Diario de León

El perfil de un combatiente por la libertad

Manuel Girón Bazán | Luchó desde el primer día de la sublevación franquista, enfrentándose a una persecución sin tregua en el Bierzo, zona de actuación guerrillera desde el 20 de julio de 1936 al 20 de septiembre de 1951, fecha del abandono de

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FRANCISCO MARTÍNEZ LÓPEZ
León

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El terror impuesto por los sublevados desde el primer día se representa en las múltiples fosas comunes que pueblan el Bierzo. Fosas que crean impacto y alarma social, cuando la memoria histórica permite revelar aquel genocidio y proclamar la justicia y el reconocimiento de los mártires. Los que pudieron escapar a aquellas liquidaciones físicas se han convertido en huidos, en los escapados de la muerte, en una cuneta o en cualquier otro rincón, del crimen colectivo. Su mejor autodefensa pasaba por agruparse, organizar la resistencia y, sobre todo, por identificarse políticamente con el gobierno legal de la República. Entre los muchos huidos surgieron sus primeros líderes: Manuel Girón fue uno de ellos, quien junto a su hermano Pepe, J. Losada y otros compañeros, crearon el llamado Frente de los Girones en el Bierzo y la Cabrera, hasta que unos meses más tarde pasaron a reforzar el frente de Asturias hasta su derrota en octubre de 1937. El temprano compromiso de Manuel Girón con la lucha armada en defensa de la legalidad republicana le hace acreedor de la persecución y descalificación por parte de los franquistas, le da renombre y simbolismo ante los perseguidos y familiares de tantos mártires que inocentemente sembraron el Bierzo de fosas anónimas. Los Girones son escapados de aquella masacre y, de no haber tomado aquella decisión -decía- hubiera formado parte de ese colectivo de más de mil asesinados que pueblan el monte Arenas en el silencio y la ocultación más absoluta. Manuel Girón decía con frecuencia: «Me hice Guerrillero para ser el portavoz y el vengador de todos esos asesinados sin defensa, muchos de ellos, amigos íntimos» De la calumnia y la persecución surgió el Mito Girón , y de la identificación con su lucha surgió la idolatría y la leyenda clandestina: Manuel Girón, héroe. Manuel Girón, liberador de una sociedad aterrorizada y perseguida. Su familia sufrió la venganza sin límites. Pepe, su hermano, que había compartido con Manuel la primera campaña de lucha armada, fue herido en Asturias y evacuado a Francia en 1937: nunca más se volvieron a ver. Su abuelo se suicidó en respuesta a tanta tortura y persecución. Su madre y las tres hermanas, junto a su joven hermano Jesús, fueron torturados y desterrados durante varios años. Jesús Girón se incorporó a las guerrillas para huir de tanto acoso y murió en un combate contra la Guardia Civil en 1946. Cuando hablábamos de él, Manuel se emocionaba como si la pesadilla le hiciera culpable de tantos estragos familiares. La organización de la lucha armada fue creando paulatinamente los Servicios de Información Republicana (S.I.R.), intendencia y reserva de la lucha armada. Se coordinaron los grupos de Cabrera, el Bierzo, Ancares, Lugo y Orense, que, por su estructura van marcando las diferentes etapas: 1936, 1940 y 1942. La primera (1936) culmina con la Federación de Guerrillas León-Galicia, donde se desarrollan las organizaciones populares del S.I.R. y se configura ese vasto movimiento en torno a las guerrillas por la defensa de los valores republicanos y la ética democrática. La segunda etapa está influida por el curso de la Segunda Guerra Mundial: esperanzas y frustraciones van marcando aquellas perspectivas de la lucha armada contra el franquismo, y el nombre de Manuel Girón seguía sirviendo de revulsivo para que muchos jóvenes siguieran comprometiéndose con el movimiento guerrillero. Seguía latente la curiosidad y el deseo de conocer al hombre que tanto carisma y leyendas se le atribuían; y ello revertía en apoyo a las guerrillas. Cuando Manuel Girón volvió al Bierzo, una vez derrotado en el frente republicano en Asturias, llegó acompañado de otros compañeros bercianos que fueron el fermento de lo que sería la organización guerrillera León-Galicia. Con él vino el anarquista Marcelino de la