Diario de León
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Opinión | roberto fernández

director del msm

Si volviese a nacer sería otra vez minero». Esta frase nos la decía Manuel Carmona al acabar la entrevista que el museo le hizo hace cuatro años. Era la primera conversación que manteníamos con viejos mineros en un intento de recuperar la memoria de la minería antes de que el paso del tiempo y el olvido devolvieran estos recuerdos a la profundidad de la que en su día habían salido.

Manuel Carmona había partido muy joven de su Andalucía natal en busca de un futuro para él y su familia y lo encontró en el Valle de Sabero, junto a otros cientos de emigrantes que por aquellos años llegaban de todos las partes del país y de otros países atraídos por la esperanza de una vida mejor unida al carbón.

Manuel ya no esta con nosotros pero aquel día nos abrió su vida de par en par y nos enseñó lo que significa ser minero. Su testimonio, que junto a otros doscientos mas, forma el alma del Museo de la Siderurgia y la Minería de Castilla y León, es suficiente para entender el mundo minero y los valores que siempre han impregnado esta profesión que va mas allá de un trabajo.

El era un ejemplo de la integración que siempre ha habido en las cuencas mineras, capaces de acoger desde hace décadas a personas de orígenes, culturas y religiones diferentes. Nadie fue nunca extraño, todos eran iguales dentro y fuera del tajo. El acento andaluz que alegra la entrevista después de más de setenta años en el valle da prueba de ello.

Quizá la solidaridad fue resultado de esta integración. En las zonas mineras ha habido un sentimiento muy fuerte de comunidad y la palabra solidaridad adquiere en ellas su significado pleno. Los mineros , Manuel el primero, han estado siempre dispuestos a echar una mano a quien lo necesitaba y cuando en España no existía un seguro de enfermedad o prestaciones por situación de baja laboral, los mineros se unían para crear Sociedades de Socorro con las que ayudar a las familias de los obreros enfermos o fallecidos.

Hoy hablamos de unidades de producción, de operarios, de un numero en el expediente laboral, por eso escuchar a Manuel hablar de sus « compañeros» nos extraña, pero si de algo pueden estar orgullosos los mineros es de su compañerismo. Quizá la necesidad obliga cuando a cientos de metros bajo tierra tu vida depende en buena medida de tu compañero de trabajo, por eso el compañerismo forma parte del ADN de estos trabajadores a veces hasta el extremo. No es difícil escuchar en estas entrevistas « murió por entrar a salvar a sus compañeros atrapados».

Integración,solidaridad, compañerismo... y detrás de todos ellos el valor que mejor define al minero, la generosidad. Manuel Carmona fue muy generoso compartiendo sus recuerdos para que las generaciones futuras conozcan mejor este incomprendido oficio. Y durante doscientos años miles de mineros han sido muy generosos. Han decidido pasar buena parte de su vida bajo tierra, renunciando a la luz del sol, orgullosos de un trabajo duro, sucio, peligroso, pero sin perder nunca la dignidad. Han renunciado a la salud y en muchas ocasiones a la vida. Las palabras explosión, derrumbe o silicosis están en el inconsciente colectivo de las cuencas y los mineros llevan muy adentro una parte de la mina, el polvo negro del carbón pegado a sus pulmones espera paciente el momento para vengarse de ellos.

Esta generosidad llena de sacrificios que cada día les acompaña al interior de la mina encerrados en una «jaula», ha hecho posible el desarrollo de muchas zonas y otros muchos sectores y el avance de derechos colectivos impensables sin el empuje de los hombres del carbón.

Seguro que Manuel sigue pendiente de sus « compañeros». La entrañable conversación con él nos descubrió los valores del mundo minero, valores que como sociedad no podemos permitirnos perder. Gracias por haber sido minero.

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