitivos no permite darse muchos caprichos como comprar artesanía. «Sentimos que la gente valora nuestro trabajo, pero no tiene capacidad económica», relatan.