Parra, leonés y uno de los fundadores de la Federación en 1942, compuesta por la pluralidad de fuerzas políticas presentes anarquistas, socialistas, comunistas: «Republicanos todos». Marcelino de la Parra intentó exiliarse en 1948, fue detenido en Cataluña y devuelto a la cárcel de León donde fue ejecutado a garrote vil. A Manuel Girón le afectó profundamente la muerte de su amigo y compañero. Un año mas tarde hubo de afrontar el ver caer uno tras otro a sus compañeros: Alfonso y Orozco, en Ocero; Abelardo, Hilario y Alpidia, en Villasinde; Guillermo, Roces, Guardiña y Gregorio, en Chavaga; Chapa y Asunción, en el Bierzo. Así, nos íbamos sintiendo cada vez más acorralados, tratando de aplazar al máximo nuestro turno. Una presencia protectora Pero cuando Manuel Girón estaba presente disminuía la preocupación por el peligro. Su leyenda de inmortalidad influía al compartir vida con aquel carismático combatiente que abrió el ciclo guerrillero en julio de 1936, hasta que llegó el momento de su muerte: fue el último guerrillero asesinado en el Bierzo. Él fue el héroe de una leyenda que duró quince años y un mito que, a su muerte, le hizo eterno. Es importante conocer sin artificios quién era Manuel Girón, en lo humano, en el compañerismo y la camaradería, en su bravura frente a los adversarios y en ese sutil tacto con las gentes. Todo ello hacía creíble, porque era real, las historias que circulaban por el pueblo, elevándole a la categoría de mito entre aquellos que le conocían poco, pero que lo admiraban mucho. Los que hemos compartido con él aquella compleja situación queremos ser fieles a su memoria y hacemos lo posible por que su perfil no sea un enigma, ante todo, por amor a la verdad y la justicia, debemos responder a las versiones calumniadoras e injuriosas. Reuniones, homenajes y documentales son un intento para rehabilitarle de tanta ignominia. Manuel Girón no se inmoló, pero sí era consciente que iba a morir por la causa antifranquista. Había sido un honesto y ejemplar cavador de viñas ajenas y supo ganarse el cariño de su entorno y el respeto a regañadientes de muchos perseguidores. Se erigió en libertador de un pueblo avasallado y miles de jóvenes quisimos estar en sus trincheras. Ya guerrillero, mi primer encuentro con Manuel Girón fue en 1949 después del combate de Ocero (Vega de Espinareda) donde murieron dos compañeros: Alfonso Rodríguez y Eduviges Orozco. Así empecé a comprender las singulares características de aquel hombre transparente, comunicativo, de una integridad humana absoluta en lo humano, en el compañerismo y en la bravura militar. Era asequible cualquier confidencia dentro del marco de nuestra situación de clandestinidad. Desde aquel encuentro no me separé más de Manuel Girón. Compartí íntimas vivencias que completaron nuestro compañerismo con amistad y afinidad política. Hablábamos mucho y de todo, incluso comentábamos las leyendas en torno a su fama y él se posicionaba siempre para que nadie le pudiese substraer del colectivo, contra todo acto de vanidad, se esforzaba por aparecer como era y que ningún compañero, enlace o amigo hiciesen de él ni un idolatrado ni un mito. Generó simpatía y cariño, tanto entre el pueblo como entre los guerrilleros que admirábamos su liderazgo natural, su autoridad moral. Compartí sus tres últimos años de vida. Una serie de circunstancias hicieron que en el Congreso de 1947 se postergase mi ingreso en la guerrilla de Manuel Girón hasta 1949. Nuestra vida colectiva desde principios de 1949 me permitió conocerle mejor, apreciar su singularidad, compuesta de virtudes y defectos propios a todas las personas y, sobre todo, hacerme una opinión de aquel hombre no suficientemente definido en el mito que le hacía o muy cruel o muy virtuoso. Él era el compañero, el amigo de todos, el aguerrido siempre dispuesto al combate si la situación lo hacia necesario: era prudente y estaba siempre presente cuando alguien tenía una necesidad moral, material o política para ofrecerle su colaboración. Cuando le encontré en Castrillo me presentó a mucha gente del pueblo y mi positiva sorpresa fue ver con qué cariño y confianza el Manuel familiar para todo el pueblo era el más querido. Ahora pienso que los últimos años pudo más el voluntarismo que la razón de la