Diario de León
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León

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La de la foto no es Tizona. Tizona era una vaca del siglo pasado que en cierta ocasión hizo las delicias de un maestro empeñado en ensalzar ante sus pupilos -en medio de una bucólica excursión campestre- la cultura del humilde lugareño que arreaba el ganado. Incluso es posible que, no sin cierta malicia, escogiera al más indolente de aquellos para preguntarle acerca del vocablo, pillarle en un renuncio y reforzar así su discurso con una odiosa comparación y una aún más odiosa colleja. Bien es cierto que de aquella es más que probable que casi todos los alumnos dieran razón tanto de la Tizona y la Colada como de Babieca. Quizás hoy el maestro habría de conformarse con preguntarles por el color del caballo blanco de Santiago, a riesgo de ver caer la noche intentando contextualizar su discurso -lo negativo de ensalzar las armas en la sociedad- en la inmensidad de la noche de los tiempos. Tampoco es, aunque podría serlo, una residente de alguna zona semidesértica de África, quien sabe si muerta por los efectos de la sequía o víctima de una bala en cualquiera de esos desdichados países consumidos por el hambre y la guerra. De la India no debe ser, porque ya se sabe que en esas tierras la vaca es animal sagrado y es de suponer que, a su fallecimiento, la habrían cubierto con algún paño para que no apareciera de esta guisa ante los viandantes. La de lo foto es una vaca de carne, de las de chapa -de un tiempo a esta parte las vacas tienen crotal numerado en vez de nombre-, de esas que colonizan los puertos babianos ahora que las ovejas merinas no trashuman y encima van siendo ninguneadas por las assaf israelíes. El animal tuvo, eso sí, un final ciertamente noble, de digno aporte de origen antrópico a la cadena trófica, aunque vayan ustedes a contárselo a la pobre vaca. Lo que pasa es que la liposucción -gratis total- que le han aplicado los carroñeros le da a la vaca un cierto aire de país en vías de desarrollo. Resumiendo, que se la han comido los buitres. Los buitres tiene una virtud: la de mostrarse sin recato al gran público allá donde alguna res -que encima son poco escogidos, que lo mismo les da vaca que yegua, oveja que cabra- halla pasado a mejor vida. No ocurre lo mismo con osos, lobos o urogallos, especies huidizas, antisociales, que tienen la mala costumbre de no mostrarse al sufrido turista rural que ha pagado una pasta por una habitación que para más señas no tienen televisión. Ahora bien, incluso para ver a un buitre de merienda hay que tener, o bien mucha suerte o bien muchas horas de trajín por estos mal llamados puertos pirenaicos. -No es raro ver al oso por estos parajes desperezarse después de su letargo invernal- Sin comentarios. Con estas y otras mentiras consiguen las guías de turismo rural que el visitante piense que se va de fin de semana a una especie de zoológico de avistamientos garantizados.

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