Diario de León

Peces que nadan contra corriente

El Seminario Menor San Isidoro de León resurge de sus cenizas cual Ave Fénix para acoger, el curso que viene, nuevos seminaristas

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León

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|||| «Pondré en ellos una señal, y los enviaré a las naciones más lejanas-¦ y de entre ellos tomaré sacerdotes para mí-¦» (Is, 66). Dejaron atrás casa, parentela, raíces y una vida planificada a su imagen y semejanza para cumplir la voluntad de un dueño cuya mies muchos se empeñan en destruir pero que, desde el absurdo de la predicación, resurge con fuerza alentada por lenguas de fuego, las mismas que dos mil años atrás iluminaron el corazón de los Apóstoles. Hoy, estos diez guerreros del alma que sustentan el recién nacido «Seminario Diocesano Misionero Redemptoris Mater Virgen del Camino», combaten a diario contra ellos mismos para reafirmarse en la vocación al sacerdocio que les ha traído a León.

Y es que, lejos de romanticismos y finales felices, el día a día de estos seminaristas no es fácil. Cuando uno, movido una vez más por la inquietud del saber, trata de ahondar en sus pensamientos, descubre que no son bichos raros, que son hombres como tú y como yo, con su propia historia, con debilidades, alegrías y sufrimientos, jóvenes de entre 20 y 30 años que saben divertirse sanamente y cuya única diferencia notable con el resto de mortales es que han decidido sacrificar su razón para hallar su propio camino.

La mayor parte de ellos llegaron a la ciudad hace dos años desde lugares tan remotos como Guatemala, Polonia, El Salvador, Italia o la propia España. Sin saberlo estaban llamados a ser la primera piedra de un proyecto iniciado por el siempre visionario monseñor Julián López Martín, Obispo de León, quien movido quizá por el Espíritu Santo, apostó por revitalizar la diócesis asegurándole un futuro esperanzador. Fue él quien solicitó a los responsables del Camino Neocatecumenal -“el leonés Kiko Argüello, Carmen Hernández y el padre Mario Pezzi-” un seminario Redemptoris Mater para la ciudad que completara y se complementara con el histórico, pero falto de vocaciones, seminario de San Froilán.

Tras un comienzo difícil, «marcado por la providencia de Dios», como asegura su rector, Manuel Santos Fláker, en el que los chicos han vivido -”según la Regula Soci-” acogidos de dos en dos por cinco familias de la parroquia del Mercado, el próximo curso entrarán a vivir en el Seminario Menor San Isidoro, un coloso que renace tras siete años en el olvido y cuyas obras de rehabilitación están en marcha. «Es el momento de que, siguiendo la práctica establecida, pasemos ya a constituirnos en comunidad humana, eclesial, diocesana y educativa en proceso», puntualiza Fláker.

A lo largo de este tiempo, los seminaristas han conocido la realidad pastoral de la diócesis participando en diversos encuentros y actividades, además de continuar el itinerario de iniciación cristiana del Camino Neocatecumenal en diferentes comunidades, madurando la llamada a la fe y al presbiterio. Todo ello compaginado con sus estudios en el Centro Superior de Estudios Teológicos San Froilán, dependiente de la Universidad Pontificia de Salamanca.

Los hábitos del día a día

Cada mañana, antes de asistir a clase, rezan laudes -”la oración matinal que marca la Iglesia-”. Las tardes están destinadas al estudio o a practicar deporte. Acuden a misa diariamente y mantienen un contacto directo con el rector. Los fines de semana realizan convivencias o se reúnen con el obispo. Una de las figuras más importantes para sustentar la vocación de los seminaristas es la del director espiritual, su confesor, consejero y guía.

La misma libertad con la que estos jóvenes deciden entrar al seminario para ser un día ordenados sacerdotes, la encuentran para marcharse si descubren que no es lo que Dios quiere para ellos, aunque llama la atención, cuando compartes unas horas a su lado, la alegría que profesan a pesar de las dificultades y tentaciones.

Son peces nadando contra corriente en un mundo que se proclama autosuficiente, pero herido de muerte por el vacío que alumbra la oscuridad terrenal. La mies de León es grande y los obreros pocos, pero el dueño, tantas veces pasando desapercibido, la reconstruye y estos seminaristas, al igual que los del seminario de San Froilán, son parte del plan y recibirán su paga aquí y allí.

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