Diario de León

Los últimos de Santa Cruz

A los seis meses de su encierro y con el pozo donde pasaron 52 días clausurado, los mineros que iniciaron la protesta contra el recorte de ayudas sienten que no mereció la pena tanto sacrificio.

Ana Pérez y su marido, Segundo Porto, Víctor Almeida, Alfredo González, su mujer Blanca Fernández, y su hijo Guillermo, ante la valla cerrada del pozo Santa Cruz.

Ana Pérez y su marido, Segundo Porto, Víctor Almeida, Alfredo González, su mujer Blanca Fernández, y su hijo Guillermo, ante la valla cerrada del pozo Santa Cruz.

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CARLOS FIDALGO | PONFERRADA
Ponferrada

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A Guillermo, que tiene siete años, le decían que su padre estaba sacando oro de la mina. Su padre, Alfredo González, estaba encerrado a 700 metros de profundidad, en el travesal del caleyo cinco sur, a 25 minutos en vagoneta de la entrada del pozo Santa Cruz, y junto a siete compañeros de tajo peleaba para que el Gobierno renunciara a recortar las ayudas a la minería del carbón. Eso era en mayo, cuando todo parecía posible, y a Guillermo le tranquilizaba su madre con la historia del oro para explicarle por qué su padre no volvía a casa a dormir. «¿Y dónde está el oro?», preguntó el día que Alfredo salió del pozo, a los 52 días de encierro. «El oro se quedó allí», tuvieron que decirle esta vez.

Seis meses después, y con el pozo Santa Cruz desmantelándose para su cierre definitivo y la mayoría de la plantilla de la histórica explotación —la última mina de interior de la cuenca Fabero-Sil— cobrando el paro porque está afectada por un expediente de regulación de empleo de seis meses, aquellos mineros que encabezaron la protesta contra los recortes localizados por este periódico para posar ante la valla delpozo sienten que sus 52 días de sacrificio fueron un esfuerzo en vano.

«No mereció la pena, al menos por el trabajo», asegura al pie de la valla que cierra la explotación el mismo Alfredo González, de 45 años y dos hijos, y con la preocupación de no saber qué pasará con él dentro de seis meses, una vez que el pozo Santa Cruz ha cerrado definitivamente. Acabar trabajando en el mina que el grupo Alonso mantiene en Cerredo (Asturias) parece la única alternativa. «Sí mereció la pena —añade— pero sólo por la gente que movimos».

Alfredo González, que viene con su mujer, Blanca Fernández, y con el pequeño Guillermo, Víctor Almeida y Segundo Porto, que también acude con su esposa, Ana Pérez, son los tres encerrados que ha accedido, y han podido, posar juntos a las puertas cerradas del pozo y hacer un balance del pulso perdido con el Gobierno, a punto de terminar un año nefasto para la minería del carbón de la provincia y sin que las perspectivas del 2013 sean mejores. «Nos dieron la espalda. Políticos y sindicatos. Y esto está apagado», se queja Alfredo.

De los ocho mineros que se encerraron el 21 de mayo, cinco están afectados por el ERE —Alfredo González, Segundo Porto, José Araújo, José Antonio Molina y Eduardo González— uno se encuentra de baja tras cortarse un dedo—José Pérez Castillo— uno más, Víctor Almeida, está prejubilado desde hace unas semanas y respira aliviado, y el último, el vigilante Primitivo Basalo es uno de los últimos trabajadores que están retirando la maquinaria del pozo.

El desencanto es generalizado, aunque al menos, ninguno de los mineros o sus esposas con los que ha hablado este periódico —José Araújo estaba ilocalizable— cae en el derrotismo. «Nos ganaron la partida», reconoce Segundo Porto, ante la valla que cierra la mina. Y su mujer sale al quite con una frase hecha, pero que refleja muy bien el espíritu reivindicativo de las cuencas mineras. «Nos ganaron una batalla, pero no la guerra», dice Ana Pérez.

Y la batalla tan bien fue interior. El mismo día 6 de agosto en que el relevo de los ocho primeros encerrados —cinco compañeros que tomaron el testigo de la protesta durante otros 26 días— levantaba definitivamente la medida de presión, los trabajadores de los cielos abiertos del grupo conseguían que la asamblea votara a favor de ir a la huelga contra el empresario para que no les aplicara el efecto de los recortes con un cambio de turno que aumentaba las horas de trabajo y reducía sueldos. La huelga en los cielos abiertos dejó herida la unidad de acción cuando los trabajadores de interior tuvieron que ser escoltados para acceder a la mina, temiendo despidos por parte del empresario.

Y los despidos, al menos durante seis meses, llegaron finalmente en noviembre, con el anuncio del cierre definitivo y el ERE temporal para 45 de los últimos 77 mineros. Los 32 restantes, como el vigilante Primitivo Basalo llevan desde entonces trabajando para desmantelar la maquinaria aprovechable. Después, a la mina le espera el silencio y la humedad inundando sus galerías. «Si cierra ya no volverá a abrir», asegura Segundo Porto al pie del pozo. Seis meses pueden bastar para que el agua se enseñoree de toda la mina después de 70 años de explotación ininterrumpida.

Así que el futuro está en Cerredo. «Ha corrido el rumor de que Endesa podía comprar la mina, pero es sólo un rumor», asegura Alfredo González. Y el que fue delegado de seguridad, hoy prejubilado, José Luis Núñez, lo confirma desde su casa en Cubillos. «Parece ser que gente de Endesa estuvo viendo la mina. Eso sería una esperanza, pero sólo es un rumor», dice reconociendo que el supuesto interés es más un deseo que una realidad. Núñez, por lo demás, también había tratado de convencer a sus compañeros para que no se encerraran aquel 21 de mayo. «Yo creo que no ha merecido la pena el sacrificio que han hecho. No tenía mucho sentido y gracias a Dios no lo han pagado físicamente».

También por teléfono, Eduardo González, que no pudo acudir a la cita con la fotógrafa, reconoce que el encierro ha sido inútil en vista de la inflexibilidad del Gobierno. «No sacamos nada», afirma lacónico, en la línea de sus compañeros.

Ante la valla del pozo, González y Porto —el prejubilado Almeida sólo teme ya que se caiga el sistema de pensiones— se resignan a acudir a Cerredo desde sus domicilios en Susañe y en Ponferrada. Los dos eran socios de la Ponferradina, pero este año no han renovado el carné. «Con la que está cayendo, no estamos para ir al fútbol...», dice González. ¿Y después del 2018? pregunta el periodista. Y Alfredo se niega a pensar que la minería esta tocada de muerte. «Con el cierre de Garoña (la central nuclear) y que en Alemania abren otra vez las minas, a lo mejor en dos o tres años esto vuelve a resurgir», responde. Pero el callado Almedieda interviene entonces para dejar en el aire un último interrogante. «Sí, ¿pero y en qué condiciones?», se pregunta. Alude, claro, al deterioro galopante de las condiciones de trabajo que están sufriendo los minero. Porque no es oro, ni mucho menos, lo que tienen por delante.

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