LA DECISIÓN HISTÓRICA DE BENEDICTO XVI

El Papa se va

Benedicto XVI rompe el tabú del abandono y anuncia por sorpresa su «incapacidad» para ejercer como Sumo Pontífice. Renunciará el 28 de febrero para dejar paso a otro Papa. Su decisión histórica actualiza los hábitos inmovilistas de la Iglesia.

El Papa, Benedicto XVI, en una imagen de archivo.

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íñigo domínguez | roma
León

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Benedicto XVI ha hecho historia de la forma más inesperada, renunciando a su cargo. Ha sido lo más revolucionario que ha hecho en su vida. Lo dejará el 28 de febrero cuando en Roma den las 8 en punto de la tarde. Luego se retirará a la residencia papal de Castelgandolfo, cerca de Roma, hasta que terminen las obras de un pequeño monasterio de clausura del Vaticano, donde se instalará.

Hacía 598 años que no ocurría algo así, desde Gregorio XII en 1415, y el más famoso, Celestino V, en 1294, que cargó durante siglos con la mancha de la infamia, retratado por Dante en el infierno. Por eso el gesto de Ratzinger tiene un valor añadido: supone un paso enorme hacia la modernidad para la Iglesia, que hasta ahora consideraba el papado vitalicio y absolutamente dependiente de la voluntad divina. Igual que, según la creencia católica, el Papa es elegido por el Espíritu Santo, que inspira a los cardenales reunidos en el cónclave.

Pero Benedicto XVI rompe un tabú con una decisión contra corriente que, tal vez, a partir de ahora se convierta en norma y sitúa más en el mundo actual a la Iglesia católica. Él ha asumido, como último servicio, la carga de crear el precedente y a sus sucesores les será más fácil imitarle si llega el caso. Son otros tiempos y, respecto a posibles conflictos, no parece probable que surja un antipapa. Con todo, no se puede descartar que la decisión disguste en sectores conservadores.

El Papa lo dijo ayer sin rodeos: «Ya no tengo fuerzas». Admitió con humidad su «incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado». Aún resisten en la memoria las imágenes agónicas de Juan Pablo II en sus últimos meses de vida, incapaz de hablar y moverse, negándose a abandonar. Pero Benedicto XVI es de otra opinión, que por otra parte era bien conocida, y con toda probabilidad ha pesado en su decisión lo que vivió en primera fila con Wojtyla, por mucho que entonces se ensalzara el sacrificio heroico del papa polaco. «De la cruz no se baja», insistía aún ayer su viejo secretario, Estanislao Dziwisz, ahora arzobispo de Cracovia, aunque en principio no quería ser polémico y defendía la visión de cada cual. Pero se mire como se mire en el histórico anuncio de ayer hay una frase clave que pone al día la Iglesia: «En el mundo de hoy, sujeto a rápidas transformaciones y sacudido por cuestiones de gran relieve para la vida de la fe, para gobernar la barca de San Pedro (...) es necesario el vigor tanto del cuerpo como del espíritu».

Lo dijo en latín y

no se enteraron

Benedicto XVI escogió el día de ayer porque tenía allí delante a buena parte del colegio cardenalicio, primer afectado por su decisión y que asistía a una ceremonia de canonización. Que coincidiera con la festividad de la Virgen de Lourdes es casualidad, pero ya ayer se hacían cábalas. Como sobre todo lo demás. Seguramente seguirán intensas semanas de rumores y teorías. El Papa lo dijo en latín y eso aumentó la confusión, pues la mayoría no se enteró de lo que estaba diciendo.

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Con su acto revolucionarioBenedicto XVI da un impulso a la Iglesia. Por decirlo de forma breve: si el Papa dimite, algo impensable hasta ayer, todo lo demás es posible. Un pontífice negro, hispano, joven o que emprenda grandes cambios. La renuncia de Benedicto XVI coloca a los cardenales en una encrucijada pero todo el mundo sabía que lo difícil sería escoger al siguiente. Al de ahora. Han tenido casi ocho años para pensarlo, pero reina una total incertidumbre. De nuevo se siente el vértigo de la historia.