Almodóvar devuelve el cine a la Gran Vía

|||| Llega Pedro Almodóvar y parece que llega otra cosa. Otro cine. Otra alegría. Con el tiempo, en un país como España, el más multitudinario de los directores seguro que ha sumado adeptos a cuentagotas porque ya hace mucho que tocó techo. Esto es, que no hay más cera que la arde, ni más espectador para alguien que ha hecho de sus películas, a cada año, la película del año de su estreno. Filmes millonarios. Cuestión de deseos rentables. Desde hace muchas películas, Almodóvar lo vuelve a hacer. Pese a quien le pese. Pese a los puristas del cine que con el manchego se convierten en puritanos. Pese a los fascinados por el arte y ensayo, siempre dispuestos a criticar cualquier transgresión marca de la casa aunque podrían quedarse durante horas mirando la cámara fija del cajero de debajo de su casa si se le envuelve con la firma de un director moldavo, por ejemplo.
Pedro Almodóvar es la modernidad cotidiana. La naturalidad ampliada. La vida gris a todo color. Es un sociólogo vertical capaz de descubrir al contrario que las pasiones humanas del otro están nada más abrir la puerta del vecino. Un psicólogo transversal, que en su caso es lo mismo que lo anterior, que recorre geografías íntimas y la ciudad y La Mancha para retratar lo que nadie había contado: costumbrismo posmoderno.
Y luego está el ingenio del guionista. Literato de las cámaras, devorador de libros, admirador del pc o mac encendido en el que ve a otro escribir. ¿Será el próximo académico de la lengua el director de Qué hecho yo para merecer esto?
A todo esto, la forma en la que sucede el Pedro Almodóvar de 2009 se llama Los abrazos rotos, flamante última película en la que pretende, con la artillería pesada del cine español: las Penélope Cruz, Blanca Portillo-¦, los José Luis Gómez, Rubén Ochandiano, etc, dar otra vuelta de tuerca a su cine.
Pero, en fin, en esta cultura rápida sin poso, llega Almodóvar y se salta las pesadas últimas tendencias de promoción del cine español y coloca en un edificio en obras el cartel de Los abrazos rotos. Reposará durante unos días y creará expectación y deseos de ir a verla. Y es Gran Vía y parece que el cine vuelve a esa calle, que es como si volviera a casa. Un espejismo, real como la vida misma, pero la calle más cinematográfica de España, que ya no lo es, recupera ya casi llegando a Alcalá todo su esplendor de la mano del artista contemporáneo que mejor ha retratado a esa ciudad: un manchego llamado Pedro Almodóvar. El genio.