lucha armada como alternativa, y constato que en el subconsciente estaba asumida la muerte inevitable. El evidente peligro lo esquivábamos con más unión. Cultivábamos el honor de morir con valentía y pensábamos en los que nos habían precedido dando ejemplo. Manuel Girón era para todos nosotros símbolo. La multitud de combates que tuvo que afrentar le dieron también el título de inmortal. Girón tenía más razones para creer en el desenlace mortal. La policía le situaba en todas partes y cuando detenían y torturaban algún enlace, lo primero era preguntarle por el emblemático guerrillero. Le anticiparon la muerte en Ocero el 24 de febrero de 1949, confundiendo a Eduviges Orozco con Manuel Girón y consta en el acta junto a Alfonso Rodríguez, dando crédito al comentario del hombre que murió dos veces. Para ello, han «mareado» a sus hermanas para que reconocieran el cadáver de E. Orozco como Manuel Girón. Así suscitaron un acto más de la leyenda persecutoria, deseosos de satisfacer las prisas del comandante Miguel Arricivita por dar muerte al guerrillero más popular de León-Galicia. El Pleno de Guerrillas de la 2ª Agrupación, a la que pertenecíamos, había ratificado la orientación estratégica definida en 1947 respecto a la lucha armada, acentuando el trabajo hacia los Consejos de Resistencia y los contactos directos con algunos órganos oficiales, ayuntamientos, sindicatos, iglesia y miembros del ejercito. Los partidos políticos en el exilio no prestaban ninguna ayuda material a las guerrillas, salvo el PCE, que se limitaban a Radio España Independiente y propaganda halagando la acción de los guerrilleros. Teníamos claro que España participaba de la confrontación de los bloques, pieza preciosa de la guerra fría por el anticomunismo franquista, y se nos hacía patente la traición occidental a la causa republicana, con la no intervención que hizo posible la victoria fascista sobre el pueblo español. El conjunto de los guerrilleros nos reconocíamos más en ese pueblo sencillo y sufrido que en las tesis de ningún partido llamado de izquierdas. De los supervivientes hubo socialistas sin carnet, cenetistas aislados, comunistas decepcionados de tácticas y pactos que comprometieron un pasado glorioso regado en sangre sin esperar más victorias que la de la dignidad. La falta de alternativa política de 1945 a 1952 estaba determinada por varios factores; pero ello no nos separaba de nuestra resolución a morir con dignidad, siguiendo las pautas de confrontación con un enemigo cada vez más fuerte y más resuelto a exterminarnos. Nuestra moral se enmarcaba en el ultimo acto de «una muerte anunciada», pero mientras Manuel Girón estuviese al frente de nuestro grupo teníamos a bien ser los sujetos de la última página de historia guerrillera en León; los supervivientes lo fuimos con pesadilla y lágrimas por el cruel destino de nuestro querido Manuel. Él forjó su personalidad como libertador del pueblo que le apoyaba en su labor política, se hizo amado y respetado por muchedumbres porque se involucró en los peligros contra el mal que representaba la dictadura. La falta de libertad y la desinformación crearon la mitología de su persona, tanto para acusarlo como, en contrapartida, para afirmar su condición de demócrata combatiente en primera línea. Haciendo de la necesidad virtud, cultivó su trato con la gente que frecuentaba, tuvo el arte de hacerse comprender y de ser intuitivo para transmitir confianza y de ese perfil creó la personalidad íntegra y atractiva que le hizo popular como ser humano. A ello se unió el reconocimiento de sus méritos por ser uno de los primeros en ofrecer su pellejo en aras de la libertad colectiva. Solidaridad y humanidad El mensaje clandestino no podrá evitar el ensalzar su personalidad. La propaganda enemiga hacía de Manuel Girón el hombre cruel más famoso, el más temido. Pero por su personalidad no todos los que le temían políticamente le odiaban. Los que pudieron dar su opinión no dejan de reconocerle sus méritos; su atención y solidaridad con los que le rodeaban. Hay un pueblo en Cabrera, en donde había un joven enfermo grave y sin recursos para curarse, Manuel Girón organizó la solidaridad entre los vecinos y la Guerrilla para hacer posible la compra de lo que necesitaba el joven. Su