«Hay que perdonar lo imperdonable»
Luis Rojas Marcos | Tiene 60 años pero nadie lo diría. Se fue a Nueva York cuando apenas había cumplido los 24 en busca, sin saberlo, de una paz interior que no sentía. Ahora va y viene y disfruta del país donde nació y del que le acogió cuando
A Los turistas hispanos, los guías que les llevan a hacer un recorrido por la ciudad de Nueva York, al pasar junto al psiquiátrico de la isla de Roosevelt suelen decirles que el jefe de los locos es un español. Muchísimos neoyorquinos conocen a Luis Rojas Marcos, el psiquiatra sevillano que defiende y protege a los locos para que la sociedad no los margine más de lo que ellos mismos se marginan. A sus 60 años es un hombre increíblemente joven por dentro y por fuera. Acaba de estar en Madrid y Barcelona para presentar su último libro, Nuestra incierta vida normal , que habla de algunos inseparables compañeros del hombre contemporáneo: la inseguridad, la incertidumbre y la vulnerabilidad. Rojas Marcos es tan normal como la incierta vida que nos ha tocado vivir, y a medida que uno habla con él y escucha como el genio de la psiquiatría recita sus debilidades con absoluta sinceridad, esta sensación se acrecienta. «Me faltan las neuronas de la fantasía», afirma. -¿Qué es hoy en día una vida normal? -Una vida llena de diversidad, de vitalidad, de retos, de prisas, de presiones, pero también de muchas opciones y de muchas alternativas. -Con la vida que llevamos, la gran mayoría de la gente está desquiciada, estresada o histérica. ¿Podemos concluir que lo normal es estar como un cencerro? -Lo normal es estar estresado, pero el estrés hasta cierto punto es positivo; el resultado es el mismo que cuando hacemos el amor, nos estimula las hormonas y nos mantiene en forma; en cuanto a lo de estar como un cencerro no me parece nada mal, mientras que uno sepa que lo está. La neurosis ya es general Hablar con Rojas Marcos obliga a hablar de Nueva York, que es la ciudad de su madurez humana y profesional. -Hablemos de Nueva York, su patria adoptiva. ¿Están más neuróticos los neoyorquinos que los europeos, o la neurosis es global como la aldea? -La neurosis es global como la aldea, y cada vez se parecen más las neurosis. En España se nota una gran calidad de vida, la gente es entusiasta, es curiosa, pero también hay una cierta crispación; allí sucede algo parecido, quizás la diferencia está en que Estados Unidos es un pueblo más joven, con menos historia y por tanto padece una neurosis más ingenua. -En Nueva York, al pasar por el psiquiátrico de la isla de Roosevelt, algún guía suele comentar a los turistas que el jefe de los locos es un español. ¿Le parece despectivo, o usted pasa de todo? -No me lo parece porque para mí la palabra loco no es despectiva; para mí la palabra loco significa localizar, apartar y quizá implica un poco el sufrimiento que tienen los enfermos mentales, porque la sociedad los margina. Pero no me importa que me llamen el jefe de los locos; es lo que fui. -En la actualidad, ¿sólo se dedica a la docencia y a escribir, o hace algo de psiquiatría clínica? -Veo enfermos en alguna consulta pero no sigo el tratamiento, hago labor académica y de investigación y participo en la gestión hospitalaria . Y escribo, me gusta escribir, sobre todo en castellano porque me une a mi país de nacimiento. -¿Escribe siempre ensayos o también ficción? -Siempre escribo sobre cuestiones relacionadas con mi trabajo, con la sociología o con la sanidad pública, nada más; el mundo de la ficción me resulta muy ajeno, hasta me cuesta poner un ejemplo sobre las teorías que explico. Carezco de creatividad; tengo unas neuronas que me faltan, que son las de la fantasía. -Creo que el 11-S fue salvado por un ángel de morir encerrado en una de las torres. ¿Se considera un hombre con estrella, o cree que la fortuna también está en manos del azar? -Yo me considero un hombre corriente y tengo ángeles como los tienes tú o cualquier otra persona. Llegué a Estados Unidos con 24 años, un inglés de andar por casa y unos conocimientos de Medicina muy básicos y teóricos. Desde el primer momento encontré alguien dispuesto a ayudar, un mentor, un padrino... De niño me pasaba lo mismo. Yo tenía un problema, un déficit de atención, era lo que hoy se define como un niño hiperactivo. Pero antes eso no existía, antes éramos traviesos o malos. Mi fortuna fue tener una madre a la que le hacía gracia y me sacaba de un montón de líos. -Aparte de las seis horas de avión, ¿qué separa a América de Europa? -La ingenuidad y la frescura. Allí sólo se acepta la mentira cuando se descubre. En España un político nos dice que «sí» y nosotros pensamos que «no», o que «tal vez». Todo se cuestiona. En Estados Unidos, y concretamente en Nueva York, donde llevo 36 años viviendo, las personas en general son más ingenuas y por eso a veces ocurren las cosas que ocurren. Hay muy poca desconfianza. La compasión como antídoto Casi todos los psiquiatras creen haber dado con un antídoto contra la violencia. 