Diario de León

«No hay quien acabe con ellos», se resignan los vecinos

El del Parque es otro de los paseos donde se ceban los pájaros.

El del Parque es otro de los paseos donde se ceban los pájaros.

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a. caballero | león
León

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Son unos compañeros más. Aunque no comparten horario. Los jubilados, vecinos y leoneses que hacen mañana y tarde en el paseo de la Condesa Sagasta miran a las copas de los árboles con ironía a mediodía, varias horas después de que los estorninos hayan descabezada al sueño antes del alba. «No hay quien acabe con ellos. Mi padre iba al río y venía con un saco lleno», apunta Anastasio Fernández, con nostalgia de no poder recobrar aquel saco grande lleno de chillidos de «esos tordos negros». «Deberían dejar que se matasen algunos para ver si se iban», se envalentona detrás Teodolindo López, resignado a que «no hay solución mientras se proteja más a los pájaros que a las personas».

La suma de ideas es inagotable. «Que sulfaten los árboles, como hacen para las plagas, con un producto que evite que vuelvan», se oye en el corrillo. «Que tiren petardos», se suma otro de la pandilla que estira los rayos del sol mañanero al principio del paseo, donde los bancos se libran de la metralla de las deyecciones de los estorninos. «Más allá, en el medio del parque, es donde más hay», apunta Ricardo García, quien rememora divertido como «el otro día por la mañana, como era fiesta y no había que pagar la ORA, los que dejaron a dormir el coche se encontraron al llegar todos llenos de cagadinas por encima, que daba pena verlos».

La pregunta anima la conversación. No es un debate en el que los estorninos, «esos tordos negros», como se les conoce también en León, aparezcan como un enemigo más allá de las palabras. La molestia se limita a «tres o cuatro bancos». «Que los quiten. Hay sitio suficiente para que la gente se siente y sino que traigan una silla de casa», responde cerca del quiosco de la música otro jubilado que no quiere decir el nombre porque no le interesan los periódicos. «De lo que me cuentan no me creo nada y de lo que veo, la mitad. Todo es una gran mentira», resuelve filosófico, mientras su compañero de asiento le acompañaba afirmativo con la cabeza.

No todo son críticas para los estorninos. Se suman admiradores rendidos de su vuelo al atardecer. Una danza errática que empieza una o dos horas antes de que anochezca. Subidas y bajadas violentas, como en un intento de peinar las copas de los árboles, pero sin posarse, para volver a levantar el ala hasta que desaparece el sol. Luego, aparece la algarabía sobre las cabezas del parque y un sumirse lento en el rezongar que les lleva de rama en rama toda la noche, como si rezaran una letanía que no se acaba nunca y les mantiene vivos. Insectívoros -”en el campo se les puede ver posados sobre el ganado vacuno y lanar como si les despiojaran-” también se animan con las semillas. Pese a la unanimidad en su vuelo, que les permite hipnotizar a las posibles rapaces, los expertos han descubierto que no hay líder en las bandadas, sino que cada estornino interacciona con unos seis vecinos, con independencia de la densidad del grupo. Todos a una.

Atardece en León, danza de estorninos.

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