Diario de León
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Opinión | Vicente Pueyo

Qué quieren que les diga. La memoria ya no es mi fuerte, si en algún momento lo fue. Quedan, sobre todo, las sensaciones-¦ y los compañeros coetáneos que vivieron la noche del 23-F en la calle de Pablo Flórez, 24. Gracias a ellos he recompuesto el aroma de esas horas. Lo primero que me pregunté es qué puñetas hacía allí, en esta fría patria de bueyes y algún que otro canónigo (Gumersindo Rosales dixit) en un momento tan sublime cuando hacía nada estaba en la capital de las Españas, en la pura pomada del foro. Uno era un recién. Recién casado, recién llegado-exiliado de Madrid donde tuve ocasión de lidiar con los padres de la patria. Y allí estaba, casi en un cenobio, rodeado de novatillos como yo, pero todos con ganas de dejarse las pestañas frente a la Olivetti: Iñigo (el dire), Camino, Fernando, Trapote, Carrión, Jerónimo, Rafa, Maite, Javier, Mauricio-¦ Y Juanito, el único hombre en la ciudad capaz todavía de hablar de tú a tú a una linotipia aunque ya hacía tiempo que la había engañado con el off-set. Cuando vio asomarse por la tele los tricornios, a Juanito se le vinieron de golpe imágenes que creía embaladas en el baúl de las desdichas y no paró hasta que consiguió que el director le redactara un «salvoconducto» porque de ninguna manera iba ir él a salir a esas horas de la madrugada por la calle y sin avales de currante. Lo que es la experiencia.

A nosotros nos impresionó aquello porque nos parecía desmesurada aquella terqu edad, máxime cuando daba la extraña sensación de que aquello que estaba ocurriendo no iba con nosotros. Cogí el teléfono: «Por aquí sin problemas» le dije a mi mujer que se encontraba en Madrid en vísperas de un examen. «No salgas por si acaso. Dicen que en Valencia están las cosas feas-¦». Y creo que le debí apostillar q ue eso me parecía una mascarada fuera de tiempo que no iba a ir muy lejos. Unos y otros hacían lo propio con familiares y amigos lanzando mensajes de tranquilidad mientras recomendaban escuchar la radio y ver la tele. Era arriesgado en esos momentos hacer esos alardes de calma pero lo cierto es que una de las noticias del siglo se convirtió, de hecho, en una noticia «de teletipos». Se lo curraron los de Nacional, Maite Bayona y Javier Fuentes, con el corta y pega de entonces, infinitamente más oneroso que el de ahora, pero los demás, los de Local, estuvimos comiéndonos las uñas mientras movimientos soterrados se producían por la ciudad desparramando lealtades y puestas a disposición. En los gobiernos civil y militar, la adrenalina iba que chutaba pero vuelvo a lo de antes: «parece que no iba con nosotros». De hecho, la información del día siguiente, aunque copando como es lógico la portada, había que ir a buscarla a las páginas de Nacional mientras no dejaba de destacarse la IX Exaltación del Botillo, se daba cuenta de la jura de bandera de 2.000 reclutas en El Ferral y del buen papel de la Cultural frente al Deportivo de La Coruña. En ese ambiente de estupor, bocatas, tiempo detenido y verlas venir, fueron pasando las horas sin que nadie fuera enviado a por las típicas reacciones de calle. «Calma y expectación en León» fue todo lo que, en relación con León, apareció en la primera página donde se destacaron también las «numerosas llamadas» recibidas en la Redacción para ampliar información sobre los acontecimientos. No fueron tantas y los que llamaron se quedaron como estaban. Todos los ojos estaban puestos en los teletipos y en su vómito imparable de papel.

Un poco frustrante sí que fue. Sobre todo cuando se ve desde la altura de estos 30 años. Francamente, no se recuerda un «atenta la compañía», «armen bolígrafos» ni nada por el estilo. León, y sus escribidores, estaban ateridos, parapetados dentro de sus murallas como cuando se anunciaba la llegada de Almanzor.

La noche fue larga pero, como había que plantar cara a La Hora, no se podía arriesgar salir tarde así que una vez que el Rey, con gesto serio y preocupado, puso en su sitio a los golpistas, se aceleró el cierre y el personal fue desfilando hacia sus casas, por las calles vacías, sin salvoconducto, y con la íntima convicción de que la sangre no iba a llegar al río. El miércoles, día 25, empecé mi columna (que titulaba Romanticismo ) con una deliciosa frase: «Febrero es un mes adolescente y de él pueden esperarse toda suerte de excentricidades-¦».

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