Diario de León
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León

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Estoy habituada a explicar a qué me dedico; uno acaba acostumbrándose a explicar con frecuencia cuál es su profesión y a base de repetirme la gente me entiende cada vez mejor. Es cuestión de experiencia, me digo.

Hay quien cree que los que elaboramos vinos somos etnólogos, sin darse cuenta que los etnólogos son los que estudian costumbres y tradiciones de los pueblos. Según la Real Academia de la Lengua Española la enología es el conjunto de conocimientos relativos a la elaboración de los vinos. Enología es actualmente una carrera que se imparte en seis universidades españolas: Valladolid, Cádiz, Córdoba, Valencia, Tarragona y Extremadura. Todas ellas ubicadas en regiones con tradición y prestigio en elaboración de vinos. Es una carrera de segundo ciclo; es decir, se cursa tras haber finalizad el primer ciclo de Químicas, Farmacia, Biología, Ingeniería Agrónoma, Bioquímica o Ingeniería Química. Además, existe un módulo de formación profesional llamado Enología y Viticultura, que imparte unos conocimientos más enfocados al aspecto práctico aportando una visión clara del trabajo de campo y de bodega. Fuera de nuestro país, como se imaginarán dadas las peculiares características de esta ciencia, sólo existe en países productores. Así, Francia tiene cinco facultades de Enología, entre ellas la que durante muchos años se ha considerado la más prestigiosa del mundo, la de Burdeos; aunque ahora mismo a nivel mundial quizás sea la Universidad de Davis en California la que se reconoce más puntera. Pero es que, además, se da la paradoja de que no todos los enólogos son enólogos de carrera por llamarlos así. La razón es bien sencilla. El título universitario de Enología, como tal, y las facultades donde se imparte son en España de muy reciente creación. Por tanto hay un montón de enólogos con una gran experiencia que no tienen el título, ni falta que les hace. Pero no acaba ahí la confusión. Muchos me comentan la suerte que tengo de tener una profesión en la que estoy todo el día bebiendo buenos vinos, como si nos pasáramos el día descorchando Vega Sicilia. Lamentablemente, no nos atañe esta función. Esto lo tienen reservado los sumilleres. Que tampoco es oro todo lo que reluce pero que al menos ellos tienen la ventaja de catar vinos ya terminados. Los sumilleres son los que recomiendan vinos en los restaurantes o tiendas especializadas, se presentan a concursos de cata, conocen al dedillo regiones, productores y variedades y nos sorprenden a todos con su capacidad de encontrar aromas de lo más extraño en un vino y lo que es aún más increíble, su capacidad de convencer a los demás de que es cierto. Son más críticos que los enólogos y su trabajo sí que consiste en conocer, describir y catar vinos. Los enólogos los hacemos y velamos porque no tenga defectos, que no es poco. En cuanto a la cata, que, al final, es lo que más interesa al público, el enólogo se limita a los vinos en proceso de elaboración, lo más parecido a lo que beben los consumidores es el paso previo a botella, que tampoco es lo mismo que el vino terminado. Además, casi siempre catamos el nuestro, aunque a veces nos permitimos alguna que otra licencia.

La verdad es que no es tan rígido y en ocasiones se cruzan los límites entre las funciones de unos y otros. Por ejemplo, hay periodistas de vino metidos a enólogos, como Victor de la Serna; enólogos metidos a sumilleres, como Torelló; sumilleres metidos a enólogos, como Enric Soler; o exportadores que hacen su propio vino, como Jorge Ordóñez. Lejos de parecer falta de profesionalidad, creo que es positivo. Cualquier faceta de este mundo es igualmente fascinante: el periodista especializado no puede dejar pasar la oportunidad de intentar hacer con sus propias manos su vino ideal y el enólogo quiere probar suerte como catador. Ya dicen que el trabajo es un castigo divino. En mi caso, el trabajo no es tan trabajo, el castigo no es tal castigo, y, bueno, de divino al menos tiene el nombre.

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