Diario de León
Marco Romero
León

Creado:

Actualizado:

Las mujeres se lo comen a besos. Le piden trabajo para todos, que mejore España, que cambie el mundo. Y le gritan «presidente». Él da las gracias, los buenos días y devuelve sanas sonrisas. Está en el ecuador de la campaña y no parece un hombre con miles de kilómetros a sus espaldas. Tampoco se puede decir que sea enérgico o que derroche empuje. Sencillamente aparenta estar plácido. Puede que sea la mayoría absoluta que le adjudican las encuestas con las que amanece el día (todas).

Mariano Rajoy llegó al Aeropuerto de León a las once y cuarto de la mañana a bordo de un jet Galaxy, quince minutos tarde sobre el horario previsto. Le esperaban Isabel Carrasco y Alfredo Prada, su convoy de escoltas y una intensa lluvia. Pisó suelo con unos castellanos negros impolutos. Cubría con su brazo izquierdo una serie de carpetas de trabajo. Parece tener una tendencia natural a las buenas formas y es por eso que cede el paso en las puertas giratorias a todos los que le rodean y abre cortésmente la puerta del coche oficial a la presidenta Carrasco para que se acomode antes que él. No le importa posar antes de introducirse en el vehículo que le llevará a una entrevista con la televisión en el Parador de San Marcos y al posterior mitin. Los 45 periodistas que le siguen diariamente en la caravana electoral ya le esperan con todo montado en el polideportivo del Polígono X. Alrededor de 2.500 personas más aguardan dentro y fuera del edificio a su líder. Rodeados del PP blue , que es el tono azulón de toda la vida llevado hasta el último rincón.

El «presidente de todos los españoles», como le presentaron, entraba en el pabellón a la una menos cuarto de la tarde. Lo primero que le pidieron en la puerta fue la dedicatoria de su libro, una autobiografía titulada En confianza. Mi vida y mi proyecto de cambio para España (21,50 euros). Uno de los primeros y más emotivos autógrafos fue para Natalia, viuda de un compañero de carrera de Rajoy. O el que revivió con el ex pedáneo de Villarroañe Francisco Benavides a través de una fotografía que tomaron juntos en Sanxenxo. La avalancha de personas impide avanzar al candidato a presidente del Gobierno. Hay quien se conforma con tocar la chaqueta de su traje, como si fuera una estrella pop. «¡Suerte, presidente!», le gritan. El auditorio rompe en aplausos mientras pasa. Le mantearían si se dejara. Desaparece la euforia contenida que ha mantenido hasta ahora el electorado popular y se pasa al ímpetu propio de los que se ven ganadores. Nada que ver con el combativo Rajoy que hace cuatro años utilizaba su mitin de León para medir fuerzas con Zapatero, nervioso, agresivo. El de ayer fue el hombre previsible que promete ser, un líder de discurso encorsetado; seguro, pero liso.

Le esperaba una escenografía medida al milímetro. No es la propia del mitin de un candidato. Más bien está orientada a presentar a un flamante presidente. La tribuna de orador estaba flanqueada por alcaldes y concejales leoneses del Partido Popular. El más pintoresco fue nuevamente el regidor de Oencia. Como hizo con Aznar hace unos días, José Estanga Rebollal regaló una caja de habanos a Rajoy. El presidente del PP aún se fuma tres puros diarios.

Y se dirigió a todos; a los que estaban dentro del pabellón y los que se quedaron fuera; a los del PP y a los que no; a los jóvenes (poco, muy poco) y a los que les doblan la edad, que se supone son los pequeños y medianos empresarios a los que prometió apoyo eterno. Es curioso que para hablar de su futuro como presidente saca de su lenguaje el condicional y ya utiliza como único tiempo verbal el futuro. Todo está absolutamente calibrado. Como que no aparezca ni una sola bandera de España en todo el auditorio. Hubo una y la intentaron quitar para que no la recogiera las cámaras de televisión. La militante que la llevaba atada a su cuello, en primera línea y de pie, se negó a retirarla. Y como en las filas del PP tienen «soluciones», decidieron envolver a la espontánea con un nutrido grupo de jóvenes vestidos con las camisetas de propaganda PPrada. «Estoy muy orgullosa de ser de derechas», recalcó la anónima que resistió las presiones de los escenógrafos. Eso sí, no le dieron ni un segundo en la pantalla gigante, esa que replicaba en diferido las imágenes del candidato mientras repasaba su infancia leonesa entre los cinco y los 15 años. De no saber que hablaba un gallego de Pontevedra, cualquiera diría que el imaginable nuevo inquilino de la Moncloa volverá a ser un leonés.

tracking