Diario de León

Por un puñado de pólvora

Sin ellos no habría fiesta en España que mereciese tal nombre. Sin embargo, cada vez que ocurre un accidente se cuestiona su quehacer. Las pirotecnicas del Norte desempeñan un trabajo exigente, de alto riesgo, con sus propias manos como princip

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SERXIO GONZÁLEZ | texto VÍTOR MEJUTO | fotos
León

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Pirotecnia Calvo. Desde la semana pasada, un nombre que es sinónimo de alarma. La explosión de Coristanco (La Coruña), que afectó a doscientas viviendas y marcó a fuego los nervios de tantos vecinos, pone de nuevo en la picota un oficio cuya tradición se pierde en el tiempo. «A mí me pasó -reconoce Arturo Dopazo Fontaña, gerente de Pirotecnia La Goulla-. Mi abuelo se dedicaba a esto hace setenta años, mi padre creó la empresa hace cincuenta... pero es que ya mi tatarabuelo, que vino de Portugal, era fogueteiro , quién sabe desde cuándo. Lo llevamos en la sangre» . La Goulla está enclavada en el municipio de Meis, en el corazón de la comarca de O Salnés, cerca de la carretera que une Vilagarcía y Pontevedra. Es uno de los cinco talleres que sobreviven en Pontevedra. Tan seguro está Arturo de la forma en que funciona su negocio que no duda un instante en abrir las puertas de un recinto sorprendente para mostrar cómo se trabaja con pólvora entre manos. Para eso, «es para acabar, ya de una vez, con alguno de esos muchos tópicos que se dan por ciertos». La pirotecnia es, a la vista, un bosque amurallado de once mil metros cuadrados. A la sombra de los robles crecen distintas edificaciones, cada una destinada a una única función, dentro del esquema de fabricación de los cohetes. Un sistema, por cierto, casi por completo artesanal. «Si dejamos a un lado elementos como las balanzas, o alguna pequeña máquina hidráulica, la verdad es que la forma de trabajar no ha variado mucho. Se sigue haciendo todo a mano», apunta el gerente de La Goulla. Aquí se ganan el jornal, durante todo el año, cinco personas, entre ellas dos mujeres jóvenes. Elaboran diferentes productos que comparten un alma explosiva, siempre peligrosa. El espeso arbolado no es casual. «Ya no debe quedar como ésta ni la carballeira de Cecebre, donde rodaron El bosque animado » . Desde luego, no sobreviven muchas así en el litoral de Pontevedra. La misión de los carballos es doble. Por una parte, frenarían la onda expansiva en caso de accidente. Por otra, impiden que la luz del sol castigue a sus anchas las zonas de trabajo, los obradores, los depósitos, durante las calurosas jornadas estivales. «Todo lo que sea trabajar por encima de los veinte grados comienza a ser peligroso» , advierte el responsable de la compañía familiar. Este factor imprime una primera de las muchas rutinas. Se trabaja de ocho de la mañana a nueve de la noche, pero los pasos más arriesgados deben acometerse «siempre por la fresca» . La orografía salvadora Los robles no son el único elemento que aporta seguridad a las instalaciones. La orografía ondulada de la finca de La Goulla crea espacios de amortiguación, taludes naturales que contribuirían, también, a aplacar el efecto expansivo de una virtual detonación. Veinticinco tomas, bien distribuidas, están preparadas para inundar la pirotecnia con la peor enemiga de la pólvora, el agua, al menor indicio de peligro o deflagración. En general, la fabricación de un artefacto pirotécnico sigue una misma secuencia. La cadena se inicia con la preparación de una mezcla de nitrato potásico, carbón y azufre. Es la «subida», el preparado que, tras encender la mecha, se encargará de propulsar el foguete hasta el cielo. Una vez lista, hay que cargarla en cartuchos de cartón. Toño, en la penumbra de una de las casetas, se encarga de la tarea. Emplea un martillo mecánico que ametralla la mañana de La Goulla con impactos incesantes. «No hace mucho, la carga se hacía también a mano, con un martillín» . Igualar el ritmo de la máquina exigiría un brazo de talla Schwarzenegger. Aunque, visto lo volátil del asunto, tal vez sea mejor no mentar a los profesionales del porrazo en este lugar. Paralelamente, Arturo, el fogueteiro , se echa sobre los hombros la tarea más delicada: la preparación de la pólvora, la parte explosiva del invento y, como tal, la más arriesgada. Nervios de acero y pulso de hielo son las condiciones indispensables en este oficio. El taller de fabricación es el centro neurálgico de la pirotecnia. El punto más peligroso de todo el recinto, un cuarto en el que la única luz procede de un pequeño ventanuco. «Aquí no hay luz eléctrica, no puede