Amelia Valcárcel: El pensamiento ante el temblor del mundo
Antes se acudía a los oráculos, intermediarios entre los dioses y los hombres, para la obtención de respuestas ante un mundo por lo general incomprensible. Hoy, cuando parece que el terremoto tecnológico está a punto de hacernos entrar en 'terra incógnita', acudimos a la pensadora Amelia Valcárcel para desentrañar los fraudes que, envueltos por ropajes de sofistería, amenazan con sepultar los avances civilizatorios de Occidente

La pensadora Amelia Valcárcel
Amelia Válcarcel es una irreductible de la defensa del humanismo y la libertad. Catedrática de Filosofía Moral y Política, nadie discute su protagonismo como voz radical del pensamiento en la confluencia de los siglos XX y XXI. Miembro del consejo asesor de la Fundación Carolina dirigida a la cooperación al desarrollo, vicepresidenta del Real Patronato del Museo del Prado, vocal del Real Patronato de la Biblioteca Nacional… se ha alzado como la conciencia del feminismo. De hecho, su discurso contra la ideología queer provocó su expulsión del Consejo de Estado en 2023. Su amplia y polifacética trayectoria curricular la ha llevado a configurarse como una de las mujeres más representativas del ideario feminista y progresista en nuestro país y a lo largo de toda su carrera como catedrática de Filosofía Moral y Política en la Universidad de Oviedo y en la Uned ha levantado un extraordinario trabajo en el mundo de la docencia y la investigación.
La conversación con Amelia Valcárcel es una clase de ética y razón. Ante el cambio de paradigma que vivimos, ella se consolida como una tabla de salvación de los principios que nos han alejado de la barbarie. Su casa en Oviedo es en realidad dos, dos pisos habitados por miles de libros — «hay más de 20.000»— que escapan de las costuras de lo que la sociedad entiende por biblioteca y que confluyen en una personalidad única por su clarividencia y la obstinación por defender los principios del humanismo. En un salón rodeado de cristaleras, Amelia es el faro de un discurso que, durante más de tres horas, nos permite ver la realidad con los ojos de la razón. Gran parte de su reflexión aborda los desafíos civilizatorios actuales, con una crítica del relativismo cultural y el mandato moderno de singularidad personal, que considera intelectualmente insostenibles frente a los problemas reales.
«Una vocación filosófica es poco corriente porque tiene una doblez que pocos temperamentos asumen. Es creer que el mundo existe y sospechar que no existe»
Postula que el feminismo constituye la transformación antropológica más significativa de la historia, contraponiendo su análisis del poder a movimientos recientes, como la deriva trans, que ella percibe como un ataque a los logros conseguidos para concluir, con una cautelosa perspectiva, en el hecho de que el progreso es costoso y frágil y que ha sido la tradición de pensamiento occidental la garante del espacio de debate necesario para evitar los peores escenarios globales.
La pensadora advierte de los desafíos civilizatorios más fuertes de nuestro tiempo: el feminismo, la globalización, la barbarie moral, la propia deriva intelectual de Occidente y la extraordinaria prudencia que exige el siglo XXI. «Mire. Una vocación filosófica es poco corriente porque tiene una doblez que pocos temperamentos asumen para poder soportarla. Es creer que el mundo existe y sospechar que no existe». No está mal como comienzo de una conversación en la que su gato se presenta como epíteto de las reflexiones de su ama. «Lo que hay que saber es si el mundo tiene eso que llamamos sentido, porque la filosofía es la única y gran alternativa a la interpretación religiosa del mundo». Amelia Valcárcel defiende que la filosofía nació dos veces. La primera, en Grecia, cuando el ser humano reconoció su propia ignorancia y quiso explicarse el mundo. La segunda, en el siglo XVII, cuando la modernidad necesitó una alternativa racional a la interpretación religiosa del sentido. Si la providencia había dado respuesta a por qué estamos aquí, la filosofía moderna se enfrentó a la posibilidad dolorosa de que el mundo tal vez no tenga sentido alguno, «con lo que nos queda es un territorio devastado que hay que volver a construir».

