Recelos de ida y vuelta
La relación entre Aznar y Rajoy ha sido fría desde que le designase sucesor tras el doble rechazo de Rato. Ya trasladó a su elegido hace mes y medio sus desacuerdos.

Rajoy y Aznar, en la presentación del primer volumen de sus memorias, el pasado noviembre.
El 23 de agosto del 2003, José María Aznar llamó a su despacho al que entonces era su ministro de Educación, Mariano Rajoy. Faltaba poco más de un año para que Aznar acabase su segundo mandato como presidente del Gobierno y, pese a que buena parte del partido quería que siguiese al frente del país, el primer presidente del PP en la historia de España, mantuvo firme su palabra y se cortó la coleta «para siempre», tras ocho años en la Moncloa. Solo dejó un portillo abierto para su retorno en caso de «desastre o emergencia nacional». A la vista de las últimas palabras el desastre o la emegencia están aquí y de la mano de Rajoy.
Aquel día de agosto no fue el principio de una bella amistad. El último y televisado amago de Aznar de volver al ruedo político y la inequívoca reprimenda a su pupilo por incumplir los dogmas liberales del programa electoral del PP, en especial la subida de impuestos, confirma que la tensión entre ambos ni se crea ni se destruye, simplemente se transforma. «Preguna interesante», pero cuya respuesta no arregla nada, se limitó a decir cuando fue interrogado sobre si se arrepentía del nombramiento de Rajoy como sucesor. Nada del clásico «en absoluto» o «estoy muy orgulloso de la decisión» que apuntan los manuales de lo políticamente correcto.
«Es cierto que Aznar se había mostrado crítico con la política económica de Rajoy, pero nunca imaginé que lo hiciera en público», indica un miembro del actual Ejecutivo. Lo ha hecho en público y en privado porque hace mes y medio se produjo esa conversación «larga» que mencionó Aznar en su entrevista, la única, según sus quejosas manifestaciones, en año y medio de mandato de Rajoy. En esa charla, el expresidente trasladó al actual inquilino de la Moncloa su desacuerdo con la deriva económica del Ejecutivo. Rajoy, que no ha informado a nadie del contenido de la conversación, debió decir, según comentan en el PP, lo que ha dicho después muchas veces: esto es lo que hay y no existe otro camino para salir de la crisis.
Aznar no se lo dijo aquel ya lejano 23 de agosto, pero Rajoy sabía perfectamente que el «relevo natural» no era él, sino Rodrigo Rato. Una evidente sospecha que el propio ex presidente desvela en el primer volumen de sus memorias, donde además cuenta que su vicepresidente económico rechazó el cargo hasta en dos ocasiones, aunque al final intentara subirse a un tren que ya había partido para siempre. Rajoy, honrado y sorprendido, dijo que sí a la primera.
Los primeros roces
La frialdad reinó desde los primeros compases de la sucesión. La inesperada derrota electoral del 2004, que Aznar achacó en parte al errático comportamiento de su ‘delfín’, pero sobre todo el desmarque de Rajoy de la teoría conspiratoria que mantuvo parte de la vieja guardia del partido sobre el 11-M, y el convulso congreso nacional que el PP celebró en Valencia en el 2008 marcaron tres hitos en la soterrada indiferencia que su guardan ambos. En el cónclave valenciano de hace cinco años, Aznar, además de ningunear y exhibir gestos de desprecio a su ungido, censuró a Rajoy y a su equipo por renunciar «a un proyecto de éxito y solvente», en alusión al supuesto giro que la nueva dirección popular quería dar al partido para alejarlo de la derecha y situarlo en el centro.
El tono de la irrupción televisiva cogió con el pie cambado a la dirección del PP. Un día antes de la entrevista, la cúpula popular entendía que Aznar solo quería defenderse en público contra las acusaciones de haber recibido dinero opaco del partido, como constaría en los papeles de Luis Bárcenas.