Diario de León

Angrois, la romería del horror

Las historias terribles de la catástrofe se mezclan con las pruebas de heroísmo de . los vecinos que se lanzaron a las vías antes de que llegaran los servicios médicos.

Publicado por
f. apaolaza | (colpisa) santiago

Creado:

Actualizado:

Cuando Mercedes Pazos comenzó a tirar con sus propias manos de la red metálica que cerraba el paso a las vías, cuando Jonathan se dejó caer por una cuerda para llegar al Alvia accidentado, cuando los vecinos abrieron las ventanillas con sierras, con picos y con las palmas ensangrentadas, el campo de fiestas de Angrois era el terreno de la muerte, pero también de los héroes del pueblo que se lanzaron a pecho descubierto a sacar a gentes de entre los hierros y las llamas.

A las nueve menos veinte de la noche del miércoles, el barrio de Angrois, de unos cien habitantes, el paisaje tranquilo de huertas y animales, se sacudió para siempre. Pepe Fontao escuchó «una bomba». Vio la polvareda comiéndose el fondo del valle por el que se accede a Santiago, llamó a las emergencias y se tiró monte abajo a saber qué podía hacer.

Más tarde llegarían agentes, bomberos y asistencias médicas desde cientos de kilómetros a la redonda, pero los primeros fueron ellos. No tenían cómo bajar, así que Jonathan Pazos, de 23 años se deslizó agarrado a una cuerda que trajo alguien. «Nadie sabe quién trajo qué», recuerda. Al rato estaba en las vías viviendo en el caos. Alberto Cebreiro pasaba el rato en casa de sus padres a pocos metros de la curva maldita cuando escuchó el choque «y el arrastre», y salió corriendo. Alberto sacó a gentes de los vagones y ayudó a quien pudo.

Las imágenes circulan como fantasmas entre los regatos, los zarzales y las mantas de hierba fresca de Angrois. En ese coro lánguido que extiende su boca a boca al día siguiente de la tragedia cantan cientos de curiosos, víctimas, vecinos, testigos, cicloturistas y periodistas, entre otros. Desde las nueve de la mañana formaron una curiosa romería del horror, hecha mitad de sangre, mitad de heroismo. En las vías necesitaban de todo, calma incluida. Con palés traídos en furgoneta desde una empresa frutera improvisaron las camillas. Anxo Puga, que había salido corriendo cuando vio las catenarias arrancárselo de cuajo, sabía que no tenía camillas, «pero sí tablas», así que voló hacia su finca y trajo madera con la que transportar heridos, hacer puentes en los fosos de las vías y apuntalar lo que hiciera falta. Todas aquellos aparejos de fortuna seguían ayer esparcidos sobre la grava de las vías, como el confeti de una fiesta psicópata, pero al mismo tiempo recordaban cuando cientos de hombres y mujeres lucharon juntos. Alberto Carnota, de 34 años, era uno de ellos: «Supongo que fuimos más humanos».

tracking