Amelia en el salón de su residencia de Oviedo
«Cuando nos enfrentamos a la normativa, lo hacemos en realidad al enorme proceso de hominización que ha dado como resultado estas normas y no otras»
La pensadora subraya que asumir esta disciplina implica recorrer un mapa inmenso, diverso y contradictorio. Requiere conocer a Hegel y a Derrida, a Wittgenstein y a Arendt, a los empiristas y a los idealistas, a los positivistas y a los existencialistas. «La filosofía es un discurso vastísimo, extenso, diferente, disforme —recuerda— y por eso demanda tiempo, dedicación y una disposición a habitar el desorden antes de comprenderlo».
La filosofía y sus competidores
En su tarea de otorgar sentido al mundo, la filosofía compite con otros dos grandes poderes explicativos: la religión y la ciencia. Las grandes religiones constituyen su «competidor número uno». Son capaces de ofrecer una explicación más antigua y segura: el mundo tiene un sentido porque una voluntad extrahumana lo ha querido así. La ley proviene de Dios; la identidad individual está inscrita en una historia sagrada. La ciencia, por su parte, ofrece certezas de otro tipo. Funciona con un método afinado que no se equivoca en su terreno: observa, mide, cuenta. «Si digo que aquí hay seis carbonos, es que hay seis», ejemplifica Valcárcel. Pero la ciencia no explica el sentido del mundo, solo su funcionamiento. Entre ambos territorios —la fe y el dato— la filosofía se mantiene a la intemperie. No puede competir en seguridad con la religión ni en precisión con la ciencia. Y, sin embargo, conserva una función insustituible: mantener abiertas las preguntas fundamentales, incluso aquellas para las que no hay respuesta. «Es un proceso impredecible, el mundo. El universo se va a quedar igual de quieto si logramos desaparecer. Como decía Nietzsche en el texto Sobre verdad y mentira en un sentido no moral el universo no nos va a echar de menos; para añadir a continuación que el asombro surge porque, como dejó escrito Pascal, «puede que no seamos más que una caña, pero una caña que piensa. Puede que el mundo te pueda caer encima y aplastarte, pero tú siempre serás superior a aquello que se te cayó encima y te aplastó». Además, en el siglo XX surgieron otros saberes que parecen competir con ella: la psicología y la sociología, las llamadas por Hannah Arendt «ciencias develadoras». Parecen más pegadas al suelo, más útiles para explicar lo que hay dentro del individuo o alrededor de él. Pero su alcance es limitado. «La filosofía —como dijo Hegel— es el propio tiempo cuando el pensamiento lo capta», dice y lo completa con un pensamiento de Kierkegaard: La filosofía te permite ver la cara y la espalda de las ideas que tomas por mundo.
La trampa del relativismo cultural
Amelia Valcárcel defiende que el relativismo cultural no es más que una manera de épater le bourgeois, de escandalizar. «Es la idea más tonta a la que la filosofía haya tenido que enfrentarse. Los que defienden que todas las maneras de interpretar el mundo valen lo mismo. Pues no. ¿O es que a usted le parece que vale lo mismo el movimiento de dedos de un chamán que un médico para quitarle el dolor de oídos?» La pensadora deja claro que el camino del conocimiento ha sido duro, pero ha demostrado su solvencia y subraya que lo mismo ocurre con la filosofía: «Las opiniones sirven para llevar a cabo una especie de confrontación sin interés, pero cuando nos va la vida en ello no podemos hacer diálogos de bar». En este punto, recuerda el mandato de ser únicos impuesto con la llegada de este nuevo siglo XXI. «Es un mandato muy pesado, —afirma Valcárcel— que ha provocado un yoísmo cansado, una inflación del yo que busca desesperadamente un lugar en el mundo». Critica la originalidad como un falso imperativo porque «las cosas verdaderamente importantes, las que cambian la historia, las que dejan huella, suelen aparecer como efecto lateral de trabajos más profundos, no como resultado de una búsqueda narcisista». A colación trae la escena de La vida de Brian en la que una multitud le pide que les permita seguirle. «No, no hagáis eso; todos vosotros sois individuos». Entonces, toda la masa repite 'Somos individuos, somos individuos'. Excepto uno, que dice 'I'm not' (Yo, no). Ése lo es». Para la escritora, el lenguaje nos hace constantes bromas sobre lo que podemos ser y pensar. «El lenguaje es la mediación absoluta y lo que llamamos conocimiento es siempre un tipo de lenguaje, con lo que está, él mismo, algo más allá del mundo de lo pensable. Por eso, la mayor parte de las cosas que conocemos como relativismo no son más que retórica», revela.
