Una heterodoxia que nos afecta
La Pícara Justina | En septiembre de 2005, con motivo del cuarto centenario de la edición príncipe en Medina del Campo de este libro de entrenimiento, se celebró en el Museo de Ferias de la localidad una enjundiosa exposición llamada «El axuar

DL/ARCHIVO
A tal fin se editó un catálogo en el que el gran embelesador Antonio Sánchez del Barrio nos invitó a participar. Y lo hicimos con un texto intitulado La Pícara Justina: libérrima e infame . Lo de libérrima y, por ende, heterodoxa, lo explicitamos a continuación. Lo de infame es una segunda parte en donde se trata de cómo López de Úbeda toma a León y a los leoneses como paradigma de la gente ensoñada en pasados gloriosos que vive en presentes ruinosos. Como eso no es tema de heterodoxia lo emplazamos para la vesión libresca de los Heterodoxos Leoneses . Mantenemos, ateniéndonos a la información que facilita el único texto conocido firmado por Francisco López de Úbeda, que el autor, López de Úbeda o quien quiso ocultarse tras él (desde luego, jamás un fraile dominico) es una persona universitaria, altamente instruida, muy viajada, incómoda en la sociedad casi estamental de la época, de origen o cultura judíos, muy probablemente médico, religiosamente escéptico, políticamente utilitarista y, para mayor abundancia, con el despecho del amor aún sangrante en el momento de la escritura de esta pieza. En resumidas cuentas: un hombre moderno en una España que nunca lo fue (a pesar de iniciarse esta era histórica en fecha tan española como el 1492) y que en su coetaneidad entraba bajo hachones en las negras mazmorras de la ortodoxia. Este «hombre nuevo», inmerso en un imperio que para solventar su inicial decrepitud opta por la asfixia de sus mejores talentos, en tantos terrenos, tiene que rechinar y expresarse a través del único juego en el que están permitidas ciertas licencias: el cinismo y la burla que se puede asociar a lo picaresco. Dice muy bien el profesor Ferreras ( La Pícara Justina. LoboSapiens, 2005) cuando señala que tampoco es la Pícara un libro (nunca novela) que pueda encuadrarse en los cánones de lo pícaro . Claro que no, el autor usa de esa argucia probada y aprobada para largar cuanto quiere liberar de su magín. La pregunta consiguiente es: ¿podría haber expresado lo que deja in puribus en la Pícara , optando por un tono recio, instruido, ensayado o novelado a otras modas imperantes? No, no le hubieran permitido que subvirtiese tantas columnas herrumbrosas a la vez. De hecho, ningún otro escritor lo intentó o no nos consta. Entendemos que el autor es un «hombre nuevo y subversivo» para su coetaneidad en tanto que, burla burlando, deja sus cargas de profundidad allí donde más las sufre. Si nos referimos a la sociedad estratificada, hallamos en el libro dos tendencias contrapuestas: el botafumeiro que dispensa a los aristócratas, por estilo, obediencia debida y tradición; y las «perlas» que suelta en texto en contra del sistema estamental: ¿Qué será que cuesta tanto poco como escribir uno de su linaje lo que soñó? , o diciendo lo que luego (¿o antes?) dijera Sancho: En todo el mundo, no hay sino dos linajes: el uno se llama tener, y el otro no tener . No es que el autor sea un «libertario» o un diogenista (aunque es claro que sabe qué pensó), pero sí puede afirmarse que está imbuido de ideas epicureas y fraternalistas; y, sobre todo, quiere dejar claro cómo funciona la comedia humana. No le gustan los aristócratas y, además, abomina de la plebe. Este posicionamiento le obliga a situarse por descarte en los oficios liberales (¿médico, tal vez?): El ignorante vulgo es de casta de perro de aldea... , o ...que con los discretos hablo bien y con los necios en necio para que me entiendan . La ampulosidad de los apellidos nobles la deja reducida, por el método del esperpento, a una simple denominación, de calidad o defecto, obtenida por algún individuo precedente : ...el zapatero porque tiene calidad Zapata, y el pastelero gordo, Godo¿,(...), quien goza dinero, Guzmán . Aunque se sabe bufón de corte, perfila con nitidez la igualdad de los seres humanos en un pasado utópico y, con frecuencia, antiguotestamentario: Bien haya el tiempo que hacía la torre y el que alcanzó el mundo antes de ser pasado por agua, que en aquellos tiempos todos eran Guzmanes y todos eran villanos . La Iglesia católica es, junto con los argumentos históricos o de sangre, el principal destino de los dardos envenenados que circulan por Justina . Esto tiene mucha guasa si rememoramos el tiempo en que se