El enigma de la mencía
|||| Quizás uno de los aspectos más interesantes de la mencía sea su carácter autóctono. Su zona de cultivo se limita a la comarca del Bierzo, en la provincia de León, y en Valdeorras y la Ribera Sacra, en las de Orense y Lugo, respectivamente; además hay algunas plantaciones en el sur de la provincia de León y en algún otro lugar de Galicia, como Monterrei, pero básicamente su hábitat natural se sitúa en las riberas del Sil y del Miño. Su ámbito de cultivo, pequeño y bien definido, le confiere exclusividad, que en el mundo del vino, y sobre todo de los vinos de un cierto precio, es más que bienvenido. La buena labor de un buen puñado de viticultores ha hecho el resto. Así que en unos años esta cepa se ha situado entre las variedades nobles por excelencia. Pero hay un detalle de la mencía que quizás no les habían contado nunca. Este algo más es su origen. Y es lo que la hace en cierto modo enigmática. Hace algunos años, cuando la mencía comenzó a ponerse de moda y a saltar los estrechos límites provinciales, algunos expertos, franceses en su mayoría, lanzaron la teoría de su ascendencia gala. Sorprendidos por encontrar una uva tan original y radicalmente distinta de las típicas variedades ibéricas, dedujeron que su cuna debía ser diferente. Y, claro, algo tan especial sólo podía ser francés. Más aún, concluyeron que debía ser pariente de la cabernet franc. Esta variedad se cultiva principalmente en el valle del Loira y en Burdeos, aunque con resultados muy diferentes. Mientras que en el Loira se utiliza sola, es decir, los vinos se elaboran cien por ciento con cabernet franc, en Burdeos es una de las variedades que entra en el coupage o mezcla. Sus compañeras son principalmente la cabernet sauvignon y la merlot y así, las tres mezcladas, se usan para el tinto de Burdeos.
El caso es que para justificar el origen de la misteriosa mencía aderezaron la teoría con algo de historia. Según ellos, la época más gloriosa del Camino de Santiago, la Edad Media, fue prolífica también en intercambios; el constante flujo de peregrinos favoreció la llegada de conocimientos, remedios, cultura, inventos, técnicas... y también cultivos. Entre estos últimos se encontrarían las cepas de cabernet franc que, llegadas desde Francia, encontraron un clima y un suelo favorables para su desarrollo en esta comarca. Con el paso de los años, y de los siglos, esta cepa evolucionaría hasta configurar lo que hoy conocemos como mencía. Esta leyenda también la alimentaron muchos productores que encontraron ventajoso compararse con algo tan glamouroso como la cabernet franc francesa. La verdad es que como historia no me digan que no es bonita. Lamentablemente, la ciencia se ha encargado de echarla al traste. Análisis genéticos han demostrado que es altamente improbable que la cepa mencía tenga algún lazo familiar que la una con la cabernet franc. Al comparar el material genético de ambas variedades, hay pocos puntos en común que ratifiquen esta hipótesis. Y estos análisis son muy, muy fiables. La carga genética, de una uva o la nuestra misma como humanos, es prácticamente constante y sus variaciones son mínimas en lapsos de tiempo cortos. Así que si fueran parientes, siquiera lejanas, ambos análisis genéticos deberían ser muy similares. Al fin y al cabo unos cuantos siglos de evolución no son nada para la pesada maquinaria del tiempo genéticamente hablando. No hay más que pensar en el hombre y el mono, nuestros ADN son tan parecidos que da miedo, y eso que llevamos miles de siglos separados.
Pero bueno, tampoco hay que darle mayor importancia; el vino no es mejor ni peor por lo que digan sus análisis genéticos. Al fin y al cabo, que importa quienes fueros sus padres y si fueron de alta alcurnia y rancio abolengo o unos simples plebeyos. Prescindimos sin complejos de la genealogía cuando ha quedado más que demostrada sus capacidades para hacernos disfrutar.