«La libertad recién adquirida es frágil y hay mujeres dispuestas a dársela generosísimamente al primero que la pide sin querer darse cuenta de las implicaciones. Hay gente que ante el delirio trans te dice: ‘¿Qué más te da? Pues claro que me da. Que ganen competiciones y se carguen el deporte femenino, me da, que pretendan usar en su favor las escasísimas notas de paridad para revertir una situación de injusticia cuando ya parten con todo a su favor de manera inmemorial, pues me da, sí, claro que me da»
Amelia Valcárcel, autora de Ética para un mundo global, considera que cuando nos enfrentamos a la normativa debemos saber que lo hacemos en realidad al enorme proceso de hominización que ha dado como resultado estas normas y no otras. «Te enfrentas, por lo tanto, a una montaña igualmente grande de verdades construidas como de mentiras, que tienes que desmontar con paciencia infinita». Amelia Valcárcel rechaza la moda de tratar a las personas como «atractivos turísticos». «No tenemos el derecho a tomarnos el mundo en broma. Lo que ocurre es que invocamos a menudo la idea de tolerancia para aquello para lo que la tolerancia no sirve. Hay cosas que no pueden ser toleradas». Pone como ejemplo el vestido, que forma parte del proceso de humanización. «El pudor, verá usted, es lo que explica nuestra manera de interactuar con los demás, es lo que nos dice quién o quién no puede invadir nuestro espacio. Pero, de repente llega el primer tonto y dice que puede jugar con fuego. Oiga, no. Es que hemos pasado de llevar a la hoguera a personas que discutían si la transubstanciación era real a ignorar la razón de por qué somos como somos», defiende. Regresa en este punto a la crítica de la singularidad y, sobre todo, el intento de singularizar el pensamiento. «Eso no está en manos de casi nadie. Hegel decía que quienes habían cambiado el modo de ver el mundo eran Sócrates, Jesucristo y pocos más. Todos los demás, simplemente, pasaban por allí», resume para advertir sobre los peligros que surgen por doquier: «Hemos inventado la mejor forma política para vivir en común: la democracia, pero no es aceptada universalmente ni conocemos de manera suficiente lo que da de sí. Pese a eso, tenemos que sostenernos sobre lo que hay; yo soy optimista porque creo que esto va bastante bien con la mala pinta que traía. Hay nostálgicos que quieren volver al pasado y otros que quieren correr sin meta". Y es que, en su opinión, ninguna sociedad puede volver atrás. Lo que sí puede —y eso es lo peligroso— es destruir parte del futuro. Frente a esta tensión entre nostalgia reaccionaria e hipertrofia individualista, Valcárcel propone dos virtudes imprescindibles: creatividad y prudencia. «El mundo que pisamos es frágil y no está consolidado», asegura.

