España busca asiento en la ONU
El Gobierno se fija como uno de sus objetivos ocupar un puesto en el Consejo de Seguridad y aspira, junto a Turquía y Nueva Zelanda, a una de las dos vacantes.
«Las grandes potencias te cortejan enormemente, te adulan para que apoyes lo que ellas quieren. Cualquier país que esté en el Consejo de Seguridad, por pequeño que sea, ve crecer allí enormemente su importancia». Con estas palabras define lo que supone formar parte del máximo órgano de decisión de Naciones Unidas Inocencio Arias, quien ejerció como embajador ante la ONU entre 1997 y el 2003.
El Gobierno no oculta que lograr que España ocupe por quinta vez en su historia uno de los quince asientos que componen el Consejo de Seguridad es uno de los principales objetivos de su política exterior. Su oportunidad llegará en octubre del 2014, cuando la Asamblea General de Naciones Unidas vote quiénes ocuparán los dos puestos que quedarán vacantes para el denominado bloque de Europa Occidental, a las que además de España también aspiran Turquía y Nueva Zelanda.
En un principio el camino hacia el Consejo de Seguridad se presumía sencillo para España, que presentó su candidatura ya en el 2005, nada más terminar su anterior etapa como miembro no permanente. Todo estaba previsto para que fuera junto a Nueva Zelanda la única aspirante, pero la irrupción por sorpresa de Turquía dio al traste con las previsiones. Ankara, «hace diez o doce años, sería más fácil de batir pero han crecido enormemente en la escena internacional en la última década, no solo por la solidez de su gobierno sino por la posición geoestratégica que ocupa en una zona muy caliente en estos momentos», explica Arias.
Convencer a los dos tercios necesarios de los 193 estados miembros de la Asamblea General de que apoyen a España se estima que costará en torno a los dos millones de dólares. Pese a lo que pueda parecer, en la ONU las alianzas no funcionan por ámbitos geográficos o de proximidad cultural, por lo que España no tiene de salida asegurado el respaldo de sus socios europeos ni tampoco el de Latinoamérica en una votación que es secreta y en la que cada país mira por sí mismo.