escribe y publica. Y la guasa tanto estriba en la libertad de hacerlo como en la seguridad que debía acompañar al autor y a su círculo de protectores para impedir que les pusiesen al instante una corbata de soga, como así terminó llevando, andando el tiempo, su poderoso fiador, el ministro Calderón, marqués de Siete Iglesias. Burlas ingeniosas y certeras Es curioso cómo vehiculando a través del cinismo, dando muchas de cal y alguna de arena, cuidándose de no atacar nunca frontalmente al poder más resolutivo de la Iglesia, el autor se las ingenia para burlar a todo el estamento eclesiástico: monjas ( hablando algo gangoso, como monja que canta con antojos ), sacristanes ( acabé con los sacristanes para todos los días de mi vida¿ ), novicios salidos (¿ le volví a mirar con unos ojos que enfrenaran un berraco ¿), predicadores (... si el sermón fuera en la ronda, o entre las cercas, o en la lumbre asando castañas; mas en el púlpito¿ ), teólogos ( sotateólogos¿ talegos¿ ), curas sodomíticos (¿ que un cura, muy aficionado a los frailes de aquella orden¿ ), y hasta canónigos, arcedianos y obispos quedan terrenalizados en su carnaval de la Vigornia. Pero no sólo se burla de los representantes humanos sino que somete a igual rigor la práctica de la oración (¿ llegamos al iter missa est y, entre tanto que duró el oírle, encomendé a Dios a mis padres y abuelos¿ ), la denominación de los santos (¿ como si fueran las obras de S. Buenaventura -buena nos la dé Dios ¿), las fiestas de guardar (¿ según sabía poco de Iglesia, no me acordaba si caía el Jueves Santo en agosto ¿), los ritos ( Acuérdate, Justina, que eres conejo, y en conejo te has de volver¿ ), a las recientes místicas comparándolas con la vida licenciosa de la pícara (¡Qué madre Teresa para escribir sus ocultos éxtasis, raptos y devociones! ), las devociones romeras (¿ yendo y viniendo en romería a Santiago tres veces, en los cuales viajes me hice rico con limosnas ¿) y hasta algún fundamento de la doctrina romana como la virginidad de María (¿los fundadores de cosas grandes preciáronse de venir de dioses y madres vírgines¿ Como si el parir fuera un rebueldo o estornudo¿ ). Si en algún momento se atreve a decirse papisa, cómo no va a intentar un cierto tuteo/choteo -eso sí, con un tacto exquisito- hasta con la propia Inquisición ( ¿pero no los doscientos amapolos que le mandaron asentar los señores inquisidores¿El juez que era cristiano temeroso, respondió -¡A la Inquisición, chitón!¿ Aquí de la Inquisición que murmura de los conventos de Dios ¿). Es cierto que, en los Aprovechamientos y a lo largo del texto, las referencias a algunos santos (pocos, cuatro o cinco) y a Dios son habituales, pero todas poseen dos características: o son muletillas del habla coloquial sin ningún valor denotativo o son espiches de desagravio tan descarados que, por la fuerza del esperpento, caen en mayor burla ( ¿del dinero que había en casa no osamos gastar nada en cosa de la iglesia, como no era muy bien ganado, temimos se nos dijese que hurtábamos el puerco y dábamos los pies por Dios, y por no dar a Dios cosa tan mal ganada y ajena, retuvimos el dinero .). También cuando la Justina hace ostentación de su cristiandad hiperboliza y enfatiza de tal modo que se cae para el lado contrario (¿ Entré baja, encorvadera, maganta y devotica, que parecía ovejita de Dios¿, ¿ siendo yo de la santa Trinidad, pues soy su criatura -¡qué pulla más soberbia!- y profeso su fe y alabo su nombre ¿). Cómo entender esta frase tan suculenta de negación por doble afirmación: Y si alguno pensare que la razón que he dado es cristiana, verdadera, católica, yo la quiero confirmar . El ataque contra la Iglesia católica y contra sus fundamentos es verdaderamente demoledor y creemos que acierta el doctor Ferreras cuando afirma: «No conocemos otra obra de estos años en la que se trate de los temas religiosos con tanta ligereza y desenvoltura, y tampoco la hay en la que abunden con tanta insistencia las moralidades. Cautelas y moralidades están en todos los libros, pero ¿con tanta insistencia como en la Justina ? En cuanto a la desenvoltura, por llamarla así, a la hora de poner en escena a los eclesiásticos, tampoco encontramos otros ejemplos». Todo ello nos lleva a colegir que el autor no sólo no es cristiano sino que aborrece directamente su doctrina y sus personificaciones. ¿No resulta un tanto extraño que a lo largo de tantas páginas no aparezca ni una sola vez el nombre de Jesús o Jesucristo; y que, cuando hay algo que se le parece, vuelve a ser burla y muletilla ( Que ¡vive Crispo!, que no se ganó a mecer los niños de la rollona¿ ). ¿No resulta de igual nivel de extrañeza que en época de tanta turra con la ortodoxia cristiana sólo aparezca una referencia al Nuevo Testamento y que lo haga no para alabar su contenido sino como objeto amuleto para espantar brujas ( Lo que es de más importancia es, sobre todo, rezar; lo segundo, traer el Evangelio de San Juan escrito ¿)? Los datos que ofrece el autor a través de ese títere llamado Justina son implacables y suficientes las muestras de no pertenencia a los cristianos (aunque quizás sí circulase bajo la insignia de los cristianos nuevos) sino a una cultura religiosa (no religión, ante la que le vemos escéptico, cuando no combativo), eminentemente judaica. Frente a una sola referencia chusca al Nuevo Testamento encontramos más de sesenta envíos al Viejo Testamento ( Adán, Eva, Josafat, Noé, Moisén, Balaán, Tabor, Jezabel, Jeremías, Holofernes, Herodías, Saúl¿ ). La mayor parte de estos envíos son respetuosos, aunque nunca tienen connotación religiosa sino de comentario (¿ aunque pecadora bien sé la historia de Salomón ¿), como aprendidos de manera natural; de ahí que infiramos también un distanciamiento del judaísmo. Sin embargom existen bastantes indicios que, bien en positivo o bien a través de la vehiculación cínica, cantan un conocimiento de las costumbres hebreas (¿ yo estaba recostada en el suelo, a la usanza de los convites de los hebreos¿ que las mujeres, si creemos a los maldicientes talmudistas, somos hijas de una flauta y un tamboril ¿). La propia genealogía de la Pícara está salpimentada de aseveraciones hebreas, a veces contradichas con porsiacasos cristianos (¿ porque no se alabe tanto la hermana tinta ni se precie de manchega¿, ... los parientes de parte de madre son cristianos más conocidos, que no hay niño que no se acuerde de cuando se quedaron en España por amor que tomaron a la tierra¿, ... No lo digo por la semejanza que con el Cid tenía en lo bueno , sino por la que yo tenía con el judigüelo¿, ...De vino poco, que soy patriarca de Jerusalén¿, ... vuestro padre putativo, hijo de Cornelio Tácito, por vía de hembra, y por la del varón, de Rabí Sidraque ¿). Por la geografía que el autor utiliza para situar a sus personajes y para tomar referencias también podemos ubicar a nuestro juicio tanto su movimiento físico como intelectual. En una somera estadística observamos que, exceptuando las llamadas que hace a Mansilla, León, Arenillas y Medina de Rioseco (principal territorio del libro y que debieran ser protagonistas y sólo lo son de pequeño modo), más de dos tercios de las indicaciones geográficas se reparten entre el centro de España (Alcalá-la Mancha), Extremadura y Andalucía; queda el otro tercio para ir de Castilla la Vieja a Pamplona y tocar con refilones comunes, casi refranescos, lugares como Soria, Asturias o Santander. Destacamos de esta geografía la abundancia de ciudades con importantes juderías: Malpartida ( Mi tertarabuelo fue gaitero y tamboritero, vecino de un lugar de Extremadura que llaman Malpartida ¿), Plasencia (... mi bisabuelo¿ vivía en Plasencia¿ , ...como el bobo de Plasencia ¿, ... el indulto que hay en Plasencia ¿), Mérida (¿ tan avecindados en Mérida ¿), Cuenca (¿ como tomaron Cuenca los soldados en hábito ¿, ... zamarrones de Cuenca ¿), Pamplona (... Parecíamos los morteros de Pamplona ¿, ... la taconera de Pamplona ¿, ... majaderos de la pólvora de Pamplona ) y sobre todo Toledo e indirectamente a Alcalá (... el refrán de los del Hospital de la Folga en Toledo¿ , ... y se conocen por brújula, que les sirve de judiciaria en defecto de la cabeza toledana ¿, ... metido más obra que los cazos de Toledo ¿, ... según decía Cisneros ¿, ... para graduarse de cola en alcolá ¿, ... Arte de Nebrija ¿). Todo ello sin contar las referencias a lugares leoneses de amplia instalación judía: Cea, Sahagún, Puente Castro o León mismo. Esta red de juderías tan notorias mencionadas en la Pícara no puede ser pasada en vano, pues son verdaderos testigos de un conocimiento directo del autor de las fisicidades o costumbres de los mismos. Esto sellaría su condición hebrea. Al inicio del Número Primero, del Mesonero Consejero, se puede leer un párrafo que dice: La primera pluma que se ha ensillado en Castilla para alabar la vida del mesón será ésta que tengo pico a viento¿ Pero allá en Castilla la Vieja, un rincón se me olvidara . Esta exposición indica claramente desde dónde escribe el autor trasvestido de pícara. Desde luego es Castilla, pero no es la