Amelia Valcárcel y Bernaldo de Quirós
"Soy optimista porque creo que esto va bastante bien con la mala pinta que traía. Hay nostálgicos que quieren volver al pasado y otros que quieren correr sin meta». Y es que, en su opinión, ninguna sociedad puede volver atrás. Lo que sí puede —y eso es lo peligroso— es destruir parte del futuro. Frente a esta tensión entre nostalgia reaccionaria e hipertrofia individualista, Valcárcel propone dos virtudes imprescindibles: creatividad y prudencia. «El mundo que pisamos es frágil y no está consolidado»
Entre todos los desafíos contemporáneos, Valcárcel identifica uno superior: el feminismo. No se trata de una tendencia política ni de una reivindicación puntual. Es, afirma, «el desafío antropológico más fuerte que un grupo humano puede afrontar». ¿Por qué? Porque introduce una variable que el programa milenario de la humanidad jamás contempló: la igualdad entre hombres y mujeres. «La idea de que valgan lo mismo y sirvan para lo mismo no estaba prevista en la estructura social tradicional», señala. «Era un punto ciego de la organización humana». Además, la pensadora defiende que el varón corriente «es mucho más feminista de lo que calcula». La entrada masiva de mujeres en la educación media en los años setenta volvió irreversible el cambio. A partir de ese momento, la sociedad entera tuvo que reconocer algo que ya no podía negar: que el mundo pasado, con su cimiento en la subordinación femenina, había dejado de ser verosímil. La pensadora subraya que el feminismo moderno fue crucial en la construcción del orden legal contemporáneo y detalla cómo la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, impulsada por la feminista Eleanor Roosevelt, se apoya en la idea de que el sexo no puede ser motivo de discriminación. «El feminismo, en otras palabras, modificó los marcos jurídicos y éticos sobre los que se asienta el mundo democrático. Pero toda transformación profunda genera tensiones y resistencias». Valcárcel identifica entre ellas el enfado viril y alerta de que hay una generación de hombres que asimila muy mal la individualidad de las mujeres, su derecho a decir «no», su capacidad de no considerarlas especiales. «Esto deriva en posturas políticas vengativas. El cambio ha sido civilizatorio, por lo que irá planteando desafíos de manera constante», avisa. Ninguno de los valores de la democracia viene de serie. La escritora hace hincapié en el hecho cierto de que hay civilizaciones enteras que no admiten esto mismo y cuya actitud, caso del Islam, es el de castigar lo que no son capaces de entender. «Occidente vive una paradoja curiosa. Esta semana, una profesora de la Autónoma de Madrid me envío dos pintadas, una al lado de la otra. En la primera decía «Muerte a Occidente» y en la segunda, «Muerte al Patriarcado». Pues mire, como se muera Occidente no sé cómo rayos va a hacerlo el Patriarcado», ironiza. Para Amelia Valcárcel somos el tipo civilizatorio que ha permitido el debate. «Esta ideología es como el catecismo. Dará memes: civilización heteropatrialcalracistacolonialista. Sí, encontrará ejemplos concretos de hombres blancos, racistas y colonialistas, pero yo le puedo mostrar ejemplos también concretos de todo lo contrario, porque Occidente es la civilización que ha permitido el debate. Los demás, de momento, no». Apunta la simpleza de pretender igualarla con la falta de reflexión inmemorial. «Confunden ética con estética. A mí no me importa que se pongan de moda los tejidos nepalíes, aunque, ojo, puede que te acusen de apropiación cultural. Pero lo que no permito es la defensa de una ética que obliga a las mujeres menstruantes a permanecer aisladas en una cabaña a 20 grados bajo cero. Es que son impuras, afirman, y te conminan a debatirlo, como si fuera asimilable a sufragar compresas higiénicas. No, no. No podemos». Alerta además de que la globalización despierta pasiones encontradas porque transforma identidades, economías, relaciones sociales. «Y obliga a la humanidad a reconocerse frágil, a saber que seguimos siendo una caña que piensa, como dijo Pascal, vulnerable ante las fuerzas que nosotros mismos desatamos».
