Diario de León
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León

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|||| Alguien dijo una vez, con sabiduría quizá oriental, que al hombre no lo mata el terremoto. Lo matan sus pertenencias (cuando le caen encima, supongo). Esta máxima irrefutable podría aplicarse a los herederos de la gran Rocío Jurado, pues lo que casi destruye a esa familia (como en tantos otros casos) no ha sido el dolor por la muerte del ser querido, sino el reparto de sus bienes materiales. Y es que con las herencias ocurre como con la meteorología, que nunca llueve a gusto de todos.

Esta semana hemos sabido que mohedanos, carrascos y ortegacanos por fin se han puesto de acuerdo en la partición y han cerrado con ello un capítulo que estaba (con la inestimable ayuda de los jueces y sus huelgas) en vías de eternizarse, pues ya sabemos que la Justicia en España para la cosa del ritmo (de trabajo) se quedó en el bolero. No ha llegado ni siquiera al cha-cha-chá...

Total, que con la cesión por parte de Rocío Carrasco y sus dos hermanos de la finca Los Naranjos» a sus tíos, el testamento vuelve a quedar tal y como lo dictó en su día «la más grande». Ya puede descansar totalmente en paz dos años y medio después de su muerte. Otra cosa es qué pensaría Rocío al ver hoy a sus herederos, pues sin llegar, ni de lejos, a los niveles de depravación y desvarío de los televisivos Orozco, lo cierto es que, desde que ella falta, ninguno ha vuelto a ser el mismo. Rociíto, la hija, se ha retirado. Normal, como que le tocó el gordo de la primogénita, que es más que una primitiva. Rosario, la sobrina, se ha reencarnado, artísticamente hablando, en su tía y hasta tiene el mismo mánager (su padre). Y en cuanto al viudo, Ortega Cano... Que no lo busque en un ruedo, que está dando más vueltas que una peonza en una pista de baile.

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