Adiós a los «hijos del pecado»
No hace mucho, los bebés nacidos fuera del matrimonio sufrían gran rechazo social. Hoy, ese concepto ha cambiado y la aceptación de las madres solteras depende más del poder adquisitivo de la mujer que del hecho familiar de concebir un hijo en
No hace mucho, la ley clasificaba a los niños según el estado civil de los padres. Los hijos de soltera sufrían rechazo social y disponían de menos derechos que los concebidos en el entorno tradicional. Hoy, el concepto de madre soltera ha cambiado. Su aceptación social es clasista y depende más del poder adquisitivo de la madre que del hecho de formar una familia en solitario. También la situación ha cambiado ante los embarazos no deseados. Antes, las familias intentaban que las «malas» hijas que se quedaban embarazadas se casaran a toda costa con el autor de la faena. Ahora, se dan incluso situaciones en las que las propias mujeres y su entorno ocultan al padre natural la existencia del pequeño para evitar que éste pueda tener derechos futuros sobre el niño. También la ciencia permite que cada vez sean más las mujeres que se animan a ser madres independientes gracias a los métodos artificiales. Pero en esta moderna pero compleja sociedad sigue habiendo un colectivo de mujeres a las que ya no se las tacha de «pecadoras», pero que aún sienten cierto rechazo a su alrededor. Así lo perciben desde la asociación Isadora Duncan. Con sede en León, esta activa agrupación tiene claro que la exclusión social sigue a la orden del día. «Los políticos siguen ignorando a las madres solteras, y muchas de estas chicas no tienen los mismos derechos y las mismas obligaciones que otro tipo de familia», expresa María García, presidenta de la asociación. Las nuevas leyes abogan por la igualdad, apoyan al acceso de la mujer a puestos directivos, promueven su capacidad emprendedora, pero, opinan fuentes consultadas, aún son muchas las mujeres sin derechos. Como ejemplo, desde Isadora Duncan alarman de los serios problemas a los que se enfrentan las madres solteras emigrantes, entre otras. El sobrino del cura La madre soltera no es un fenómeno nuevo. Tradicionalmente, la sociedad ha tendido a ocultar aquellos niños que, en muchos casos, crecían creyéndose hijos de sus abuelos y hermanos de sus madres... o lo que era muy típico en el entorno rural, el «sobrino del cura». No hay que escarbar mucho para encontrar casos concretos. Es el Norte habitual encontrar mujeres solteras de edad avanzada con duras historias a sus espaldas que han marcado su vida. Lo difícil es lograr que esas madres den la cara. Tal es el caso de Ana. Su nombre es ficticio, como el de otras de las mujeres que participan en este reportaje quienes me cuentan su historia a cambio de que respete su intimidad. Ana tiene 81 años. Fue madre soltera con 20 recién cumplidos y siempre estuvo enamorada de aquel hombre que la dejó embarazada pero que nunca quiso casarse con ella. «Ya tenía otra mujer», recuerda. Su vida y la de su hija, Antonia, fueron duras. Para hacer frente a esa situación a Ana no le quedó más remedio que dejar su aldea e instalarse con su pequeña en La Coruña. En una gran ciudad era más fácil pasar desapercibida y era más creíble la socorrida historia del fallecimiento de su marido. Ya instalada en la urbe, Ana aceptó infinitos trabajos para sacar adelante a su pequeña familia. Nunca ocultó a la niña quién era su padre, ni le habló mal de él, ya sacaría ella sus propias conclusiones cuando tuviese capacidad para entender ciertas cosas. Al contrario que otras mujeres de su época, Ana no se lanzó a la búsqueda de un marido para normalizar su situación y proporcionarle a su hija una figura paterna. «Antes, las familias de madres solteras centraban su empeño en encontrar pareja para su humillada hija, como única solución a sus problemas», explica María García y matiza que en ciertos sectores de la sociedad, la solución del matrimonio sigue vigente como única vía de escape. María García también es madre soltera. Se quedó embarazada con 16. Su hijo, Tomás, ahora tiene 32. María recuerda su experiencia, clave a la hora de fundar esta asociación allá por 1984. «Ser mujer y tener cargas familiares dificulta mucho la búsqueda de empleo. Las madres solteras tienen que trabajar duro para poder subsistir, son la única fuente de ingresos de su familia y tienen más problemas para conciliar la vida familiar y laboral por asumir solas la crianza de los hijos», señala. Insiste en la necesidad de que se adopten medidas políticas concretas destinadas a facilitar la integración de las madres solteras y de las familias monoparentales en general. «Hacen falta viviendas sociales de alquiler, guarderías públicas que den facilidades a este tipo de familias...», sentencia. Madres conscientes Las madres solteras no sólo protagonizan embarazos no deseados. Aún son pocas las que se atreven a afrontar la maternidad consciente en solitario, pero la ciencia y las mejoras sociales han facilitado que cada vez más mujeres se animen a ser madres sin recurrir a una pareja. Suelen rondar los 38 años, tienen recursos económicos y una estabilidad laboral adecuada para criar un hijo, según datos aportados por algunos centros privados de