Segunda marcha negra | Multitudinaria recepción
...los que seguirán sacando el carbón
La marcha minera acoge con indiferencia la aprobación del Real Decreto pero levanta pasiones en León

El gentío sigue desde la Plaza de San Marcos las intervenciones de los mineros
Había sentimientos encontrados a las cuatro de la tarde, cuando la comitiva enfiló la recta de la autovía a Trobajo, larga y rancia como dos meses sin sueldo. Tantos días de cansancio y el hastío del problema que no cesa, trocaron las risas de otras tardes en caras circunspectas.
Y a la primera chispa, prendió la llama. Un acompañante enarboló en la gasolinera del cruce la bandera de El Bierzo y la negra se le echó encima con división de opiniones (unos en su padre y otros en su madre). «¡Aquí no hay colores ni distinciones, todos somos uno!». Dos empellones más tarde, volvió la calma. Por poco tiempo.
La segunda marcha negra hizo en León parada con aires de fonda y cargada de momentos tensos. Andaba la organización intentando cuadrar la fórmula para que los autobuses de los familiares y acompañantes pudieran acceder a cabeza de pelotón a la altura del edificio Araú cuando un policía dejó escapar un mal gesto de recriminación hacia un lacianiego insurrecto, que no atendía a sus órdenes. Con los ánimos calientes, una decena de primos, sobrinos y demás familia se echaron al cuello del agente y al final, sólo la cordura y la prisa por legar a la capital evitaron males mayores.
En otro capítulo de la misma novela, la serpiente negra se negó a seguir la estela de los sindicatos convocantes de la huelga general y a la altura de Gran Vía de San Marcos, se optó por la sentada. «¡CC.OO. y UGT, sindicatos del poder!». Hace 20 años hubiera sido inaudito. Ayer fue realidad. Los tiempos cambian. Entendieron los operarios del mineral que se les utilizaba para hacer estadística sindical y decidieron tirar por la calle de en medio. Era Roa de la Vega, que daba salida a Padre Isla.
Fue allí donde un incauto tuvo la feliz ocurrencia de robar la riñonera a uno de los mineros. En el cielo de la boca no llevó palos. Debió ser el único sitio.
La crónica de sucesos de la última etapa de la marcha puso el epílogo en el episodio del robo con intimidación (porque sustraer sus propiedades a un minero debiera intimidar bastante, pero también hay empresarios que lo hacen y no es delito) y dejó paso entonces a recuerdos más emotivos y a estampas más entrañables. Como la salva espectacular que las gentes de Páramo del Sil dedicaron a la comitiva frente a media bajada. O el sempiterno grito de «¡Ánimo, mineros!» que salió de la boca de un anciano con los ojos cubiertos de lágrimas. El sonido sobrecogedor y rítmico de las cachabas golpeando los quitamiedos del puente de Miguélez, la nube de aplausos de Párroco Pablo Díez, abrigando con 29 grados de temperatura en el termómetro el caminar de los andarines y la ingente masa de ciudadanos volcados con la comitiva en El Crucero, fueron preludio de las emociones fuertes.
Pendones de todas las comarcas mineras saludaron desde el puente de San Marcos la llegada de los héroes. 15.000 almas se agolparon ante el Hostal, hace siglos prisión, ayer palacio de congresos del pueblo, desde cuya explanada cada sujeto se encargó de su predicado: «El ministerio no pone lo que tiene que poner para que a estos empresarios les pongan las pilas», dijo Jorge, el primero de los mineros en huelga de hambre que tomó el micrófono. Más incisivo resultó Severino: «El dinero de la reindustrialización de las cuencas se ha gastado mal por culpa de estos políticos a los que tenemos que agarrarnos. Menos mal que tenemos el apoyo de la sociedad». Miguel Ángel mandó un recuerdo «a los compañeros que están encerrados en Tremor y en Palencia» y Jorge, el más emocionado de los cuatro contuvo a duras penas las lágrimas: «Un recuerdo a las mujeres de Laciana, que sin ellas no habría nada en las cuencas y un saludo a los compañeros de Asturias».
La representación sindical trató de convencer a la concurrencia con desigual suerte en sus discursos. No le sucedió lo mismo al Reportero Romero , el único periodista que ha acompañado a los mineros las 24 horas del día en cada una de las sesiones de la marcha y al que, agradecidos, mantearon en la calle Independencia, cuando se barruntaba el final de las movilizaciones: «¡Tú sí que vales, tú sí que vales!» le corearon. Y no les falta razón en absoluto...