curación se debe a esa solidaridad. Actos semejantes caracterizaban a Manuel y de ello hablan muchos de los amigos a los que se les brindó la ocasión, como se presenta en el libro La agonía del León de Carlos Reigosa, y en otras obras que sirvieron de material para documentales y reportajes. Estos testimonios no están edulcorados en una supuesta nostalgia de la vida clandestina, o tergiversados por un supuesto adoctrinamiento de la época entre los que sufrimos los mismos peligros y tratamos de hacer de la fama de nuestro compañero un mito protector. A mi vuelta del exilio, 27 años más tarde, me dediqué a visitar amigos enlaces de la época guerrillera: lo más presente eran los recuerdos de Manuel, su forma de ser, su trágico destino, la deuda histórica para recordarle como era y no como lo calificó el enemigo. Esa memoria colectiva contrasta con las historias urdidas por el franquismo y no modificadas por los poderes políticos que le han precedido. Es un triunfo volver al país con la cabeza alta y evocar el nombre de quien sigue presente en el pueblo a pesar de la ocultación. A la memoria popular se la arrincona, se la olvida oficialmente, pero es imposible anularla porque tiene arraigo en valores y comportamientos que las honran. ¿Por qué aún hoy nos presentan a Manuel Girón tan deformado? ¿Por qué el sargento Ferreras, en sus memorias tiene que utilizar el calificativo de bandolero para describir algunas de sus cualidades positivas? Ya llegó la hora de que nos expresemos con corrección lingüística y con rigor cívico, haciendo el balance histórico de todas estas aberraciones y calumnias. Manuel Girón no aceptó el posible paso al exilio si no era en compañía del ultimo colectivo, exigencia que imposibilitó su viaje a Francia en 1950, y que le convirtió, aún más, en la presa preferida del comandante Arricivita, aún mas obsesionado después del fracaso en Corporales. El sargento Ferreras se queda corto en su versión sobre la angustia compartida en aquella confrontación, cuatro guerrilleros para más de doscientos guardias y 14 horas de refriega. Ellos tenían tiempo y podían esperar, nosotros no podíamos vivir mas allá de lo determinado por la desigualdad de medios. De la utopía Manuel Girón hacia su proyecto para contagiarlo a la colectividad, y fue objeto de la muerte anunciada, quizás no necesaria para ilustrar su persona como protagonista de la historia leonesa. Fue asesinado cuando cumplía 41 años y no pudo demostrar en libertad y en democracia sus condiciones humanas y sus rasgos mas íntimos de ciudadano sin rencor y sin enemigos. Cuando nos hablaba de lo que representaría después de la más que probable muerte, él reivindicaba la dignidad, el reconocimiento y la fidelidad a la República. Desaparecida la dictadura, es inquietante que la historia no le haya tenido en cuenta como ilustración de los que dieron su vida en aras del bien social y democrático; y esa deuda se saldará cuando se derrumbe definitivamente el muro del silencio y la amnesia de las élites. Manuel Girón fue víctima por la utopía; su historia representa el porvenir contra toda nostalgia o espíritu de revancha; fue tolerante con las diferencias y unía en torno a ellas las actitudes que le dieron prestigio en vida y recuerdo después de muerto. Estaba siempre pendiente de superarse, insatisfecho de sí mismo. Leía y escribía sin cesar; una forma de recuperar aquellas insuficiencias culturales de no saber leer cuando se hizo guerrillero. A menudo comentaba el agradecimiento a sus compañeros que le enseñaron a leer y escribir: Gafas , Arcadio, Guillermo. El comandante Arricivita ganó el mérito prometido por sus superiores, aunque para conseguirlo utilizó los métodos más crueles posibles e imposibles de definir. A los que Arricitiva nos consideró huérfanos, hemos asumido esa condición, orgullosos de la dignidad y de la fama de Manuel Girón inmortalizada a pesar del comandante y de algún otro nostálgico de su equipo. Ahora, cuando reivindicamos su memoria, aparecen anónimos que graban esa inmortalidad en los muros de Ponferrada con inscripciones reivindicativas: Girón vive , Girón murió por tu libertad , etc., convirtiéndole en símbolo inmortal de la libertad democrática.

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