reproducción artificial. Son mujeres que no quieren renunciar a ser madres ni quieren que su reloj biológico se apague mientras esperan a su media naranja. Además, la ley en materia de fecundación las ampara. No se exige que una mujer tenga pareja estable para recurrir a la reproducción asistida y las demandas de las mujeres solas «deben ser atendidas, sin discriminación en centros sanitarios públicos y privados» informan fuentes legales. En la práctica, estas madres independientes suelen recurrir a la sanidad privada ya que en la pública sólo se tratan problemas de infertilidad y las solteras no tienen porqué tener impedimentos médicos, explican fuentes del hospital Teresa Herrera de La Coruña con respecto a los pocos casos de madres solteras contabilizados en la sanidad pública. Ante este nuevo tipo de maternidad no hay secretismos. Ni rige el oscuro tópico de la madre soltera de antaño. Son hijos deseados, que nacen por elección, por amor y fruto de una paternidad ausente. ¿Cuantas mujeres no habrían recurrido a este método si hubiese existido hace cuarenta años? El embarazo: único fin Una vez afrontada la decisión, hay tres opciones. Entablar una relación sexual con el único fin de quedarse embarazada, la adopción o las técnicas artificiales. La primera no suele ser la preferida. «Es cuestión de respeto. Acostarme con un hombre con el único fin de quedarme embarazada sería un abuso. ¿Cómo podría educar a mi hijo con ese secreto?», relata Gema. «También está la adopción. Hay países que permiten adoptar a familias monoparentales pero yo quería que el hijo tuviera algo mío», añade esta mujer cuya hija Sara tiene ya un año. Luisa comparte experiencia. Está embarazada de ocho meses. «Mi historia puede ser la de muchas mujeres sin pareja estable. El tiempo pasa y tu reloj biológico te dice que no queda demasiado. Yo elegí la inseminación artificial. Al principio me sonaba a ciencia ficción, pero a través de Internet conocí a otras mujeres en proceso de tratamiento. Después de muchos miedos y dudas mi deseo de ser madre pudo más acudí a una clínica privada de Vigo», añade Luisa. El proceso, explica, es sencillo: «Primero te someten a unos análisis hormonales y comprueban la permeabilidad de tus trompas. Luego se induce la ovulación. Los primeros quince días del ciclo te controlan para ver el momento exacto de la inseminación, una inyección de semen en el útero que no duele, y luego, la espera...». Los donantes son anónimos, y previamente sometidos a exhaustivos controles médicos. Normalmente, se elige el semen de una persona con unas características físicas parecidas a la madre. Suelen hacerse hasta seis intentos y si el método no resulta se recurre a la fecundación in vitro. El precio de cada inseminación ronda los 500 euros, cantidad que varía según la clínica. La identidad del padre Conscientes o no, las madres solteras tienen un denominador común. Ana García, psicóloga, explica como, tarde o temprano, todas se enfrentan a las preguntas del niño sobre su padre. «Hay que proporcionarle la información que necesite en cada momento y transmitirle seguridad», explica. «Es entre los cinco y ocho años cuando quieren saber dónde está su padre y cómo es. Entre nueve y doce, hay que explicarles que no hay nada de malo en una familia como la suya, que es una opción más. Además, es aconsejable responder a las preguntas sobre su padre de manera positiva», añade. Las madres solteras también deben asumir en solitario las funciones familiares, tareas domésticas, la educación y el peso de ser la única fuente de ingresos de la familia. Generalmente esta sobrecarga de tareas las condena a la ausencia de vida personal que se lleva mejor cuanto más madura es la protagonista de la historia. Cuanto más jóvenes son las madres, peor. Y la situación casi se vuelve traumática en el caso de madres adolescentes inmaduras que de pronto se ven obligadas a asumir responsabilidades enormes. «Influyen muchos factores. Los cambios físicos derivados del embarazo, el aislamiento, dejar de estudiar para cuidar al bebé, la dura búsqueda de empleo sin preparación ni experiencia, la sensación de culpabilidad por haberse quedado embarazadas, la pérdida de las actividades gratificantes y la preponderancia de las actividades obligatorias...», son algunas de los problemas a los que se enfrentan las madres solteras. Marta, otra madre soltera, asiente. Se quedó embarazada con 19 años pero no se casó con su pareja pues este estaba separado y ya tenía un hijo de unas relación anterior. «Para mis padres fue un trauma. Mi embarazo fue una pesadilla que se hizo realidad. Y lo peor es que el padre de Juana, además, no cumplía en absoluto los cánones de la pareja perfecta» recuerda Marta. «Pasé por distintos trabajos, tengo que reconocer que nunca me sentí rechazada por ser madre soltera. Incluso creo que educar a una hija sola, sin tener que enfrentarse a opiniones contrarias polémicas tiene hasta su parte positiva», matiza. Ahora se ha casado y su nueva pareja no tuvo ningún reparo al reconocer a su hija. Marta admira a las madres solteras conscientes. «¿Te das cuenta de que, si seguimos así, dentro de unos años no necesitaremos a los hombres para tener descendencia?», plantea.