haberla, ni ningún aparato electrónico » , explica el maestro. Por supuesto, nada de tabaco, ni una radio a la vista. El móvil, apagado. Gorra, mono de trabajo, guantes y zapatos sin suela para evitar cualquier roce. «No puede haber ni una chispa, ni una fricción, a la mínima esto puede explotar» . Así, con tranquilidad pasmosa, sin despeinarse, va desgranando Arturo las máximas inapelables de una profesión que convertiría los pelos de cualquier otro en verdaderas escarpias. Metódicamente, con movimientos firmes y seguros, Arturo va pesando los distintos componentes para garantizar una mezcla equilibrada. «Cada fogueteiro tiene su truco» . El guiño es de su padre, también Arturo, retirado ya del negocio. Por supuesto, nada de hablar de las proporciones exactas. Algo así equivaldría a echar por tierra el secreto familiar. Poco a poco, el fogueteiro va combinando el perclorato con el aluminio y el azufre mientras los observadores contienen la respiración. Él sonríe. «Mira, este es un trabajo que se puede hacer de traje y corbata; no tiene desgaste físico, pero agota psíquicamente» . La calma del experto no debe llevar a engaño: «Sudas, porque si tienes un fallo aquí, si que no lo cuentas» . Ni un roce, ni un descuido La mixtura está lista, pero el riesgo no se acaba. Ahora toca pasar el material por el cedazo. Hay que tamizarla tres veces hasta llegar al siguiente peldaño: la introducción de la pólvora en los cartuchos. Otra labor delicadísima, que, como las demás, se realiza a mano. Sin un temblor, Arturo empuña una paleta de forma cilíndrica, cuyo depósito marca ya la medida justa que precisa la bomba. Uno de los testigos del proceso trata de obtener una mejor imagen de lo que acontece, y para ello mueve la caja de los recipientes de cartón que comparten mesa con el polvo explosivo. «Chaval, está claro que tu para este oficio no servirías; aquí no puede haber ni un roce» , constata el hacedor de cohetes, al que ni por asomo se le ocurre arrastrar objeto alguno para cambiar su emplazamiento. Todos son levantados con un único movimiento, para ser depositados a continuación donde sea necesario. Es entonces cuando el invitado manazas se percata de que sus pies no se aposentan sobre el típico suelo de madera, tierra o cemento. La superficie sobre la que se yergue la caseta está completamente acolchada. La verdad es que resulta difícil comprender que alguien se someta día a día a una tensión semejante. Arturo sonríe otra vez. «Yo crecí en esto, también mi padre. No comprendo que una persona pase ocho horas sin moverse delante de un ordenador» . El resto de los pasos permiten, en cambio, respirar. Con una correcta manipulación es difícil que los cartuchos ya montados estallen. Así, llega el momento de montar la subida en las cañas de madera. De ello se encargan dos mozas sonrientes, en un taller en el que la iluminación es ya más clara. Arturo, por último, añade las cargas explosivas para completar el artefacto. Una melodía fluye desde un pequeño aparato de música, aquí mismo. Es la mejor señal de que el verdadero peligro ha quedado atrás. Todas las pirotecnias guardan en el desván alguna tragedia. Una historia triste, un accidente. La de La Goulla ocurrió hace treinta años. Hubo dos víctimas, familiares. «Nunca llegas a saber por qué sucede exactamente -admite Arturo- pero normalmente es algún tipo de fallo humano, un descuido... ». Lo que sí lamenta el fogueteiro es que sucesos como el de Coristanco sean utilizados como arma arrojadiza contra un sector que, en general, «cumple rigurosamente con sus obligacione: cada vez que hay una explosión corren ríos de tinta, pero hay que ver cuánta gente muere en la carretera o en accidentes de avión. No por eso se prohíbe conducir o viajar. Lo que hay que hacer es respetar las normas y evitar las negligencias, como en cualquier otro negocio» . Sea como fuere, el foguete está listo. Toca probarlo. Toño deja la carga de la subida, busca una mecha, se sitúa en el exterior de las instalaciones y acciona el mechero. Fogonazo, ascensión vertiginosa y... una, dos, tres explosiones. Perfecto. Es la oportunidad perfecta para despejar una duda arrastrada desde la más tierna infancia. ¿En qué demonios se diferencia una bomba de palenque de una batería? «Una bomba da sólo una estampida; una batería puede tener hasta cincuenta detonaciones» . Está claro. Las competiciones que las parroquias limítrofes entablan a la hora de celebrar a su santo, sin importar que los ruidos despierten a media comarca de madrugada, se construyen a base de fenomenales baterías. La banda sonora del verano.

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