1397058884 «El antídoto natural para combatir la violencia es la compasión». Usted, que es un hombre sensato, es el autor de esa frase. ¿Pueden los familiares de las víctimas del 11-S y del 11-M sentir compasión o perdonar a los verdugos de sus seres queridos? -En un principio, no; pero después no sólo pueden sino que lo necesitan, necesitan liberarse del odio enquistado y de la identidad de víctima para comenzar a ver el futuro con esperanza. Yo eso lo viví con gente del trabajo y de la universidad que habían perdido a alguien en el atentado del 11-S y que comenzaban a sentir la necesidad de perdonar. -O sea, es un proceso que va de la cabeza al corazón. -Va de la cabeza al corazón, pero el corazón tiene que estar abierto a esa posibilidad. Todos o casi todos tenemos una lista de imperdonables, pero llega un momento en el que la gente empieza a pensar que hay que perdonar lo imperdonable. No puedes aparcarte indefinidamente en la identidad de víctima porque eso lleva implícito cierta pasividad y cierta impotencia. Y hay que seguir viviendo. -¿Los hombres que ejercen la violencia hasta extremos tan inaceptables son enfermos mentales? -Eso es lo que se cree la gente, pero no es así. Al loco ya se le han cargado suficientes sambenitos como para que encima le carguen el de ser malo y violento. Cierto que hay enfermos mentales con predisposición a la agresividad, pero hay que separar estos dos conceptos: una cosa es ser malo y otra estar loco. -Yo creía que todos éramos malos y buenos a la vez. -Sí, pero hay categorías; hay malos sin solución, que constituyen una minoría, afortunadamente; hay delincuentes recalcitrantes que no han desarrollado lo que se conoce como empatía, que es la capacidad de ponerte en el lugar de los demás. Estás personas matan y no sienten remordimiento alguno. -Y entonces, ¿cómo cura la sociedad de esa gente? -Metiéndolos en la cárcel, separándolos del resto de la humanidad para que no vuelvan a hacerlo, porque lo único que impide que estas personas vuelvan a agredir es el miedo. El sexo sólo es un factor más En un instituto, uno o varios jóvenes pintaron en la pared: «Doña Isabel no folla de noche y por eso viene a joder aquí durante el día». -Una frase machista, ¿no? -Figuradamente, esa frase es una traducción sencilla de la idea de Sigmund Freud sobre la represión sexual. Pero yo no creo que la falta de sexo nos lleve a hacer la vida imposible a los demás, pero si uno se siente insatisfecho, frustrado, inadecuado e inútil tiene más probabilidades de ser insoportable. -Una pregunta personal: ¿Qué se le ha perdido a un hombre del sur como usted en la Gran Manzana, aparte de los locos? -Tendría que contarle porque abandoné España. Yo me marché con 24 años sin saber dónde iba. Oficialmente, me marché para estudiar Medicina y Psiquiatría, pero en realidad me di cuenta de que lo que buscaba era la paz interior que no sentía. Me iba porque no podía soportar las presiones. Pero de esto me di cuenta después de varios años. Y una vez que fui consciente de ello, no me atrevía a decirlo. Ahora, con 60 años, ya me atrevo. -O sea, que usted se emancipó en Nueva York... -Sí, aunque había tenido antes algunos conatos de emancipación. Estuve un verano en Inglaterra, otro en Alemania con una beca Goethe para aprender alemán, lengua que no aprendí, pero aprendí italiano gracias a una novia estupenda, Sara, «pelirrogi, ogi verdi, maravigliosa». Esas salidas eran estupendas. Yo padecía del estómago, todo me sentaba mal, y sin embargo recuerdo estar en Francia en casa de una señora que me daba una tortilla de siete huevos y pimientos que me sentaba estupendamente. Llegaba a casa, mi madre me hacía una sopitas y me ponía malo. En el ambiente en el que yo crecí, a pesar de que mis padres fueron muy buenos padres, había mucha tensión y opresión, mi hermano estaba en la cárcel por haber dicho cuatro cosas y, al final era el cuerpo el que protestaba y decía que algo no iba bien. -Todo el mundo afirma que Nueva York es una ciudad llena de atractivos, pero añaden que es sucia y huele mal. ¿No añora usted los olores y los colores de su tierra? -Sí, huele mal, sobre todo en verano. Pero en los últimos quince años, al escribir y al tener una posición un poco más holgada, me invitan, escribo, vengo... Y esto del ir y venir, que cada día lo podemos hacer más, está muy bien, pues nos ayuda a disfrutar del país donde nacimos y del país que nos acogió cuando estábamos perdidos. No fumar y hacer ejercicio Rojas Marcos luce sesenta años bien llevados. Su aspecto es el de un hombre maduro, pero para nada viejo y carente de gestos propios de los sesentones. -¿Cómo se conserva tan bien? -Me figuro que habrá algo genético, pero yo diría que el estar ocupado ayuda mucho. Yo no fumo, eso también ayuda porque el tabaco envejece. Y hago ejercicio durante el año. Ahora por ejemplo, dos días a la semana corro un poco por la playa de Nueva York, en la que no hay nadie y está muy bien. -Termino ya. ¿Un curador de almas está vacunado contra los males de la suya? -No, los curadores de almas, aunque es una expresión demasiado noble, intentamos curar el sufrimiento moral, pero a menudo en casa del herrero, cuchillo de palo, eso lo he vivido yo de cerca. En el 11S pasé por momentos muy difíciles y al principio no me daba cuenta de que yo estaba también dentro del trauma emocional, o sea que no nos inmuniza. -Por cierto, ¿usted también va al psiquiatra? -Si, como parte de mi entrenamiento, pero también recuerdo que cuando murió mi padre tuve una mala época, me sentí muy deprimido y empecé a beber más de la cuenta. Fui al psiquiatra y me vino muy bien. Me costó superar aquello. Yo estaba en Estados Unidos EUU y tenía 45 años y bastantes cosas sin resolver. Cuando se muere un padre o una madre con los que no hemos resuelto todo, es más difícil de superar la pérdida que cuando se van tras haber atado bien todos los cabos.