Vieja, sino la Nueva, y dentro de ésta, ¿Toledo, como reza la portada de la edición príncipe de Medina del Campo? Pues lleva todas las trazas, según lo que hemos visto/leído. No debiera de aclararse, pero como desde hace dos décadas se viene asistiendo a una ceremonia de confusión de la Historia, decimos que tampoco es lo que fácilmente pudiera pensarse, que el lugar sería León. León siempre fue algo ajeno a Castilla. Aunque se unieran en algunos momentos históricos las coronas, jamás se fundieron los reinos. Por supuesto que para el autor de la Pícara esto también estaba claro y lo deja escrito al final de los seis párrafos siguientes: es pueblo pasajero y de gente llana del reino de León ¿ El autor es, por todas las luces que acompaña su decir, un castellano y un cristiano nuevo. Y además también, como se dedujo atrás, de profesional liberal que cuadra mucho dentro de los oficios en los que los judíos alcanzaron fama. ¿Universitario? Claro está, y en Alcalá (... este juguete que hice siendo estudiante en Alcalá ...). Estudiante de amplísimos conocimientos sobre la lengua romance que trataba, profundo admirador y amplificador del Arte de Nebrija, es decir de su Gramática en la que fijaba un idioma ya tan potente ; y, ¡cómo no!, admirador del empeño, hasta cierto punto humanista, del cardenal Cisneros. Se ha dicho abundantemente que la Pícara juega con el lenguaje culto y con el popular. Si hubiera de emplearse el bisturí estrictamente no hallaríamos de lo popular, y menos de jergas marginales, sino minucias, insustancialidades. El lenguaje que adopta el autor para conducir la imparable verborrea de su cuasipersonaje es eminentemente culto y no hace el menor esfuerzo para ocultarlo. Al contrario, para mayor redundancia interpola una exhibición cultural del mundo clásico griego y de otras culturas mediterráneas. En esta exhibición clásica entendemos reside buena parte de la personalidad del autor. Primero porque detenta un conocimiento exhaustivo sobre los grandes pilares intelectuales de la civilización occidental: Aristóteles y Platón. El siguiente aserto creemos que es revelador sobre la condición del autor: mucho de lo que aquí dije lo trasladé del mismo original de quien Aristóteles trasladó la ciencia con que se alumbra el orbe . Quien escribió esto se postuló abierta y radicalmente a favor del conocimiento científico, con todas las salvedades que se le quieran poner por su tiempo. Resulta bastante extraordinario esta declaración de principios sin tener que recurrir a los subterfugios de un tratante/intermediario como santo Tomás de Aquino. Amor apasionado por la ciencia El amor por la ciencia (¿su profesión?) sigue aseverándose en otros encuentros (... nadie hay que sepa mejor lo que sabe o lo que ignora que aquel en que la ciencia está ...) y en otros reafirma un leitmotiv que sutilmente se destila en toda la obra: la oposición razón-religión. El autor se da cuenta que a la sociedad le iría mejor el camino de la razón que no las veleidades sujetas al arbitrio de la fe, y que más le valdría retomar el método griego que no perderse en catecismos (¿por qué algunos de los que ha ocupado en leer cartispistis no los aplicó a leer que los griegos...? ). Siguiendo el curso de nuestra indagación sobre el autor, no es ahora difícil entender que profesase la medicina, como también explicita la edición príncipe. Las razones que hemos apuntado nos arrojan a ello, pero aún más los apuntes que hallamos sobre profesiones. La que más se cita es la de médico, en casi una treintena de casos. Y además apropiándose en primera persona de ella, tanto el autor como su trasunto (... Justina, la segunda esculapia ..., ... usando de lo que los médicos platicamos, los cuales de un simple venenoso, hacemos medicamento útil con añadirle otro simple de buenas cualidades...,¿ aunque esta iglesia mirada con ojos médicos, cuales son los míos ...). Lo que sí nos interesa destacar es lo que el autor explicita para los restos: ... y en la mocedad de esta mujer, o, por mejor decir, de esta estatua de libertad que he fabricado..., ...que, si así se hace, sacarse ha utilidad de ver esta estatua de libertad que aquí he pintado ... En medio de una filípica de vicios y corregimientos, el autor dice con exactitud lo que ha pretendido con la Pícara : hacer una estatua de libertad y a la libertad. ¿No es esta afirmación demasiado moderna y peligrosa para aquellos tiempos? Entendemos que el trasunto de Justina le sirvió a su autor para demoler cuantas cadenas esclavizaban su espíritu culto y libre.