Las leyes trans
La pensadora advierte que cabe imaginar una sociedad tecnológicamente avanzada, pero moralmente terrible y pone el acento en la lógica del deseo que la ideología trans ha puesto en marcha. «El feminismo de los años setenta era una teoría del poder que establecía quién lo tenía, cómo se manifiesta y comporta, cómo se reproduce y a quién excluye. Sin embargo, la deriva queer —advierte— quiere convertirlo en una teoría del deseo —qué me apetece— cuántas modalidades de deseo existen, donde lo fundamental es el sentimiento personal, lo que yo me sienta —con gran parecido con el horóscopo, y en el que el análisis del poder desaparece». Valcárcel avisa de que cuando una idea se torsiona como una espiral y se vuelve sobre sí misma, eso es clave para saber que está muy cerca del ridículo. «Los chicos que dicen que son más chicas que las chicas porque las chicas solo han tenido que nacer y ellos se lo están currando, es buen ejemplo de perversión de una idea; tal dislate exige tolerancia y hay que decir no. No, tú no eres una mujer; puede que seas un ser original y posiblemente te alejas del estereotipo masculino, pero no por alejarte de uno, te acercas al otro. Eres lo que se entiende como una persona de tu siglo, que no está sujeta a la brida terrible de los mandatos estereotipados». Sostiene que las mujeres llevan todo el siglo XX tratando de escapar de la estereotipia y rechaza que ahora lleguen los hombres de nuevo a decirles lo que son. «La ideología queer solo se entiende como una voluntad patente de dejar que se perpetre el ataque terrible a la marcha que algunos pueden encontrar demasiado segura hacia el hecho de que el sexo deje de ser una categoría funcionalmente poderosa», dice y se pregunta la razón por la cual esta doctrina deje el análisis del poder fuera de la ecuación. «De repente, el feminismo, que siempre ha sido una teoría del poder se convierte en una teoría del deseo y eso que se reclaman de Foucault, que se supone es el filósofo que pensó el poder». Explica que todo el análisis desaparece y lo que importa es solipsista, «yo me siento». «¿Y qué importa eso? Si las afganas se sintieran todas varones asunto concluido. Evidentemente los talibanes no están en tal lógica. Bueno, pues nosotras tampoco estamos por la labor y no por eso somos talibanas. Verá, nuestra capacidad de tragar mentiras está muy limitada por los siglos previos de reflexión y ha costado muchísimo salvarla en guerras y conflictos». Amelia Valcárcel se refiere a la fragilidad de la libertad recién adquirida y sostiene que las mujeres pueden actuar como «mendigos generosos», entregando su libertad sin comprender lo que costó conseguirla. Esto se observa cuando ciertos grupos utilizan las escasas herramientas de paridad para fines ajenos a la justicia. «Ni siquiera tienen la perfecta posesión de su libertad y están dispuestas a dársela generosísimamente al primero que la pida sin querer darse cuenta de las implicaciones. Hay gente que ante el delirio trans te pregunta que qué más te da. Me da, nos da. Que ganen competiciones y se carguen el deporte femenino, me da, que pretendan usar en su favor las escasísimas notas de paridad para revertir una situación de injusticia cuando ya parten con todo a su favor de manera inmemorial, pues me da, sí, claro que me da». Defiende que la sofistería no es fácil de detectar. «Nunca se te pone delante y te dice: Mira te voy a contar dos o tres mentiras buenísimas. No, no es así como se hace. Sin embargo, hay chicas jóvenes a las que van a castrar para además colocarles un pene disfuncional, que no tendrán un orgasmo en su vida. ¿Qué médicos hacen eso? ¿Por qué renuncian a su juramento hipocrático?» La escritora subraya que la filosofía no predice, pero sí ordena. «Permite ver, en medio del caos, qué ideas ayudan a comprender el tiempo, qué principios actúan como hilos conductores, qué valores sostienen el edificio civilizatorio», afirma y apunta al hecho de que la historia enseña que lo que acaba consolidándose no es lo peor, sino lo mejor que estaba al lado, lo que ofrecía más libertad, más dignidad, más razón. «El feminismo, la ciencia, la democracia liberal, los derechos humanos y la filosofía siguen siendo los mejores instrumentos que ha producido Occidente para pensar y mejorar el mundo. Nada garantiza su permanencia. Todo está en disputa, pero, si algo ha demostrado la historia es que «podemos discutirlo todo» y que esa capacidad de discusión —tan frágil, tan ardua— es lo que nos permite seguir siendo humanos».